Derecho al olvido.

Habían pasado varias semanas desde la última vez que Zoilo posara sus dedos sobre el teclado del desvencijado ordenador. Hoy se había atrevido. La idea de que este viejo compañero de fatigas tuviera similares males a los suyos le sedujo.

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Zoilo gozaba con demasiados miedos. Miedo a vivir, miedo a salir y a quedarse encerrado, miedo a olvidar, a ser olvidado. De vez en cuando sus anhelos de hacer algo en vida menguaban con una enfermiza angustia por llegar al final.

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Era buen ateo y cómo buen ateo, Zoilo era mal deportista, jugador desenfrenado que no creía en nada, y menos aún en sí mismo. Cualquier competición para él era penosa. Ni siquiera estaba casado con una bella mujer y nunca había tenido hijos. Revolucionario ocasional en la universidad, comunista en sus ratos libres, y ahora, solo deseaba morirse. También era escritor. Su dedicación a la escritura se limitaba a publicaciones semanales en una revista satírica de tirada local. No había conseguido finalizar ningún libro. Un hombre de economía abundante, que le había facilitado una herencia mal administrada. Obtuvo un pleno de júbilo y regocijo durante un tiempo, después se le acabó el regocijo y el dinero, ¡todo al mismo tiempo!.

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Carta de suicidioLa vida de Zoilo se reducía a una diminuta isla cuando escribía, rodeada de un océano de pesimismo del que no tenía esperanzas de avistar tierra firme. Pero había tomado una decisión. Una decisión sin dramatismos, no transcendente.

Colocó el dedo índice sobre una tecla del ordenador. Tenía que terminar la carta si quería cumplir su deseo. Apenas un suave roce y la pantalla ni se inmutó. Zoilo presionó con más ímpetu y despertó una letra. Dejó que sus otros nueve dedos tocaran las demás piezas del teclado. Entonces los caracteres, letras, símbolos y números, comenzaron a moverse como disciplinados bailarines en el escenario blanco de la pantalla, componiendo palabras, frases, incluso párrafos. Ese viejo trasto arrinconado en el aparador de la cocina, de donde no había salido nunca, estaba vivo. Zoilo, cómo buen ateo, se asombró y le disgustó.

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Zoilo sufría con el olvido y comenzó a olvidarlo todo. Unos enormes agujeros negros empezaban a apoderarse de su mente. Su problema se resumía en una inversión vital. Había decidido cerrar la puerta de su vida y tirar la llave. El contacto con el exterior ya había desaparecido.

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MiradaEn la mañana de ese último día o quizás fuera en otra mañana, Zoilo continuaba con su habitual desanimo. Deseaba morir y la incesante connotación de su imposibilidad de alcanzar la felicidad a través de la muerte, era fuente de agonía y alimentaba su abatimiento. Decidió abandonar su lucha personal lucha con la muerte, que por otro lado parecía no querer visitarlo. Enfiló el pasillo en dirección a la cocina. Miró de soslayo el ordenador, encajado, casi escondido. Esbozó una tenue sonrisa. La luz blanquecina de la pantalla se encendió. Zoilo retomó la carta.

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 “Para quien me encuentre:

Mi querido amigo, te agradezco tanto que estés aquí y ahora. Quizás esta no haya sido la mejor forma de encontrarme, pero fue la única posibilidad que adiviné para atraerte hacía mí. Si has venido hoy es porque no me has olvidado …..

Te he esperado mucho. He deseado poderte ver antes. Me entristece haber tenido que morir para encontrarte…. ”

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El policía ayudó al empleado de la funeraria a introducir el cuerpo en una bolsa de plástico negro. No se detuvieron a leer la carta, de esas cosas ya se encargaría el juez. Apagó el ordenador, desenchufó los cables y los depositó sin muchos miramientos en una caja de cartón. Cerró las tapas y escribió en ella “evidencias – ordenador – caso 34567”. Cerraron la puerta y entregaron la llave al portero, único conocido del finado presente en la casa, según anotó el policía. Ninguno de sus amigos, si es que alguna vez tuvo alguno, lo buscó jamás. Su familia tampoco lo extrañó. Nadie supo nunca que Zoilo había muerto.

Con el paso del tiempo todos olvidaron el caso 34567. Zoilo había cumplido su sueño y murió. Él siempre supo que la clave era saber esperar.

Morgue.

Relato Breve escrito por Merche Postigo

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