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chicos

Tono miró una vez más el papel y se fijó en el recuadro en el que debía firmar. Las letras se le enmarañaban en un manchón negro. Como su existencia.

Ismail llegó hacía cinco años, un lustro como le gustaba decir cuando se ponía pedante. A ciencia cierta nunca supo de dónde vino, tan sólo que se instaló en su vida con la decisión del que sabe que se quedará la eternidad de un instante.

A Ismail lo encontró una tarde por casualidad o, mejor, la casualidad hizo que Ismail llenara su vida de encuentros. Una noche demasiado fría para un agosto demasiado caluroso en un Madrid lleno de turistas, Tono se refugió en el Mercado de San Antón, en pleno centro de Chueca, el corazón arcoíris de la ciudad. Se detuvo en el puesto de ostras gallegas y, también, en el de quesos franceses. Al final, la cremosidad gala ganó la batalla, aunque en el vino la apuesta fue nacional sin ningún género de duda, un Ribera, aromático y suave, cuya impronta dejaba un sabor fuerte que maridaba a la perfección con aquel queso tan francés.

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Presintió sin más su existencia. Se giró, ahí estaba la mirada añil de Ismail, apenas un parpadeo bastó para que la voz de Tono quedara a medio camino entre su pensamiento y sus cuerdas vocales.

Una tapa de queso… tal vez ¿dos?-preguntó solícito el camarero.

Dos – se apresuró a responder Ismail con una ese silbante y larga que sonaba como el silbato de un árbitro o el pitido de un tren.- Ismail, y ¿tú?

Tono pensó que el suelo se fundía bajo sus pies. Quiso estrecharle la mano o, tan solo, sonreír. Sin embargo, le dio la espalda y recogió las tapas que amable el camarero le acercaba.

En fin, no hay nada reprochable en tu silencio –dijo Ismail mientras sujetaba la tapa de queso y cogía el vino- Bien, beberemos los dos de la misma copa, si no eres escrupuloso. Ah, no te preocupes, al menos, hay dos trozos de queso.

Disculpa, -tartamudeó Tono- ¿no vas un poco lanzado?

Vaya, ya hablas, mejor así –le dijo mientras acercaba los labios a su mejilla y le daba un beso suave y cálido.

Tono sintió la intensidad del abrazo, una mano que lo cercó por el hombro y lo atrajo hacia sí, un pequeño roce y, después, sólo el abismo de la invitación a la aventura y al placer.

¿Me dirás tu nombre? El nombre nos individualiza, nos saca del anonimato cruel y da consistencia a nuestra vulgaridad. Me decías que eres…

Tono, Antonio.

Ah! Antos, apuesto y onio, fuerte; Antonio traducido como “hombre apuesto y fuerte”. ¿Encaja contigo?

Vale, vale. ¿Lo tenías preparado?

Claro que no –sonrió Ismail- Pero, a ver, ¿a qué tienes miedo a mis palabras o a mi presencia?

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En medio de la multitud de gente que a esa hora llenaba el mercado Tono buscó una pared próxima en la que recostarse.Mercado de San Anton

Mira, ¿sabes?, paso de este rollo-zanjó bruscamente mientras se alejaba.

Lo siento Tono, no te puedes marchar –le cortó el paso Ismail-. La noche nos ha unido. Debes dar una tregua hasta que la mañana nos separe.

Tono le quitó la copa y se recostó cómodo en la pared.

Así que se trata de eso ¿no? –le dijo- Una noche loca ¿esta es tu forma de entrarle al primero que se cruza en tu camino?

Mi joven amigo, todo es más simple. El destino lo ha querido. Pero, charlemos, trivialicemos sobre la vida, este invento frenético que nos conduce hacia la muerte. Vamos, no te asustes, no es mi intención –le dijo al tiempo que se ponía delante de él impidiendo cualquier otra visión-. Soy Ismail, sin apellidos, que no hacen al caso. Treinta años, diseñador gráfico, aficionado a la astronomía y a la numismática, musicófobo y algo pedante como puedes comprobar y….

Y, nada más. No puedo con tu verborrea. No tenemos nada en común.

Ahí te equivocas. Algo sí… ¡el queso!

