.Soroya y la playa

Entró a la playa por detrás, por donde antes entraban los amantes nocturnos. Silencioso. Se aproximó a la orilla. Cuando las olas saludaron los pies, él las evitó con desaire. Con su mano apoyada en la frente oteó el horizonte. Yo solo podía ver su espalda. Todo presagiaba una buena tarde de playa. Prometía bien. Se giró, observaba el horizonte del poniente. La playa enmudeció mientras el sol seguía su camino. Un aire frío congeló la calima. Los niños enmudecieron, dejaron sus juegos, las palas y calderitos de colores fueron abandonados en las almenas de los castillos, las parejas jóvenes cesaron los besos y arrumacos, y los matrimonios viejos finalizaron sus discusiones. Lo miré , no tenia miedo, o quizás si. Admiré a ese hombre. Su rostro amarillo con tintes cenizos ocultaba su primer día de playa. El cabello negro y ralo, le caía por la frente dejando a penas ver sus ojos. Estos atrajeron los míos. Eran pequeños, redondos y penetrantes. Dos agujeros negros que delimitaban su nariz, el punto de equilibrio. Apenas si se movían, miraban sin destino. Rodeados de un antifaz negro, circunferencias perfectas y asimétricas. Le hacían parecer un extraño. ¡Juro que los ojos estaban huecos!. Detrás de ellos adiviné tristeza aderezada con abandono. O quizás no. Me devolvió la mirada agrandada de vacío. Bajé los ojos al suelo algo azorada, incluso ruborizada. El joven extendió la toalla a escasos centímetros de la mía. Apoyó su espalda en la suave arena y cerró la mirada, pensando en mí. ¡Estoy segura!. Rápidamente los niños volvieron a jugar. Sus calderitos de colores con palas retomaron las murallas de los castillos. Las parejas jóvenes volvieron a unir sus lenguas en bellos y deliciosos besos. Solo los viejos matrimonios evitaron iniciar sus discusiones, nunca supe por qué, y todos lo agradecieron. El calor volvió a la playa, yo me tumbé. Con los ojos cerrados, observando el cielo. No podía dejar de mirarlo y me imbuí en el sopor de la tarde.

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Desnuda en la playa - FortunyNoté su respiración. Era profunda. Los ronquidos de mi novio me devolvieron a la vida. Zacarias, un buen hombre. Vivía en casa desde hacía dos años. Apenas si disponía de emociones. Pero me quería y yo no tenía fuerzas para buscar más allá de la tienda del pan. Apacigüé sus ronquidos con mi pie izquierdo y continúe mirado al hombre de los ojos profundos. Una nube de olor a sal me rodeó. Imaginé que era él. Tomé su mano y me alzó hasta sus brazos. Su mirada no me asustaba. Sus ojos ya no eran puntiagudos. Ahora sus pupilas negras brillaban como el Éboli. Sonreía y me ayudó a caminar. Entramos en el mar. El agua cubría nuestros cuerpos sin esconderlos. Él, empujaba sus piernas entre las mías. Podía sentir sus muslos al rozar los míos. Un escalofrío de excitación recorrió mi cuerpo. Sus brazos me abarcaron y sentí deseo de conocer el sabor de su boca. Suave, como algodón dulce. Me inquieté. Sentí la arena sobre mi cuerpo y me incorpore. Algo excitada miré hacia mi izquierda, Zacarias. Continuaba durmiendo. Era un niño. Amable pero tonto. A mi derecha, el joven de ojos sin final se había despertado. De nuevo miraba con frialdad, todos abandonamos nuestros mundos. Una joven había osado interrumpir nuestro sueño, y le hablaba al oído, incluso le susurraba.

  • – Vamos remolón.
  • – ¡Déjame en paz! – contestó él visiblemente enfadado
  • – ¿Por qué te has ido? – le preguntó ella
  • – Nunca he estado.- respondió él con voz seca.
  • – Venga hombre déjate de gilipolleces y vuelve con el grupo
  • – Déjame tranquilo, estoy descansando
  • – ¿Descansando de qué?
  • – De ti – respondió él.
  • – Ya descansaras esta noche – respondió ella sonriendo- ahora tienes que ser mi compañero. Vamos a la atalaya con los demás. – dijo mientras se alejaba.

El hombretón de ojos fríos y vacíos, se encorvó, se hizo pequeño. Levantó su mermado espíritu y cabizbajo, sin apenas mirarme, avergonzado encaró la atalaya donde, estoy segura, volvería a posar sus ojos sobre los de ella, la joven susurradora. En la playa, los bañistas habíamos vuelto a nuestras ocupaciones. Extendí mi mano buscando, hasta que rocé la de Zacarias. Él se removió en su toalla, y dio por finalizada su penúltima apnea. Con un esforzado ronquido, ausente de ternura, reconoció mi mano y devolvió la presión. Seguimos unidos por las manos, impávidos, hasta que la playa lo engulló.

.Mujeres corriendo por la playa - Pablo Picasso

Relato Breve escrito por Merche Postigo

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