mellizas

Mónica quiso ser modelo. Desde siempre. Antes incluso de nacer, ya en el seno de nuestra madre cuando era un proyecto de persona incipiente, desde su posición fetal, hacía ejercicios para fortalecer los brazos y alargar las piernas. A veces, incluso, nadaba un poco por el líquido amniótico antes de dormir para ganar elasticidad y firmeza en sus músculos diminutos. Yo la observaba desde el otro lado, separada de ella por una fina cortina transparente que nos mantenía en habitáculos independientes. Como ahora. Nunca hemos compartido un espacio común.

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Aquí estoy frente a la salida de la terminal esperando que ella haga su aparición estelar entre luces de flashes y gritos de admiradores. Aún me pregunto cómo me han convencido para que deje mi laboratorio y venga a recogerla. Mi hermana siempre llega a casa en coches de alta gama y acompañada por un montón de personajes famosos. En seguida aparecerá, la puerta se abrirá como un telón y comenzará el espectáculo. A Mónica siempre le ha gustado llamar la atención, por eso, al nacer, me dio un empujón para salir la primera y llevarse todos los parabienes, cuando al poco rato aparecí yo a mi padre y a las enfermeras se les había terminado el repertorio de elogios, todos se los había llevado ese precioso primer bebé que acababa de llegar a la familia.

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Consulto el panel informativo y veo que su avión hace más de quince minutos que ha aterrizado, sin embargo ella no termina de salir por esa puerta. Toda mi vida me la he pasado esperándola desde que íbamos al colegio, tardaba un siglo en peinarse y arreglarse. En el instituto, fue aún peor, no obligarnos a llevar uniforme demoraba interminablemente la salida de casa y por la tarde, la mayoría de los días nos quedábamos castigadas por llegar siempre tarde, Mónica se dedicaba a encandilar al profe de turno y a coquetear con los castigados, que si bien eran la escoria desde un punto de vista académico, en el físico eran, desde luego, el cuerpo de élite. Con ella aprendí que cualquier experimento necesita de tiempo para provocar una reacción, es una mera cuestión de paciencia.

.Espera

Sigo esperando y mientras observo mi reflejo en el cristal de las puertas opacas que comunican con la sala de recogida de maletas pienso en mi madre y en que tiene razón, Mónica y yo no nos parecemos lo más mínimo. Aunque yo creo que mantenemos un cierto aire: la misma nariz, el mismo contorno en los labios, ella algo más alta y yo un poco más delgada. Sin embargo, todo lo que en mi hermana produce belleza, en mí se ha quedado a medio terminar, falla el trazo final, es como que en mí no se consiguió la perfección proporcional de Mónica. Me detengo en mi reflejo con más atención, yo nunca logro el aire de distinción de mi hermana, en mí todo queda a medio gas. Me fijo de nuevo en la puerta por la que empieza a salir gente. Estoy segura de que mi hermana saldrá la última porque primero se tienen que retocar en el baño y porque lo que le encanta, sobre todo, es hacerse esperar.

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Por fin la puerta se abre y un haz de luz la ilumina las ráfagas de flashes se suceden de forma ininterrumpida, la veo guapa con su traje pantalón de lino, de un blanco fulminante, con unos zapatos de tacón muy altos y su pelo peinado moviéndose al ritmo de sus pasos, segura y sonriente viene hacia mí, con los brazos abiertos. Nos fundimos en un abrazo, el perfume floral que la acompaña me impregna a mí también. Camino a su lado por la terminal mientras se suceden los flashes. Pero yo no me tengo que preocupar en absoluto, yo nunca soy el objetivo. Mónica avanza con su pose de misterio y de glamour, de diva inalcanzable.

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He de reconocer que en alguna ocasión yo he tratado de hacerme un poquito la interesante, sobre todo en estos últimos meses. Me pasa con inusitada frecuencia desde que conocí a Patxi, el nuevo chófer que mi padre ha contratado y que ahora nos sigue mezclado entre los periodistas con todo el equipaje de Mónica. Cuando necesito el auto y el nuevo chófer me lleva en uno de los coches caros de mi padre, yo me siento detrás y con fingida sofisticación, cruzo las piernas, oculto mi mirada tras unas gafas de sol y miro soñadora y distante por la ventanilla como he visto hacer a Mónica en tantas ocasiones. Siempre le dedico un pequeño saludo y después digo escueta la dirección a la que deseo ir. Patxi, a veces, deja caer una frase sobre la climatología y los atascos, concisa y breve, luego enmudece sumido en un letargo. Entonces experimento con total nitidez la distancia inaudita de la que se vale el espacio para separar los cuerpos, y analizo concienzuda la soledad infinita de las células. En el asiento de atrás siempre pienso en mi laboratorio y en la aguja con la que se perfora el núcleo de un átomo.

