mujer-restauranteLa primera vez que rocé su piel sentí un escalofrío por todo el cuerpo y después un calor sofocante que me hizo desabotonarme el cuello de la camisa. Sofía ocupó mi pasado con la intensidad de una riada, anegó de vida mi existencia y, después, tan solo se marchó.

La gente mide el tiempo por las ausencias, yo también. Me ato a los recuerdos con la tenacidad de los ludópatas o de los alcohólicos. Sofía estuvo desde el comienzo en mi existencia, al menos eso me parece a mí ahora que ya no está. Se sentaba dos o tres mesas delante en la escuela primaria y más cerca en secundaria. El devenir del tiempo hizo el resto, yo tan solo me acostumbré a soñarla. Por eso, cuando quise darme cuenta, ella, sin previo aviso, había cambiado sus coletas de los primeros años, por una ondulada melena de plena adolescencia, también la inocencia de su mirada. A mí me trastocó por completo. Contemplaba desde la retaguardia todos sus movimientos, cuando reía, cuando discutía con sus amigas, y hasta sus pequeñas insinuaciones con otros mucho más afortunados que yo.

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Entró en mi restaurante con la fuerza de un ciclón una tarde de enero, después de casi tres décadas, pero a mí me bastó un simple vistazo para reconocerla con su pelo suelto y su sonrisa franca. Me acerqué a su mesa. Apenas rocé su cara cuando me dio un beso entusiasta de reencuentro. Un beso en los labios, sin pudor, en medio de las mesas atiborradas de comensales que me miraban con estupefacción, incapaces de entender aquella dosis de descaro entre la señora elegante que acababa de entrar y el estirado dueño de aquel restaurante tan distinguido. Pero, no pude aflojarme la corbata y, menos aún, desabotonarme el cuello de la camisa como la primera vez que rocé su piel, casi sin querer, una tarde que quedaba ya muy lejana.

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Sofía me contó que había sabido de mí gracias a las páginas de un diario en el que se ofrecían críticas gastronómicas y ahí, a toda página, aparecía mi restaurante, uno de los más prestigiosos de la ciudad, también yo al lado de una de las mesas engalanada con primor. Me vio, me reconoció y no lo dudó, tenía que probar alguna de esas delicias para juzgar por ella misma si eran ciertas las recomendaciones de los críticos. Así pues dicho y hecho. Con desparpajo arrollador se sentó en la mesa del rincón, la mejor, ubicada entre dos grandes ventanales recibía una luz intensa que se reflejaba en las copas y ahí se fragmentaba en pequeños arcoíris multicolor. De nada sirvió el grito en el cielo que puso el maître, quien insistió que aquella mesa llevaba reservada meses, ni mis indicaciones contundentes para que ocupase la mesa de al lado. Sofía nos miraba sentada y sonriente, la luz hizo el resto. Enmarcada por la ventana la aureola luminosa la envolvió a ella también y yo supe, de pronto, que toda mi vida había girado esperando ese instante.

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Apenas tuve tiempo para nada más, creo que le indiqué al maître que le sirviera algún aperitivo mientras yo le preparaba la comida. Entré en la cocina arrollando todo lo que estaba a mi paso ante la perplejidad inaudita del resto de cocineros. Me hice con mi espacio y con mis fogones: seleccioné los mejores productos: trufas de un valle secreto de Soria que mezclé con un vino reserva, prohibitivo de precio, para crear una crema de un sabor intenso, después elaboré un pescado fresco que laminé hasta el infinito y apenas condimenté y como joya final una mezcla diminuta de frutos del bosque envuelto en canela y con gotitas imperceptibles de chocolate. Sofía paladeó cada cucharada de crema con delectación, apenas sin hablar y casi sin mirarme. Cuando sirvieron el pescado su tez cambió de tonalidad y se adquirió un tono rosado intenso. Pero para el postre casi no tuve tiempo de observar sus efectos en Sofía, apenas entreabrió la boca con su sonrisa medio esbozada y empezó a degustar la pequeña porción multicolor un arrebato de sensaciones me poseyó sin que yo pudiese hacer nada por controlarlo. Me asaltaron los recuerdos de los sabores de mi niñez: la sopa de carne vieja que hacía mi madre, las croquetas de bacalao de mi abuela, el bocadillo de mortadela con pan recién horneado que llevaba para el recreo en el instituto. Cuanto más miraba a Sofía más sabores percibía, a chocolate de oferta, a paella, a taquitos de pollo, a magdalenas sacadas del horno… en mi mente se agolpaban sabores inconexos a la velocidad del rayo, de forma caótica, pero todos conocidos, todos familiares. Y, sin entender muy bien lo que me ocurría, me abalancé sobre Sofía en el instante que se disponía a tomar la segunda cucharada de mi postre.

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Según me contaron después el espectáculo fue de lo más bochornoso. Sofía intentando por todos los medios escapar de mis besos y de mis manos que hacían lo imposible por desabrochar su blusa, el resto de comensales estupefactos sin poder dar crédito a lo que estaban viendo, incluso hubo algún que otro vahído sin importancia. Un estruendo ensordecedor de vajilla fina rota en mil pedazos y Sofía y yo rodando por el suelo. La intervención decidida de dos camareros fornidos puso fin al episodio quienes, no sin esfuerzos, consiguieron reducirme y desasirme de mi amada.

Apenas recuerdo nada de aquello, solo que Sofía se marchó para siempre. Yo intento cada día volver a la normalidad de mi rutina, pero no logro conseguirlo del todo. Después de aquel incidente nada es igual. El restaurante está a rebosar, tenemos reservas para más de dos años. Todos quieren vivir una experiencia similar.

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Es sencillo, aunque yo no logro explicarlo. Desde que Sofía estuvo en mi restaurante, el orden lógico se alteró. Los hechos se repiten aunque, por fortuna, de manera menos sorpresiva. Cuando llegan los postres se abre el pozo de sabores que cada uno atesora en su memoria, después las consecuencias son del todo imprevisibles porque todos los deseos ocultos se desatan. Aunque los comensales saben a lo que se enfrentan: discusiones exacerbadas, abrazos fraternales, entrega de cheques, peticiones de mano, riadas de insultos a jefes en comidas de negocios, confesiones de engaños entre amantes… ninguno tiene miedo porque cuando los clientes abonan la cuenta y se marchan no recuerdan nada de lo sucedido, tan solo se sienten livianos y satisfechos, exultantes tras una buena comida.

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Yo, en cambio, no he perdido los recuerdos, tampoco los sabores. Desde aquel día todo sabe a Sofía. Las bebidas que tomo y los alimentos que cocino o paladeo, todo posee un ligero regusto floral, a violeta en primavera con gotas frescas de rocío matutino. Es un gusto nuevo y fresco que impregna mis papilas y empapa mis vivencias, un sabor atrevido que me insufla dosis de optimismo y vitalidad, y que me mantiene en un estado de exaltación creativa permanente, que se materializa cada día en nuevas creaciones culinarias que me consolidan como uno de los más afamados chefs.

No puedo parar esta fuerza arrolladora y, aunque pudiese, tampoco lo haría nunca. Cada vez que elaboro un plato se produce en mí el milagro del encuentro íntimo y pleno con Sofía. Es la forma, tangible y definitiva, de asirme firme a ella y anclarme con tenacidad a la vida y a mi existencia.

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Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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