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La Puerta Munillo-Hombres fumandoNoelia volvía vacía. Había pasado la mitad de su vida de espaldas a las lomas, se marchó joven, con la mirada baja y sin poder mirar atrás. Hoy es el día del patrón, y Noelia ha vuelto al pueblo. Un lugar escondido entre lomas amarillas y secas; yasas(1) llenas de almendros y viñas rebosantes de uvas. Ahora, el sufrimiento permanecía acallado por la medicina del tiempo, Noelia deseaba reconciliarse con todo y con todos. Su ausencia había durado veinte años y esa joven de 15 años, de cabellos largos y ojos tímidos, había tenido tiempo suficiente para perdonar ese rincón donde la vieron nacer y la miraron al huir.

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Los dos tenían las manos bellas. Ella con los dedos muy largos y delicados. Los de él eran huesudos y fuertes. Los dos eran jóvenes y se amaban. Nino, fue un niño no querido, nació sin gracia ni padre. Siempre reía. Nino demostró ser un pésimo estudiante y un buen hablador, como su padre, decía su madre La Patro. La Patro fue siempre una mujer ruda y soltera. Noelia, la niña intocable, la única hija y deseada del arrogante y estirado Químico de la Bodega. Siempre fue una niña muy guapa, alta, con cabellos largos, y algo simple, como le decía siempre la Patro a su hijo. Sus destinos eran desiguales. Ellos lo sabían.

La puerta munillo- dedos entrelazados

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Veinte años no son nada cuando se miran desde la retina de una mujer madura, pensó Noelia, al tiempo que enfilaba con decisión la calle Mayor en dirección a la temida Puerta del Munillo, la plaza del pueblo que había heredado el nombre del primer hombre acaudalado que instaló en ella su bodega. La Puerta del Munillo no había cambiado, o eso le pareció a Noelia. Aún conservaba su aspecto polvoriento y sucio, y seguía siendo el punto de reunión y observación de los viejos. Siempre ellos, hombres sin pasado, sin destino ni futuro. Hombres viejos que fumaban apoyados en las barandillas, viejos que miraban pasar la vida de las otras gentes del pueblo.

A Noelia la plaza le parece más pequeña. Hasta ha creído reconocer a alguno de sus nuevos viejos habitantes. Esos viejos rostros le recuerdan los de sus antiguos compañeros del colegio, los rostros de los chicos de las fiestas, los chicos del barrio. Hoy incluso se ha atrevido a mirarlos de frente, ahora sin miedo. Solo hay curiosidad en su mirada. Aquel miedo que impregnó su vida la noche que no llegó a ser, ha desaparecido por completo.

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La puerta Munillo-Pareja bailando

La noche del accidente, Noelia tuvo miedo. Miedo al sentir los ojos de los hombres viejos clavados en su espalda, miedo al escuchar los lamentos de su padre. Tuvo miedo de saberse señalada, miedo de ser culpable. El miedo acompañó a Noelia hasta el autobús. El autobús que la alejó del pueblo. No pudo mirar atrás. Ella solo les dejó ver su espalda. Aquel día Noelia vio desaparecer sus ilusiones al mismo ritmo al que el pueblo desaparecía de la primera fila del autobús. Alcanzó a ver tirada su adolescencia en la acera. Sentada en el autobús Noelia retorcía sus manos con insistencia mientras la carretera la alejaba inexorablemente del tacto de aquellas otras manos que ya nunca volvería a tocar. Habían pasado veinte años desde aquellos miedos, ahora Noelia contempla la plaza sin miedo, tranquila.

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Los días previos a las fiestas Nino no dejó de alardear con sus amigos sobre la chica y la verbena. Y llegó la noche de la verbena, y Nino no comenzó a revolotear alrededor de Noelia. Ella parecía resistirse. Pero al cabo de un rato Noelia se abandonó al baile y a Nino. La sujetó por la mano. La orquesta atacó la cuarta melodía, y él comenzó a jugar con su melena. La peinó, introduciendo sus huesudos dedos en su cabello. A Noelia le agradaba esta sensación, aunque sabía que no estaba bien. Su padre se lo había advertido, sus amigas también. Pero Noelia era condescendiente y dejó que Nino jugará con ella y con su melena toda la tarde. “Solo en fiestas” se justificaba Noelia ante sus estiradas y asustadas amigas. Cuando por fin llegaron los fuegos artificiales, Noelia y Nino ya habían bailado más de lo permitido. Nino ya se atrevía a posar sus manos en la cadera de Noelia, ella no lo rechazaba. Entonces la abrazó por la cintura y le susurró al oído palabras divertidas. Noelia reía mientras Nino le mostraba el trofeo que sujetaba en la mano, un petardo. Un petardo que Nino había sustraído de los fuegos artificiales en una distracción de los alguaciles que custodiaban la plaza. Nino quería que esa fuera su traca final, la declaración de amor a Noelia.

.La Puerta Munillo-Noelia en la plaza

El timbre de una bicicleta la distrae de sus pensamientos. A Noelia le ha parecido reconocer a uno de los nuevos viejos que fuman en la plaza. El cigarro le ondula en los labios, unos labios sucios, secos y agrietados. Él se ha notado observado y le ha devuelto la mirada. Después una gran carcajada acompañada de un juramento ha levantado los ánimos de todos los viejos hombres. Luego, el hombre con el cigarro en los labios, que tiene las manos escondidas en los bolsillos del pantalón, ha escupido al suelo el cigarro. Seguido ha llenado el pecho de aire y lo ha descargado con un gran salivazo, que ahora encara desafiante a Noelia. Toda la plaza ha acompañado la burla con risotadas, pero Noelia no se ha asustado, solo ha bajado la mirada para no pisar los fuegos artificiales que ya están ordenados y listos para la traca de fin de fiestas. Ella, allí parada de frente a los hombres viejos, ha notado una punzada en pecho.

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Antes de que llegara la noche, Nino y Noelia abandonaron la verbena entre risas y abrazos. Subieron enlazados por la cintura hasta la puerta del Munillo. Los hombres viejos que fumaban enseguida los vieron. Noelia dio un respingo y se apartó de Nino. Los viejos los miraron burlones y entre bocanadas de humo empezaron a murmurar. El más bajo de todos arrojó el cigarrillo encendido a los pies de la pareja. Nino lo recogió con gracia y sonrió a los viejos, estaba orgulloso y saludó blandiendo el cigarro rescatado del suelo. Todos rieron la broma con socarronería. Noelia se avergonzó, apenas si pudo bajar la cabeza y cubrirse la cara con la melena. Enseguida vieron al médico correr, y oyeron que la que más gritaba era la madre de Nino. Dijeron los hombres de la plaza que había sangre hasta por las puertas. El maldito cigarrillo había prendido la mecha, pero el petardo defectuoso privó a Nino del tacto para volver a sentir la melena de Noelia entre sus dedos.

Cuando la bicicleta pasa, Noelia, plantada y erguida como un árbol en el centro de la plaza Munillo, levanta la mirada, buscando entre los viejos los restos de aquel chico, buscando sus manos. Ella sabe que están ahí, entre los ojos de la plaza. Sabe que entre esas miradas está la de Nino. Pero ya ni se reconocen… ni se tocan.

La Puerta Munillo-Manos enlazadas


(1) En la Rioja se emplea la palabra “yasa” para referirse a la crecida de un rio, la depresión de un terreno o una torrentera. Via @Fundeu

Relato Breve escrito por Merche Postigo

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