Viene de GAME OVER II

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Billete de Autobús La chica del mostrador de información me tranquilizó. Dijo que eso sucedía a menudo y que pasaría otro autobús a media mañana. Una módica cantidad y un tampón morado al dorso validaron de nuevo mi billete. Para matar el tiempo adquirí otro periódico y un magazín deportivo, pero cuando me senté en el banco de madera, junto al ventanal, fui incapaz de concentrarme en la lectura. Era tanto el silencio de aquel hangar vacío que resultaba incómodo, poco tranquilizador. Sólo pude entretenerme mirando titulares y fotografías.

El nuevo conductor era más viejo que el otro y con aspecto un tanto desaliñado. Resoplaba y conducía con la gorra de plato echada hacia la nuca. Intercambiamos algunas frases, cada uno desde su asiento. Básquet y el clima básicamente. Luego volví a la lectura Todavía pasaron quince minutos antes de sentirme hastiado de aquellos diarios de provincias. El paisaje seguía igual, intrascendente y aburrido, pero la luz era intensa y espléndida. Entonces recordé mis libros. Abrí la mochila y dudé un momento. La circunstancia me hizo elegir Catedral. Simplemente porque el ticket la Statal Library que usaba como guía, marcaba el inicio de la aventura de un viajero, una historia titulada El compartimiento. Leí durante un buen rato, quizás dos o tres horas. Poco antes del mediodía, el autobús se llenó de nuevo. Diversas paradas en mitad del campo, en áreas de servicio señalizadas con indicadores desde la autovía o incluso en simples apeaderos. Nada de ciudades o verdaderas estaciones. .

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Barrio americanaoA primeras horas de la tarde, entramos en la ciudad que señalaba el final del trayecto. No era excesivamente grande, pero la estación no estaba nada mal. Pues no, en absoluto. Los andenes y el suelo del hall, relucían, y la cafetería y los aseos se veían perfectamente cuidados y limpios. Aquel lugar parecía tan confiado y próspero y como una película de los años cincuenta. Aquellas añoradas comedias que narraban la América feliz y profunda. Ni siquiera fue necesario hacer cola para tomar el taxi. Me subí al primero de la fila y di la dirección. Hileras de enormes olmos flanqueaban las calles principales. El sol vespertino atravesaba con fuerza la densidad del follaje. Abundancia de espacios verdes y gente paseando o practicando deportes. Un lugar agradable. Mi hermana siempre había tenido buen gusto.

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En poco más de quince minutos, el taxista me dejó frente a la casa de una barriada de las afueras que había conocido mejores tiempos. El jardín delantero estaba descuidado y el porche tenía la pintura un poco descascarillada.  Aún así, la casa no tenía mal aspecto. Quizá demasiado silenciosa para un atardecer soleado. Demasiado cerrada, tal vez.

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Pagué el importe de la carrera y me dirigí a la puerta principal. Pulsé el timbre varias veces. Nadie contestó. Insistí dos o tres veces más. Ningún ruido parecía salir de aquel edificio. Decidí dar una vuelta y asomarme al patio de detrás. El resultado fue el mismo. Encaramándome un poco sobre la valla, como si quisiera saltar, pude observar que las ventanas posteriores del primer piso habían sido clavadas con tablones. Estaba claro, la casa estaba deshabitada y clausurada. Un tanto confundido, volví a leer la nota donde traía apuntada la dirección; no, no me había equivocado, se trataba de aquel lugar. Con absoluta certeza.

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Ventanas RotasEn un primer momento, en mi ofuscación, pensé en rebelarme, en echar la puerta abajo. Pero de qué hubiera servido ¡Allí no había nadie! Absolutamente nadie. Intentaba mantenerme sereno. Pensé que había caído en una especie de trampa. Involuntaria, en verdad, pero trampa al fin y al cabo ¿Cómo escapar ahora del embrollo, de ese malentendido? Maldita sea, tenía que conseguir tranquilizarme, porque empezaba a sentirme furioso. Por momentos ¡Quién me había mandado emprender aquel viaje! ¿Quién? Pero no, no era ese el camino correcto. Debía procurar sosegarme y pensar en algo. Cualquier cosa, lo que fuera. La verdad es que me sentía atrapado, extraño en aquel lugar extraño. Lo mismo que en una ratonera. Sin recursos, sin salida de pronto. Fuera de mi medio, fuera de mí.

Continua….

Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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