+los+mentirosos

No me mientas. La misma frase que me han repetido de forma insistente desde que tengo uso de razón incluso, con toda seguridad, desde mucho antes.

Claro que no fui yo. ¿Cómo puedes creer a los demás y a mí no? –le pregunté.

No me mientas –me suplicó con una mirada acuosa sin lágrimas.

Sujetaba en una mano el sobre y en la otra el papel enmarcado por sellos oficiales. Una simple ojeada bastaba para intuir el escrito. No dejaba mucho espacio para la conjetura, tampoco para el desconcierto.

Yo no tengo la culpa. Tan sólo intenté minimizar los riesgos.

Cállate –dijo y me dio la espalda.

Se fue. Dio media vuelta y ni siquiera se despidió, aunque antes de salir del salón tiró la carta sobre la alfombra. Me quedé inmóvil, no la retuve, tampoco la seguí. Daños colaterales, pensé. En ocasiones los acontecimientos se precipitan y uno no puede hacer nada por detenerlos.

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Aprendí a mentir de niño, casi como un juego. Pequeñas mentiras que no hacían mal a nadie: yo no había probado la tarta de manzana que mi madre había dejado sobre la mesa para que se enfriara, habría sido alguno de mis hermanos, seguro; yo no había comido golosinas entre horas, yo no tenía deberes porque los terminaba todos en el cole, yo no me había quedado con las vueltas de la cuenta de la compra… Después fue mejor. Aún más sencillo: yo no me había saltado ninguna clase, yo no fumaba… Rober me enseñó el truco, si comes chicle tus viejos no se enteran, recomendaba. Y no se enteraron. Tampoco tuve que dar más explicaciones sobre el día que JuanPe se tiró desde el puente al río. Tan solo era una apuesta. Primero él, con un tirabuzón en la caída, después iría yo. Pero el aire cambió de dirección o el salto de JuanPe no contó con el impulso debido. Yo no salté porque nunca estuve allí. No sabía de qué puente me hablaban, y a quién podía haber avisado yo antes de que fuese demasiado tarde, si yo me había ido con la bici por los senderos que bordeaban los trigales, más allá de las eras, por el otro extremo del pueblo. No me mientas, mi madre y su exigencia acusadora de la verdad permanente.

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No me hagas reír, tío. Solo se trata de recolocar un poco las cantidades, nadie se va a dar cuenta. –Rober y su labia. Siempre le ha resultado sencillo convencer a cualquiera.

Fue fácil. Las cantidades se ajustan bien con algo de pericia. Me animé, incluso vi nuevas posibilidades que Rober ni había intuido. Su padre habría estado orgulloso de las nuevas proporciones que dimos a su pequeño emporio. A más ganancias más alteraciones, un axioma evidente. Eran necesarias nuevas inversiones, el capital sólo se incrementa con más capital. Quizás nos hayamos excedido algo en las cuotas a los nuevos inversores. Solicitar algunos avales sólo fue por una mera cuestión de seguridad. Si pones tu casa como depósito es porque los beneficios que puedes obtener son altos, no cabe duda. Yo también lo hice, pero solo con los bienes inmuebles de mi mujer, para no involucrarme de modo directo con las ganancias. Rober y yo comprendimos los riesgos aunque no los compartiéramos con los demás. Qué sentido tiene trasmitir alarma ante hipotéticos casos de mala suerte.Yo nunca he tenido nada que ver con las fluctuaciones bursátiles. Tampoco con los desahucios. Todos perdemos siempre.

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parejasEra previsible que Magda se marchara. La carta tirada sobre la alfombra no fue más que el detonante. Ya llevaba tiempo maquinando su huida. Las mujeres son así. Las primeras veces lo comprendió. Llegar tarde a casa por las noches forma parte de las obligaciones propias de mi trabajo. A veces no se puede regresar hasta bien entrada la mañana siguiente. No se trata de placer, ni de engaño. Los negocios lo requieren así, los contratos se agilizan más en la cama que en los despachos. Magda parecía comprenderlo al principio, pero después se volvió inquisitorial y asfixiante, sin darme ninguna tregua. No me mientas, sé que te estás viendo con alguien, su cantinela. Me molesta que peque de sagaz. Por supuesto que no me veo con nadie. Tan solo encuentros casuales que la empresa requiere. Se lo he repetido tantas veces. También he tenido que insistir tanto con que yo no bebo cuando salgo, ni tampoco cojo el coche si he bebido. El pequeño golpe que nos dimos la noche que volvíamos de la cena a la que nos invitó Rober fue fruto de un despiste sin mayores consecuencias. Nosotros ilesos y el conductor del coche que se nos vino encima solo tuvo que llevar un collarín unos meses, apenas una torticolis de nada. La noche en la que le tuve que confirmar que sí que Rober consideraba imprescindible que contara con la ayuda de una secretaria. No había sido decisión mía. En el coche de vuelta a casa Magda no paró de interrogarme. No me podía concentrar con sus preguntas perforando mi cerebro. Aún así, y con el semáforo todavía en ámbar, me dio tiempo a frenar antes de que al estúpido del coche que venía de frente se empotrara contra nosotros. Mejor así, sin Magda, sin sus pesquisas.

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Yo estoy bien tranquilo. He hecho lo que correspondía, puse su nombre en las hipotecas y en los préstamos, pero ella firmó. Magda nunca se ha preocupado por leer lo que firma. Solo mira a hurtadillas los mensajes de mi móvil y pone el grito en el cielo cuando lee los whatsapp de mi secretaria. Es normal, siempre hay flirteo entre un jefe y su secretaria. Nadie se debe extrañar de eso.

Recogí la carta de la notificación del embargo de la alfombra, no hay amenazas apenas unos cuantos requerimientos urgentes que bien se pueden solucionar pagando las cantidades indicadas, acaso también las multas. Yo no soy el responsable de que la justicia actúe con celeridad ni de que Hacienda reclame lo que es suyo.

Lo he pensado detenidamente y, aunque podría pedirle un préstamo a Rober para ayudar a Magda, no lo haré. Ella debe enfrentarse sola a las consecuencias de sus decisiones. En cierto modo es bueno distanciarnos una temporada. No le va a pasar nada, su familia tiene influencias. Los contactos son claves para negociar. Yo, sintiéndolo mucho, apenas la podré ayudar ni con las declaraciones ni con el papeleo.

Me viene bien una temporada en soledad, sin necesidad de andar dando explicaciones y justificando cada uno de mis actos. Pienso en las nuevas oportunidades que se abren para Rober y para mí, sin lastres, sin deudas. Necesitaremos más capital, somos buenos gestores y no será difícil encontrar patrocinadores. O quién sabe, puede que otro socio. Robert se ha vuelto algo suspicaz con las ganancias. Yo obtuve quizás mayores beneficios simplemente porque invertí mejor y supe delegar responsabilidades en mi mujer.

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Magda debía haberse llevado la carta, los problemas no se solucionan tirándolos a una alfombra. Pero ella es débil. Siempre se ha engañado creyendo que controla todas las situaciones. Mi matrimonio siempre ha sido la primera prioridad para mí; mi mujer no lo ha visto así nunca. Solo he pretendido medrar para optar a lo mejor, más por ella que por mí. Pero Magda nunca lo ha querido ver. No me mientas, eres un egoísta solo piensas en ti, ella y sus recriminaciones.

Lo mejor es afrontar la realidad. Mejor sin ella. Mejor sin Rober. Desde luego yo, con lo que no transijo de ninguna de las maneras, es con las personas que no son capaces de enfrentarse a la verdad.

mentira

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Relato breve escrito por Mary Carmen

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