Viene de “Game Over” III

.,.Hombre sentado

Me quedé sentado como un pasmarote sobre los escalones del porche. Mientras me esforzaba por pensar y decidir qué podía hacer, eché un vistazo al rededor. No quedaba casi nadie por la calle. Se estaba haciendo tarde. Dos jardines más allá, una anciana provista de un sombrero de cow-boy grande, blanco como el de Tom Mix, se mantenía impávida, sentada e inmóvil mirando hacia el exterior, junto a lo que parecía una vieja mesa de cocina llena de frascos.

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Al acercarme, pude comprobar que todos los botes de cristal llevaban pegada una etiqueta escrita a mano, donde se especificaba el tipo de jalea y el precio de la misma. Debía esforzarme por resultar amistoso, así que decidí que lo mejor sería interesarme por el producto:

  • Pues sí, todas, todas caseras. Las fabrico yo misma con fruta de temporada.
  • ¡Que buen aspecto! Sobre todo esa, la más oscura…
  • ¿Cuál, la de arándano? ¡Ya lo creo! Ha acertado a la primera con mi especialidad. Se nota que sabe apreciar lo bueno.
  • Bien, creo que compraré ese bote… por cierto, he llegado hasta aquí porque estoy buscando a mi hermana; a la familia de mi hermana. Creo que vivían en esta misma calle.

Entonces, la mujer, que había comenzado a envolver el envase en un papel de diario se detuvo, me observó con atención y preguntó los pormenores.

  • Pues claro, claro que los conocía; en lugares como este nos conocemos todos. Eran un encanto. Parecían tan unidos. Yo diría que ella tenía clase. Él, siempre pendiente. Se debía sentir responsable. Probablemente le había seguido dejando un hogar acomodado.
  • Tenga, los dos dólares y medio ¿Y se encontraban bien?
  • ¡Gracias! Bueno… me ayudaron mucho cuando la ciática. No podía moverme y me traían la compra. Pero, pobre mujer… ella lo pasó muy mal. Con lo del tumor, digo. Estuvo ingresada durante semanas. La operaron dos veces, creo. Debió ser bastante grave. Volvió muy desmejorada.
  • ¿Tumor…? ¿Y el bebé?
  • ¿Qué bebé? No entiendo a qué se refiere. No había ningún bebé… al menos, que yo supiera. Y, ya ve usted, como le iba diciendo, en cuanto ella mejoró un poco y pudo regresar, le toco a él. Sí, porque el hombre perdió su trabajo ¡Que fatalidad! Tuvieron que trasladarse. Sé que buscaron algo por aquí, pero las únicas ofertas razonables venían del sur, de Texas, o de Arizona creo… Así que, empacaron y se largaron ¿Dónde? No lo sé. No llegué a preguntarlo. Y si por algún moAnciana con sombrero de CowBoytivo me lo dijeron, no me puedo acordar.

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La anciana quiso invitarme a una limonada, pero rehusé el ofrecimiento. Di las gracias y me despedí. Al salir, a mis espaldas, pude oír como comenzaba a recoger su improvisado tenderete.

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Desconcertado, sin saber qué hacer, regresé a la casa de mi hermana. Al jardín de la casa de mi hermana. Un calor sin aire pesaba sobre el fondo adverso del día. Desmoralizado y hastiado por un viaje tan cansado, tan inútil, volví a sentarme en los escalones del porche.  El césped parecía paja blanca y el atardecer había despertado a las chicharras y a los mosquitos. Todo hacía que me sintiera incómodo en aquel lugar.

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Finalmente la calle se quedó vacía y en silencio. Comencé a pensar que no debería estar allí, que no tenía sentido mi presencia en aquel lugar. Que en ese momento no había nada que tuviera sentido. No llegaba a comprender el porqué, pero no se me ocurría qué maldita cosa hacer. Tampoco sabía cómo regresar ¿A dónde? Imaginé que podría quedarme allí y dormir sobre la hierba seca. Al menos esa noche. Nadie podría sentirse ofendido por eso. Al fin y al cabo, aquella era la casa de mi hermana pequeña. Seguro que no iban a venir a molestarme. No tenían derecho. Nadie. Pero sólo estaba justificando mi desidia, porque no sabía qué dirección tomar en realidad. Y lo que era peor, tampoco me importaba demasiado. Como siempre. Porque siempre había sido así. Desde que puedo acordarme. De hecho, el jardín descuidado y desierto me recordaba el de mi propio hogar; el de mi infancia. La parte de atrás de casa de mi padre, donde solía jugar frente a la portería imaginada de dos arbustos de boj medio secos. Sentí que el recuerdo justificaba de alguna forma mi apatía, mi desapego de ahora. Y entonces, de pronto, todo aquello que me rodeaba, aquel lugar, extraño hasta ese momento, se volvió inexplicablemente familiar, cercano, cómodo.

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Empezaba a sentirme bien, cuando me acordé del regalo. Busqué en mi mochila y lo saqué de su envoltorio. Seguía pareciendo algo horrible, un dátil monstruoso y arrugado. Lo arrojé con furia contra la valla de madera. Por supuesto, no rebotó. Hizo plof y se quedó allí, inmóvil e inservible. Una fruta huera y vana. Nada, en realidad. Otra decepción. Una más. Nada nuevo en los últimos años ¡Pero a quién le importaba eso!

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Se acercaba la hora de cenar y sentía un poco de hambre. Llevaba todo el día sin probar bocado. Desde el desayuno. Por eso recordé el frasco que había comprado a la anciana. La oscura mermelada de arándanos casera. Introduje el brazo hasta el codo en la mochila y palpé algo viscoso. La tapa no ajustaba bien y parte del contenido se había vertido manchándolo todo, los libros y la ropa. La mano estaba completamente impregnada de aquella sustancia pegajosa cuando saqué el envase. Rasgué el sucio papel de periódico, lo arrugué como una pelota y arrojé lejos el envoltorio. Rodó hasta quedar junto a la badana desinflada. Después comencé a devorar lo que restaba con los dedos. 

Pelotas rotas

..Fin

Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

 

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