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Esto último Tono ya no lo pudo oír porque el beso de Ismail anuló por completo sus sentidos. A este beso siguieron otros, muchos otros. Ahora ante aquel papel en blanco en el que debe estampar su firma los recuerdos se filtran caóticos y discontinuos en su mente.

La presencia arrolladora de Isamil condujo a Tono a las selectas tiendas de la calle Serrano pero, también con frecuencia, a espacios marginales y bohemios. Muchas noches se infiltraban en la antigua Tabacalera, un edificio en decadencia en el que la sorpresa bullía en cada recoveco: la droga blanda, quizás camuflada algo de dura también, música estridente y acordes de genialidad, malabares, restos de algún bocadillo olvidado, y arte en mayúsculas aunque sólo algunos como Ismail lo advirtieran. A veces, la cena era a pie de asfalto y, otras, en restaurantes de diseño.

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Tono desbloqueó su coraza. Esa que, en estos momentos, no le dejaba firmar aquel papel blanco, con apenas unas líneas que sujetaba en sus manos.

Hoy cenaremos en una terraza de la Plaza Mayor –propuso Ismail un atardecer nublado que paseaban cerca de la Puerta del Sol. puerta del sol

Pero qué dices, va a llover, cuesta un pastón, es sólo para turistas.

Si es que no has entendido nada y no tengo tiempo para más explicaciones. Aprovecha todo antes de marchar…

¿Marchar? ¿Dónde?

A cualquier parte. Tarde o temprano todos nos marchamos. Pero no sin antes ver esta preciosa plaza, claro.

Isma, no te pongas depre, que no te va.

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Tono, mira el reloj, el de las doce campanadas, sólo es protagonista una noche. Eso sí la más importante del año. O el oso, fíjate intenta comer de un árbol de bronce. Bueno, él también es de bronce, claro. Los símbolos quedan para dar consistencia a los recuerdos.

Corta, Isma, que eres un muermazo cuando pedanteas.

Caminaron hasta la plaza Mayor. Se sentaron en la única mesa libre.

Tengo que gastarme la pasta y dejarme estafar cuando por el mismo dinero cenaría a todo lujo.

Ay, querido, siempre tan quisquilloso. Saborea el tiempo. Disfruta el ambiente.

Ambiente ¡¡ja!!, aquí no hay “ambiente”.

Tono si es que me ganas con tu perspicacia y tu desconcierto. Todas las antítesis fundidas en ti.

A ver, pedántofilo, ¿por qué estamos aquí?

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Ahora, tanto tiempo después, Tono sonríe imperceptiblemente cuando por fin su mano le obedece y puede firmar el papel.

Aquella tarde la mirada intensa de Ismail era tan penetrante que a Tono le costaba mantenerla.

My little Tono, la vida es el placer máximo. Nada como ella. Tampoco nada como la muerte. Su culminación máxima. Hagas lo que hagas, seas lo que seas terminas en ella. Un mismo final igualitario y totalizador. Estamos aquí para estar en todas partes ¿lo pillas?

De verdad, Isma, mira que eres patético. Así no me gustas.

¿No?

Vale. Tú… tú siempre me pones.

Tono, Tono, siempre es una palabra muy definitiva.

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Tono entrega el papel firmado. Después sólo le queda esperar para recoger las cenizas del amado ausente. Ismail lo sabía desde hacía mucho aunque nunca le dio la más mínima importancia, unos años antes o después no significaban demasiado en el cómputo de la totalidad. Un virus letal campeando a las anchas por su sangre, sólo era cuestión de tiempo.

Tono recoge la urna poliédrica. Ismail limitado por el contorno de un cuerpo geométrico de caras planas y valor infinito: las caricias locas, las colecciones de sellos, los otros amantes, las gotas de ducha sobre la piel, las lecturas de filosofía, las tapas de queso francés, los besos de saliva y pasión, e, incluso, alguna estrella de las que le gustaba mirar las noches en las que no dormía. Todo. Nada.

Tono se aferra al recipiente con la esperanza incierta de otro encuentro, quizás de otra vida. Pero, por el momento, no hay respuesta. Ismail calla. En aquella sala blanca y fría nadie habla,  tan sólo se escucha el silencio definitivo de un puñado de partículas grises.

.urnaFin…

Relato Breve escrito por Mary Carmen

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