Un incendio en la cocina- Mujer Roy Lichtenstein.

La tarde transcurría incierta, Nélida, recostada en el sofá, sujetaba un Gin-tonic en la mano y no paraba de mirar el teléfono. Lo levantó de la base hasta cuatro veces. Marcaba el número, esperaba al sonido de la llamada y cuando al otro lado de la línea contestaban, colgaba.

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Era cierto que sus relaciones habían terminado muy mal. A decir por el tiempo que llevaban sin hablarse, se podía adivinar que ni siquiera mantenían buenos recuerdos. Nélida sentía que era necesario dejar de lado su rencorosa aversión y volvió a marcar el mismo número, por quinta vez. De nuevo, al otro lado del auricular, alguien respondió. Era la voz de Hanna, que muy educada insistía en saber quién estaba llamando. Que rabia. Eso la enfadó más. El paso del tiempo no había conseguido apaciguar su desafecto por ella. ¿Es que no tenía conciencia de la tortura por la que había tenido que pasar por su culpa?. El silencio se alargó por unos segundos, pensó en colgar, pero necesitaba terminar con esto. Al otro lado del auricular, Hanna, preguntó de nuevo quién era, ahora sonaba algo enfadada. ¡Que zorra, bien sabe ella quien soy! Los teléfonos tienen indicadores de llamada, todos disponen de uno. Esto la animó y esta vez no colgó. La saludó con un único hola. Hanna no pareció sorprenderse mucho al escuchar la voz de su antigua amiga al otro lado del teléfono, parecía estar esperándola. 

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Habían pasado más de nueve años desde la última vez que Hanna y Nélida discutieron. Nueve años durante los cuales Nélida no quiso cejar en su empeño de odiar a su amiga Hanna. Nueve años sin perdonarle haber desbaratado su anodina existencia. Fue injusta con ella. Un incendio en la cocina - tony_polonio_parking_dakota_cochesLa vecina del número 10 al otro lado de la calle la había avisado, pero Nélida, siempre orgullosa, no quiso dar crédito a esas habladurías. Es la vecina más chismosa del barrio, una mujer sin vida propia. Se excusaba a menudo. Pero esta le detallaba a todas horas, las innumerables visitas que la joven del coche rojo hacia a su casa. Insistía mucho. Aparece justo después de que tú te marchas. Pero Nélida no prestaba atención a esos chismorreos. Confiaba en John y Hanna era su mejor amiga.

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Cuando John apareció en sus vidas, Nélida tenía una casa, un trabajo y algunos amigos. Una vida perfecta, y a pesar de ello decidió compartirla con él. Algo temporal, le dijo él, y ella le creyó. Hablaban a menudo de cambiar de casa, de buscar su nido. John era muy convincente. Nos quedaremos aquí hasta que encontremos la casa perfecta para nosotros. Nélida a veces era algo simple y casi siempre fácil de convencer, se ilusionaba enseguida, con poca cosa, y eso la satisfizo. Él se instaló en su casa y la búsqueda del nido perfecto se alargó. Dos años después a él lo despidieron de su trabajo y dieron por terminada la búsqueda. Aquí no estamos mal, afirmó John y ella se consoló pensando que en el fondo tenía razón.

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Ahora Hanna estaba al otro lado del teléfono esperando. Tenía el discurso minuciosamente preparado, pero se sentía incapaz de pronunciar palabra. Fue Hanna quien rompió el silencio ¿Cómo estás Nélida? Me alegro de oír tu voz. Nélida, su otrora amiga, no podía responder. De nuevo el silencio. Fue muy duro para mí, dijo por fin Nélida. Ahora estoy bien, vivo con un hombre que me respeta, que me quiere y en él que confío. Me abandonó a mí también, se marchó, le respondió Hanna. Era un hombre difícil y poco fiable. Yo vivo sola, bueno tengo un gato, compré una casa con jardín, pero ya no hay hombres. Nélida esbozó una leve sonrisa y continuó arañando. Aún estoy esperando tus disculpas. Le dijo. Lo sé, te hice daño, fue difícil para mí también. Respondió Hanna seguido de un carraspeo de garganta. Eran otros tiempos, las dos éramos muy jóvenes y yo fui una estúpida, me dejé embaucar, era un tipo listo. Las disculpas comenzaron a llover por ambos ladosUn incendio en la cocina- Abrazo Roy Lichtenstein.psd, las dos resucitaron sus buenos momentos. Aquellos tiempos felices vividos antes de que John apareciera en sus vidas. Nélida calló por unos segundos. Hanna preguntó. ¿Por qué llamas justo ahora, después de tantos años?. Nélida conocía la respuesta, pero sus sentimientos de rabia y los deseos de venganza se empezaban a desvanecer. De alguna manera Hanna le había pedido perdón, era más de lo que esperaba, además él la había abandonado. Ahora vivía sola y apenas si disponía de la compañía de un gato gordo y de un famélico jardín. Flaqueó y por un momento no sintió  fuerzas para dañarla.
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Aquel día de hace nueve años juró que le devolvería el golpe. Cerraron el restaurante donde trabajaba. Un incendio en la cocina. Le pagaron la jornada completa y la mandaron a casa, con el resto de empleados. Era temprano y conducía feliz de vuelta. Ni siquiera quiso detenerse en el bar de WENDY donde los compañeros le ofrecían un café para gastar las horas. En ese momento Nélida solo pensaba en él. Quizás podamos aprovechar este inesperado día libre para ir al centro comercial, necesitamos ropa para el invierno. Pensaba mientras conducía. Cuando llegó no le sorprendió ver el coche rojo de su amiga en la puerta. En el recibidor de la entrada llamó a John, pero este no contestó. Le extrañó la puerta del salón cerrada, la abrió con energía, como esperando una fiesta sorpresa, pero no había nadie y tampoco era su cumpleaños. Se olvidó del coche rojo y pensó en sorprenderlo. Soltó los zapatos en la entrada y comenzó a desvestirse, el jersey azul, regalo de cumpleaños, lo arrojó por las escaleras, frente a la puerta de su habitación terminó de soltar los botones de la blusa blanca. La entreabrió con cuidado, y la cerró enseguUn incendio en la cocina- Mujer gritando Roy Lichtenstein.psdida, también la blusa. En su cama, en su casa y en su habitación, estaba Hanna, la dueña del coche rojo, desnuda, durmiendo con John y viviendo en su mundo. Se ha vuelto loca, dijo el sanitario que atendió las heridas de Hanna, pobre chica, decía el camillero. A John no le dio tiempo de disculparse, salió corriendo, desnudo, y se perdió entre los setos del jardín.

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No había vuelto a saber nada de Hanna desde aquel día. Y ahora la tenía al otro lado del teléfono. No parecía feliz. Respiró profundo, bebió un trago largo del gin-tonic y por primera vez en años se sintió en paz. La paz que había recuperado durante la conversación con ella. Esa misma paz le sirvió para contar a su amiga que el amante de ambas había muerto hacia dos días. Un desafortunado accidente de coche le dijo. Cuando lo llevaban al hospital no paraba de preguntar por ti. Nélida se terminó el gin-tonic y colgó el teléfono.

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Un incendio en la cocina- Mujer llorando al telefono  Roy Lichtenstein

Relato Breve escrito por Merche Postigo

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