bañoHay días en los que es mejor no levantarse pero la luz cegadora que entra por la ventana me apremia a no remolonear más, también el despertador que no deja de sonar, aún no entiendo por qué lo he puesto con lo tarde que es y, además, tengo tiempo de sobra. Pero, sobre todo, es la punzada de nervios que siento en la boca del estómago la que me hace saltar de la cama.

Sé que puedo volverme atrás, pero he superado tantos escollos que ahora no es momento de achantarse. Lo primero un buen desayuno, necesito energía para este día tan largo. Descuelgo el teléfono es Martín, desde el otro lado del mundo, sin tener en cuenta los cambios horarios que rigen en la tierra. Suena jovial como siempre.

-[…]

Sí, cariño, estoy levantada.

-[…]

Claro, saldré, tengo masaje y luego peluquería.

-[…]

No, no me quedo en casa. Hoy he quedado con Marta. Comeremos fuera.

– […]

Sí…, salgo. No te preocupes.

-[…]

Yo también. Otro para ti.

Necesito una ducha fría para despejar mi mente. Bajo el agua mis pensamientos no se aclaran en absoluto. Otra patochada más, como la de consultar con la almohada. Pero estoy decidida. Martín es un gran tipo, trabaja mucho para ganar dinero para que a mí no me falte nada aunque para ello tenga que recorrer los cinco continentes. Me gusta cuando por las noches se agarra a mi cintura y me abraza. Me recuerda el aro que tenía de pequeña cuando jugaba al hula hoop.

El timbre de la puerta paraliza mis pensamientos y agudiza mi nerviosismo. Aún no es la hora, no puede ser él. Camino descalza a trompicones por el pasillo envuelta en la toalla de Martín. Miro a través de la mirilla. En efecto, el enorme ramo de rosas no es suficiente para ocultar por completo la cara sonriente de Bruno.

¿No es un poco pronto? Aún no estoy listale digo desde detrás de la puerta.

Vamos, abre. El amor no admite esperas.

Sé que tengo que abrir. Lo he pensado mucho. Me he convencido a mí misma de la conveniencia de una experiencia así y quién mejor que Bruno que me regala rosas por mi cumpleaños y por mi santo, que siempre me ve guapa y que mantiene conmigo discusiones enardecidas sobre política y sobre moda.

Pero… ¿no me piensas abrir? –me insta.

Sí… un momento.

mujer+en+toalla+El vestido azul. Definitivamente me tengo que embutir en el vestido azul.  Voy volando hasta el dormitorio. Tiro al suelo la toalla de Martín. Mi armario es la jungla, mezclada con mi ropa se entremezcla alguna camiseta de Martín e, incluso, algún pantalón de deporte olvidado, con un caos así nunca encuentro lo que busco. O tal vez sí. El verde. El vestido verde, más informal, más de mañana. Me subo en los zapatos. De nuevo el timbre. Mejor algo más bajos, para no apabullar desde las alturas. Me demoro un rato mientras me pongo unos zapatos de poco tacón que me aprietan en los dedos. Necesito maquillaje, peinarme un poco. El timbre insiste.

Bruno, un segundo, espera un segundo. No tardo.

 

No me gusta mi reflejo sobre el espejo de mi baño. Esto va a llevar más tiempo de lo que creía. No encuentro el maquillaje. Abro el armario del aseo, me cae a las manos el bote de la crema de afeitar de Martín. Martín siempre confunde los espacios. Nunca recuerda dónde deja nada. Yo siempre voy detrás, que si el móvil, que si la cartera. Ya está. No debo pensar más en él. Debo concentrarme en los detalles. Necesito no temblar si quiero ponerme bien el rímel en las pestañas. Mi móvil, pero ¿quién me llama en este preciso instante…?

-¿Sabes? Sigo delante de tu puerta. ¿Piensas abrir hoy?

Sí, sí… te has adelantado. Dame un par de minutos.

Debo estar sosegada. Esta es una decisión meditada de dos adultos. Sabemos lo que supone. Bruno cuando llego al trabajo me pregunta que cómo estoy, se fija cuando cambio de peinado o me pongo una falda nueva. Martín ni siquiera sabe qué ropa lleva puesta él. A veces, cuando mi marido está fuera, vamos al cine y él me invita a un refresco y comemos palomitas. Con Bruno soy especial. Cuando nos casamos Martín me prometió que siempre encontraría una razón para hacerme reír todos los días, si no fuera por las cosquillas, algunos días lo tiene difícil, pero él no se rinde. Aunque, en los últimos tiempos, con frecuencia está de viaje y cuando vuelve no siempre tiene ganas de hablar, cuesta sacarle las palabras o convencerle para hacer algo fuera de casa, a él le gusta la tranquilidad del hogar, se pasa las horas muertas leyendo o frente al televisor. A mí la rutina me pone de mal humor entonces él me cuenta alguno de sus chistes malos que al final me hacen llorar de risa. Pero, esto que pienso es una solemne estupidez. Martín es un muermazo, eso es lo que es. Bruno me ha cambiado. La cena de anoche marcó la diferencia.

Ya voy, ya voy…

Será mejor que cambie las sábanas. Al fin y al cabo vamos a terminar aquí dentro de un rato. Anoche bebí un poco. El cava rompió mi timidez y pasó lo que los dos sabíamos desde hacía mucho que terminaría ocurriendo. Nos besamos. Me supo un poco a nicotina. Martín no fuma y yo hace mucho que lo dejé. Le dejé hacer, algunas caricias perdidas y más besos. Ahora sí está todo listo, me digo cuando acabo de estirar las sábanas limpias y de echar por encima el edredón. Me miro de nuevo en el espejo del baño. No sé, me veo distinta. Me pongo unas gotas del perfume que me regaló Martín las últimas navidades. Recorro el pasillo decidida. Abro.

Estás guapísima –me dice mientras flanquea la puerta.

Nos miramos. Cojo las rosas y las pongo en el jarrón de la entrada. No tengo tiempo para más. El abrazo de Bruno me anula, aún más su beso. Me siento elevada en volandas, pierdo la noción del lugar y del tiempo. Cogida en sus brazos y entre arrumacos de pasión me lleva hasta la habitación. Después me deja caer leve sobre la cama.

Ahora ya sí que no hay vuelta atrás, pienso mientras me aventuro en una caricia más íntima y en un beso más intenso.

De repente, me freno en seco.

A los pies de la cama hecha un guiñapo está, caída y olvidada, la toalla de Martín.

toalla martín

Relato breve escrito por Mary Carmen

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