.Via Verde

No me cabía ninguna duda, eran ellos. Es verano, y tiene que ser verano, el calor es de verano, la ausencia de agua en el rio es de verano y los resoplos y sudores de aquella mujer al cruzar la vía son símbolos de que es verano.

Los reconocí mientras paseaba por la antigua vía verde. Cada mañana de este largo y sofocante verano, salgo temprano a pasear, es mi único momento para pensar, perfilar ideas, y sobre todas las cosas, para respirar soledad. “Para mantener fresca la mente, no hay nada mejor que un paseo” – me decía a veces él. Su mujer, estoy segura de que era ella, había cambiado mucho, él también. Eran ellos, aunque podían ser otros. Parecidos idénticos o completamente iguales. Sus torpes y extravagantes andares le delataban. Seguía siendo burro y de pasos cortos, me pareció que nada se había alterado en cuarenta años. Ahora es bajito, no sé si más o menos, pero en eso seguía igual.

¡Ay como me despreciaba a mí misma! Y ese sentimiento no se había alterado a penas, todavía.

Le pedí que bailara conmigo, y él me dijo que no, que podía ser desacertado, y yo lo acepté. Odiaba no encontrarlo en mi puerta. Venía a buscarme cada mañana. Caminábamos a contrapié. El paseo hasta el colegio se convirtió en mi calvario. El deseo de bailar con él, se oscurecía con mi perturbación por la altura. También odiaba la primera clase, matemáticas, con don Severo. Cuando llegábamos a la altura del casino, ya nos separaban dos metros, entonces yo miraba hacia atrás y lo veía sonreír. Definitivamente era idiota.

Ella nos seguía de lejos.

Tenía los pies más pequeños del mundo, nunca calzó por encima del número “treintayseis”, y cada uno de mis pasos eran cuatro de los suyos.

Bailando agarradoHoy sus pisadas eran iguales, escasas, aunque tenían el ritmo diferente, había disminuido. A penas si se notaba aire en su movimiento. Y ahora estaba ella, de nuevo, como siempre, cosida a él. No tenían prisa. Ella le sujetó por el brazo. Seguro que quería ayudarlo a cruzar, o así me lo pareció. Él la rechazó con energía y desdén. Resopló con ganas. Ella se apartó, cruzó sus brazos regordetes en la espalda y lo maldijo susurrando. Una mujer los saludó, yo sonreí. Nunca me canso de sonreír.

Bailaban muy agarrados.

Eran las celebraciones del patrón del pueblo. En la plaza y por la tarde, todos sonreían al ritmo del baile. Las sonrisas no se acababan nunca. Los músicos intercambiaban pasodobles con habaneras. Todos en la plaza se mezclaban. Yo esperaba en el banco de mujeres para ser elegida. Mi altura asustaba Cuando el cielo se cubría de cohetes ruidosos, solo él se empeñaba en no verlos y me miraba. Pero se fue con ella. O quizás no.

Me pregunto si ahora todo era diferente o si nos habíamos igualado.

Los que tanto se amaban en la plaza durante las fiestas patronales del verano norteño, ahora discutían en la calle porque no conseguían avanzar.

Mi hombre tenía ahora las piernas torpes, la vista corta y una mujer gorda. Los chopos se mecían hasta el cielo en las orillas del rio, acompañando mi camino. No envidio a su mujer. Hoy he dejado de rivalizar. Hoy me he liberado de mis complejos. Solo he necesitado cuarenta años.

.Las sombras del pasado

Relato Breve escrito por Merche Postigo

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