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corina

Soy Corina. Ahora ya no me cuesta reconocer mi identidad delante de todos. Antes delante de los otros no me atrevía, ahora sí. Lo decidí desde pequeña. Pero el camino no ha sido sencillo ni mucho menos. En un principio lo que más me costó fue acostumbrarme a comer berenjenas, yo las odiaba con toda el alma y siempre vomitaba cuando las ingería. Ahora, sin embargo, a fuerza de comerlas tanto ya no percibo su sabor, en realidad no me saben a nada. También me costó aficionarme a la música clásica y aprender a tocar el piano supuso un esfuerzo descomunal que, por fortuna, ha sido recompensado.

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En clase me sentaba en la penúltima fila, la de los que no quieren llamar la atención, si estás demasiado al final se fijan en ti, también si estás muy al principio. Siempre procuré ser discreta y pasar desapercibida. No resultaba difícil porque en general los profesores sólo se centraban en los que destacaban, los excesivamente buenos, o los perdidos para cualquier causa. Yo me movía en los neutros, dentro del grupo de los anodinos, de los que nadie se acuerda. Corina se sentaba dos filas por delante de mí. Me fijé en ella porque, aunque se sentaba en la mitad de la clase, llamaba la atención de todos: su rapidez a la hora de calcular, su locuacidad, su encanto que arrastraba hacia a ella a todos cuántos la conocíamos. La observé, era una niña normal, se tocaba un mechón de pelo y lo enroscaba en un bucle concéntrico mientras el profesor explicaba y, a veces, si estaba muy concentrada se mordía el labio inferior. Yo también podía hacer todo eso, eran simples costumbres, simples hábitos.

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Los juegos infantiles me permitieron acercarme a ella, las clases particulares de piano facilitaron la amistad, no fue difícil compartir los secretos. Corina sabía más que yo casi de todo en aquella época. Nos volvimos inseparables en las clases, con los amigos. Cuando llegamos a la adolescencia vivíamos casi juntas. Para que no se enfadaran en casa, nos quedábamos unas temporadas en la suya y otras en la mía. Siempre encerradas en la habitación. Corina y yo nos pintábamos a escondidas y después salíamos. Íbamos a todos lados las dos. Inseparables. Nos comprábamos la misma ropa. Cada vez más iguales. Nos preguntaban con frecuencia si éramos hermanas. Yo la convencí de que para sentirnos más unidas, más iguales, debíamos vivir las mismas experiencias. A Alberto lo besó primero Corina, después yo. Un tiempo más tarde, Alberto se acostó con Corina, apenas una semana más tarde conmigo. Alguna de las dos tenía que ser la primera. La primera siempre era Corina.

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Aún recuerdo el día de la inauguración de nuestra empresa. Todo un éxito, nos comprometía, nos hacía más indisolubles. Convencí a Corina. Nos fuimos a vivir juntas. Diseñábamos ropa por Internet, comprábamos las telas, cosíamos hasta altas horas de la noche, charlábamos durante horas. Salíamos cada vez menos, no era necesario. Ahora todo se gestiona por Internet. Es curioso, yo diseñaba los modelos, yo tenía las ideas. Pero, nada funcionaba hasta que Corina no se ponía manos a la obra. Forramos las paredes de espejos, para nuestro trabajo era lo más conveniente, así veíamos los modelos de ropa que cosíamos desde todos los ángulos. A nosotras también.

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Poco a poco convencí a mi compañera de la necesidad de una rutina, cuánto más compenetradas estuviéramos mejor iría el negocio. Más pedidos, más clientes. Comíamos juntas, nos vestíamos igual, nos peinábamos igual. Me molestaba de mí misma que siempre tenía unos centímetros más de cadera que ella. A veces, este inconveniente suponía una talla más en la ropa. Me ponía de los nervios, no lo podía soportar. Una diferencia cada vez más evidente proyectada desde todos los prismas en los espejos del taller. Insistí en llevar blusas sueltas que disimularan el contorno. La apariencia distorsiona fácil la realidad.

Me caso – me dijo una mañana cuando cerrábamos la puerta de nuestra habitación para bajar al taller e iniciar la jornada laboral.

– No digas simpleces. Tú no conoces a nadie – sentencié.

Se me nubló la vista y apenas atiné a levantar las persianas. La luz entró a raudales en la estancia de la costura y proyectó mil reflejos desde los espejos inundando las telas de cromatismos intensos que me mareaban.

Me caso –insistió-. Habrá algunos cambios, pero no drásticos. Acondicionaremos la habitación de arriba, la de los trastos. Viviremos aquí, seguiremos trabajando igual. Nada cambiará -concluyó.

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La noticia me sobrepasó. Hackeé su ordenador, espié su móvil, sus correos. En realidad, sólo quise confundirla un poco, por eso mandé algunos sms y reescribí sus emails. La primera cita con él estuve nerviosa, pero me había preparado bien: pedí de primero berenjena rellena, después centré la conversación en la música clásica, no olvidé hacer un bucle con mi mechón de pelo. Creo que hasta mordí ligeramente en alguna ocasión mi labio inferior. Nos besamos, fue dulce. Nos acostamos. Él aventuró una duda: todo había sido más intenso, más pasional. Me dio alas.

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Me siento tan segura ahora. He tenido que hacer sacrificios y reestructuraciones, pero ha funcionado. Corina continúa recluida arriba, en la habitación de los trastos. Le he reducido la dosis de sedantes, ya no es peligrosa. Sigue siendo creativa, esboza en su tiempo libre bocetos que yo aplico a las telas. Es el trato, si no hay bocetos no hay comida. Tampoco si no hay pensamientos nuevos. Mi personalidad debe evolucionar, no hay progreso sin transformación. A veces, incluso, nos reímos y yo le pido algún consejo de amante, ella siempre me ofrece nuevas líneas de actuación, sobre todo si le prometo que cenará berenjenas o que le permitiré oír algún concierto: Paganini, Chaikovski, alguno de los grandes.

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En su habitación apenas hay nada y mucho menos un piano porque no puede distraerse, sería muy perjudicial. Mandé forrar las paredes con espejos irrompibles, para que se concentre en ella misma, para que comprenda el sentido de todo. La imagen duplicada cientos de veces de ella misma la ayuda a entender la dimensión de la vida. Cuando entro a verla los reflejos se multiplican, todo a mi alrededor son proyecciones de mí.

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La vida me sonríe. Tengo un buen negocio, un marido estupendo y una personalidad arrolladora.

Soy Corina. Soy del todo feliz.

FIN.

Relato breve escrito por Mary Carmen

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