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La entrevista

Soy el siguiente. No estoy nervioso, ya no. Eso me ocurrió las primeras veces, cuando la angustia me atenazaba por dentro y la vergüenza estrujaba mis pulmones y no me dejaba respirar, ahora todo eso ya pasó.

Los números bailan delante de mí, una pequeña pantalla que tengo enfrente me indica que el próximo número que salte será el mío. Mi número y el número de mesa a la que me dirigiré con paso firme y actitud determinada. Me conozco a todas las personas que se sientan al otro lado. Yo también estuve al otro lado. Ahora, sin embargo estoy aquí. Miro por enésima vez el papel que he rellenado en el mostrador de la entrada cuando flanqueé el control de acceso y el guardia de seguridad, sentado al lado del escáner, me lo entregó sin mirarme siquiera. Todos hemos rellenado la misma solicitud, los que han pasado delante y también los que tal vez lleguen después. Ahora todas mis horas las llenan los formularios, a veces también alguna que otra entrevista como esta mañana.

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El tipo de gafas y traje de calidad escasa sentado frente a mí, incrustando su superioridad en mi pupila, esgrime frases estúpidas que me hacen daño. Las mismas frases que dicen todos. Quizás, pienso, estén en el manual del entrevistador. Él apenas me ve, yo también soy igual al anterior de la fila y al que llegará detrás de mí. Al sentarnos en este lado nos encogemos, si miro hacia abajo veo el calcetín asomando por la pernera del pantalón, calcetines grises como mi vida.

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Las preguntas inquisitoriales me dejan sin resuello. Nunca he mentido, no he falseado mi curriculum. Pero, frente al hombre de gafas, pierdo todo mi aplomo. Apenas balbuceo monosílabos, algunos síes sin convicción y una cadena de noes. De un tiempo a esta parte el no me rodea y cerca su dominio sobre mí: Usted no sirve para esto, ni tampoco para aquello. Ahora ni tan siquiera valgo para mi mujer. Ella lo dejó claro al principio: las épocas difíciles las superaríamos juntos. Sin embargo, nuestro nivel de vida bajó y nuestras expectativas de convivencia no superaron nada. A los niños es mejor no meterlos en todo esto, quizá por ello se han quedado con mi mujer y con la madre de mi mujer, así sí pueden seguir asistiendo a su colegio de pago y con todas las actividades extraescolares con las que llenan su tiempo desde pequeños y gracias a las que nos dejaban libre el nuestro, para reuniones, para cenas.

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Mi entrevistador con gafas de pasta y cristales progresivos exhibe sin pudor su superioridad sobre mí y mis aspiraciones. No hay piedad en sus conclusiones. Presiento la condena que se me impondrá. El fracaso nubla mis ojos y debilita mis fuerzas. Intuyo el futuro inminente: la llamada recriminatoria de mi mujer desde el celular del coche de su nuevo amante, la voz alienadora de la madre de mi mujer esgrimiendo los legajos de su abogado llenos de cifras que me alejan de mis hijos e hipotecan mi vida para muchos más años que los que me quedan de vida. Nunca he estado en el momento oportuno, en el lugar adecuado. Ahora tampoco. Mucha formación o poca, nunca la idónea.

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El hombre que está frente a mí sonríe bobaliconamente con malicia descarada. Lanza sobre mí su conclusión devastadora, esta vez el trabajo tampoco será para mí. No doy el perfil. Sus bromas hirientes me abochornan. También la prepotencia del hombre que tiene en sus manos mi vida impresa en una hoja de papel.

La sonrisa meliflua del tipo de enfrente le hace salivar mientras me escupe palabras que se clavan como alfileres de fuego entre mi barba sin cuidar. Las pequeñas gotas me recuerdan que afuera quizás llueva. Empiezo a sentir calor, me ahoga la corbata y la camisa me atenaza prensando mi piel. La vista se me nubla, apenas puedo articular palabra. Hago un esfuerzo inútil con las últimas alegaciones a mi favor. Enarbolo mi curriculum con osadía y busco la frase demoledora que me dé la autoridad que mi interlocutor me ha arrebatado de cuajo desde que me senté en esta silla.

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En mi interior estalla la batalla, las palabras que no se articulan, la sonrisa que no aflora y el curriculum que ya no sirve para nada. Lucho contra mí mismo, no quiero que el sudor que explota a borbotones tras mi piel empape mi ropa. Lo miro fijamente, con toda la intensidad de la que soy capaz, para que las lágrimas tampoco me delaten. No parpadeo. Sólo trago saliva cada vez con más frecuencia al mismo tiempo que mi ritmo cardiaco eleva sus pulsaciones de forma convulsiva y descontrolada, como cuando de joven bailaba al ritmo desaforado de las bandas legendarias de rock, y después ya no podía respirar. En estos momentos tampoco.

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El tipejo me ofrece su mano a modo de despedida, al estrecharla su contacto me recuerda la piel escurridiza de las ranas. Me estremezco. Por fin me atrevo a ponerle cara, a adentrarme en su mirada. Desvelo su mediocridad y me invade la rabia. Aprieto con furia su mano y mientras se retuerce en una reverencia de dolor me abalanzo sobre él, le quito de un manotazo las gafas que caen al suelo y estallan en mil pedazos. Con determinación le suelto la mano y antes de alejarme pisoteo los pequeños trozos de cristal esparcidos por el suelo hasta que quedan convertidos en una masa transparente y compacta.

Me marcho resuelto, no merece la pena mirar atrás.

Sin futuro, sin trabajo, sin mañana… pero con una sonrisa franca en mis labios. Una vez, antes de casarme, de concebir hijos y proyectos, de dirigir una empresa, e incluso mucho antes de ir a la universidad, soñé con ser óptico o médico oftalmólogo… quizás, ahora, haya llegado el momento.

gafas

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Relato breve escrito por Mary Carmen

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