bathingApenas sobrevivían unos segundos después de abandonar el líquido amniótico si no los sumergían rápido en agua. Al principio los niños morían irremediablemente porque a nadie se le ocurrió pensar que la única forma de salvarlos era ahogarlos. Pero, desde que una vez a alguna matrona avispada se le ocurrió la feliz idea, de forma un tanto instintiva, de meter con rapidez a uno de estos niños en cualquier líquido, los niños lograron vivir. Como ella, Marina.

Marina creció como una niña normal, con los cabellos ondulados, los ojos verdes y una sonrisa perenne en los labios y, excepto, por su animadversión por ingerir cualquier tipo de pescado su vida se desarrolló dentro de la normalidad que todos esperaban. En el colegio siempre se rodeaba de tres o cuatro niños, pequeños como ella, con cabellos ondulados, ojos verdes y sonrisa congelada en los labios. Ellos siempre se sentaban en una mesa en el rincón del aula, aislados del resto, pegados a unas botellas de agua de las que no se separaban nunca y de las que bebían de forma continua cada dos minutos, o dos minutos y medio como máximo, sorbo a sorbo hasta que vaciaban por completo su contenido. En sus dibujos infantiles solo pintaba peces envueltos en algas y llenaba el cielo de corales por el que volaban erráticos algunos caballitos de mar.

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Cada vez nacían más niños como Marina, silenciosos y de mirada verde. Los doctores más afamados se reunieron en simposios y congresos por todas las universidades más prestigiosas del mundo para encontrar una explicación a un suceso que excedía, y con mucho, sus mentes científicas. Era evidente que los que lo tendrían más complicado serían estos primeros, luego quizá se encontrase una cura o la gente se acostumbraría a ellos y no los vería más como seres raros.

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A medida que Marina crecía sus necesidades también. No le bastaba con ingerir unos cuantos litros de agua sin más, y darse duchas de agua helada. Comprobó que la única manera de dormir era estar sumergida en la bañera. Sus padres comprendieron que su única hija nunca sería como los demás y se prepararon. El día en que el doctor corroboró lo que era más que una evidencia, y explicó que la niña había mutado su sistema respiratorio y sus pulmones habían sido sustituidos parcialmente por unas branquias, que se iban desarrollando a medida que se acercaba a la pubertad, toda la familia de Marina se trasladó de inmediato a una casa con piscina. Su padre la transformó en un bello estanque que llenó de rica vegetación y de preciosos peces de colores de extrañas formas procedentes de mares exóticos. Algunas tardes Marina invitaba a algunos de sus amigos, otros niños del agua, a jugar en su estanque o se quedaban a dormir todos juntos sumergidos. A Marina le saltaban chispas por los ojos cuando buceaba por su fondo y jugaban al escondite detrás de las algas.

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Cada vez pasaban más tiempo dentro que fuera del agua. La primera consecuencia de ello fue que su piel se endureció, empezaron a salirle pequeñas escamas brillantes, que emitían reflejos de metal cuando paseaba, distante y silenciosa, por toda la casa y, aunque mantenía impertérrita su sonrisa de hielo, a sus padres no se les escapaba que Marina no era feliz.

Expusieron sus recelos a través de redes sociales, contactaron con otros padres que tenían la misma problemática, se informaron de los últimos avances que iba dando la ciencia y se convencieron de que había llegado el gran momento: la fecha idónea para llevar a su hija a conocer el mar. Sabían el peligro que el hecho en sí mismo encerraba. Lo habían constatado con el estanque.

mar

Fue al alba. La luz tenía esa extraña coloración entre la oscuridad de la noche pero sin haber alcanzado el fulgor del día. Marina se acercó a la playa, se quitó las sandalias y también la ropa. Después caminó hacia el agua, siempre en línea recta, sin mirar ni una sola vez hacia atrás. Sus padres la vieron sumergirse, sabían que era inútil cualquier intento de retenerla. El vaivén de las olas les hizo albergar una tenue esperanza de que, quizás, retrocediese o que el mar se la devolviera. Pero no fue así. Lo último que vieron sus padres fue sus cabellos ondeando en la superficie hasta que varios remolinos de espuma se los tragaron.

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Marina llegó al fondo. Al principio se sintió extraña, con una punzada de melancolía en sus ojos. Pero pasó pronto. Enseguida se acostumbró a andar por aquella superficie extrañamente adiposa que se adhería a las plantas de sus pies con elasticidad y firmeza. Observó los peces, jugó con los moluscos, se enredó en las algas y se sintió acariciada por millones de medusas y seres diminutos de formas anómalas que la mecían y masajeaban con al ritmo de las corrientes. Y, en uno de estos momentos de placer máximo, lo oyó. Era la voz clara de otra niña, quizás un niño o de muchos. Atraída de forma irremediable por aquellas voces se acercó al lugar de donde provenían. A medida que se aproximaba las oía con mayor nitidez. Cientos de niños del agua como ella reunidos en una extensa pradera bajo el resplandor de millones de luciérnagas acuáticas que iluminaban el recinto abierto en el que se encontraban. Niños de todas las edades, de todas las razas y de todos los tiempos reunidos en medio de una algarabía de risas y canciones. Todos flotando, todos con escamas.

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Ahora los científicos tienen la certeza absoluta de que cada año el mar va ganando centímetros en progresión geométrica a la tierra. En la actualidad todos los niños son anfibios y nacen con aletas. La población ya solo se alimenta de algas. Pero, lo que más les preocupa a los sabios, son los ancianos quienes, presas de una nostalgia extrema, en un intento desesperado por abrazar a los hijos que se marcharon cuando apenas eran unos niños y de los que solo les quedan viejos recuerdos, se adentran sin contemplaciones en el mar que los ahoga sin miramientos y después los devuelve inertes a la playa.kroyer12

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Marina, como los otros niños del agua, nunca ha vuelto a pensar en su padre, que le decoró el estanque con estrellas de mar, ni en su madre que le cosió perlas de princesa en el vestido de gasa azul de su quinto cumpleaños. Ella olvidó por completo su existencia exterior.

Marina ahora tan solo pertenece al agua… donde triunfa la vida.

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Relato breve escrito por Mary Carmen

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