 Biologa

Mónica habla cauta, con sonrisas ensayadas, mientras nos persigue la prensa. Una vez sentadas en el coche su locuacidad se dispara, me habla de las pasarelas de Milán, de París, del calor asfixiante de estos días en Nueva York, de los regalos que nos ha comprado, de la prisa por llegar y dar un beso a mi padre y tener una tarde de cotilleos con mi madre y sus amigas. Según Mónica, nadie como ellas para mantenerla al corriente del mundo rosa, se saben todas las noticias del corazón con exactitud de científico, conocen los detalles más nimios, y no se les escapa una; estudian las revistas con dedicación como si se estuviesen preparando el temario de unas oposiciones. Yo, en cambio, confundo las caras y los nombres, y si se exceptúa a alguna pareja con la que se ha relacionado a Mónica, el resto de personajes del papel cuché para mí son unos perfectos desconocidos. El entusiasmo de Mónica me contagia. Ella siempre consigue insuflarnos dosis concentradas de superficialidad. Es arrolladora.

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Observo desde mi asiento las miradas furtivas de Patxi a través del retrovisor. Mónica no se da cuenta. Ella solo percibe las miradas de frente, las de admiración y de envidia de tantos ojos que se fijan en ella, quizás sea capaz de descubrir alguna furtiva pero solo si procede de algún paparazzi. Mi hermana no para de hablar, de contar mil anécdotas, de reír relajada. De pronto interrumpe su discurso y me interpela franca, sobre mi vida, la amorosa claro, la profesional no le interesa lo más mínimo. Lógico qué iba a poder contarle yo sobre la observación de moléculas en movimiento a través de la lente de un microscopio, ni de las horas que me paso encerrada contemplado la eclosión de átomos fugaces. Yo solo sonrío. Por lo general, esto es más que suficiente para que Mónica pase a otro tema en el que ella sea la protagonista. Sin embargo, esta vez no es así. La sonrisa cómplice de mi hermana me desasosiega. Suelta una ráfaga de preguntas sin darme tregua. Lo peor, sin duda, su conclusión demoledora.

  • -Todo esto no te lo diría si no fuera porque el rubor de tus mejillas, me confirma, querida, que tú estás enamorada -sentencia.

Mónica es así dice lo que piensa sin más y nos deja sumidos en el desconcierto. Me fijo de nuevo en el retrovisor y me encuentro con los ojos pícaros y sonrientes de Patxi que, desde ese momento, centra toda su atención en nuestra conversación.

El calor del sol que se filtra por la ventana del coche, el aturdimiento de las palabras de mi hermana, y la mirada desde el retrovisor hacen el resto. Presiento que, cuando el coche se detenga y mis padres me vean traspuesta, será la primera vez en toda mi vida que le robe el protagonismo a Mónica.

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O… quizás no, mi hermana saldrá y se abalanzará en brazos de mis padres sin darles tiempo a acercarse y verme a mí postrada e inconsciente. Puede que esta opción sea la mejor. Si Patxi me encuentra mareada me sacará del coche en brazos, me llevará a un sitio fresco, me dará un poco de agua, quién sabe hasta quizá me vuelva a reanimar con la mirada de espejo, pícara y sonriente, de antes.

El coche se detiene de pronto. Mónica salta afuera y corre decidida al encuentro con mis padres. Patxi me abre la puerta. El aire fresco me espabila. Salgo. Veo una sonrisa en los labios del chófer mientras durante un microsegundo miles de descargas nerviosas sacuden mi organismo haciéndome perder el equilibrio pero antes de desvanecerme constato de forma irrefutable como la mirada de mi chófer se aleja, soñadora y perdida, tras el pantalón blanco de mi hermana Mónica.

Decido no desmayarme, para qué. En el fondo lo comprendo. Las modelos siempre atraen más que las biólogas.

coche con chófer

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Relato breve escrito por Mary Carmen

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