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Parada Intermedia-El tren a ninguna parte

El lento serpentear del tren me aleja de mi punto.

La estación que dejé atrás hace cinco minutos estaba irreconocible. Los asientos de hierro corroídos. La marquesina con su letrero luminoso cubierto de enredaderas secas dejaba poca visibilidad al andén. Las sombras y el viento implacable, por un segundo, me habían empujado a darme la vuelta. En cambio, subí, con cierta fatiga. Al poco de estar en el vagón, inquieto de tanto silencio, miro el reloj recuerdo de mi padre. Las agujas se han parado. Intento darle la cuerda, inútilmente. Incómodo, los glúteos aplastados sobre los asientos de madera astillada como en los trenes del “Far West”, me pregunto si he hecho lo mejor.

Un aire glacial anuncia la entrada del revisor con cara de latón abombado. Tiemblo, ni siquiera el abrigo de paño me protege. Se aproxima y me levanta con un gesto autoritario, escanea mi cuerpo con el detector de mentiras y se marcha.

Afuera una bandada de pájaros revolotea sin rumbo, se aleja, vuelve, forma un círculo.

Estoy solo, el asiento está desgastado, sin apoyapiés, ni reposabrazos. En el aire un olor a ceniza de fumadores antiguos y una sensación de humedad que no tendría que advertir.

¿Serán cuervos?

El tren para y el frenazo me dobla el cuello. Qué raro, estaba convencido de que no tenía paradas intermedias.

Sube una señora bastante guapa, lleva una maleta azul petróleo, una falda tubo y una capa de piel de marmota. Los tacones la desestabilizan, intenta agarrarse, pero se cae pesadamente sobre el asiento. La falda se le sube por encima de las rodillas y descubre unas piernas de diosa griega que aún mueven algo en mí.

El tren reanuda su marcha con un bufido, lentamente.

La miro de reojo, me animo.

  • – ¿Necesita ayuda? — Le pregunto.

Los pájaros siguen volando, los árboles me amenazan y el viento no ha parado.

  • – ¿Quiere que le suba la maleta? ¿Se encuentra bien? — Le insisto.

Ella continúa sin responderme y contemplando la nube a través de la ventanilla exclama — ¿Y mi niño dónde estará? — con un gesto instintivo se arregla la falda.

Parada intermedia - Mujer con maleta

De todas formas, me levanto, le coloco la maleta en el portaequipaje, pesa menos que una paloma. Me siento, no tengo ganas de hablar solo.

No llevo periódico, ni libros, ni un block de notas para escribir.

Intento bajar los parpados, el paisaje me estresa con tantos árboles y el ulular del viento que se filtra por las ranuras de las ventanillas arqueológicas me desasosiega.

Pensaba que iba a ser más fácil subir al tren, llegar y olvidar. ¿Por qué es tan difícil olvidar cuando más lo deseas?

Es guapa, ¿aún puedo sorprenderme o es un sentido que tarda en desvanecerse?

Cruza las piernas, un movimiento ligero y delicado, no puedo dejar de desearla.

El revisor vuelve a pasar, la hace levantar y escanea su cuerpo con el detector de mentiras. Ella se retrae y se sienta, aturdida. Un pájaro se estrella contra la ventanilla, un reguero de sangre obstruye mi visión, intento abrirla y no puedo.

La señora, bastante guapa, me intriga, debajo de su traje chaqueta su cuerpo lucha por salir, ojalá la hubiera conocido antes de dejar el punto.

  • ¿Ha visto usted el plano o la dirección? — Por fin me está preguntando algo.
  • Solo hay una – le contesto mirándola con dulzura – el Valle del punto final.

Se da la vuelta, y fijando su mirada en la ventanilla manchada de sangre me dice: ¿y si quisiera volver?

  • No puede, por eso le ha escaneado el revisor.
  • ¿Qué le ha pasado para tener que subir al tren? – le pregunto fascinado por sus ojeras negras.
  • ¿Qué le ha pasado para tener que subir al tren? – me repite ella con voz triste.

Lentamente el sol, que estaba escondido en una nube negra, se libera, le besa la cara, y le cierra los ojos.

Parada intermedia- punto final

No sacaré nada en claro de ella, ¿además por qué sigue importándome lo que piensa alguien?

He subido a este tren para que nada me molestara o importara ya.

Los techos de las pequeñas casas aisladas se han llenado de blancura. Sin darme cuenta ha empezado a caer la nieve y el viento se ha calmado. Los copos hermosos me recuerdan los días en los que gritaba de alegría para no tener que ir a la escuela y me emociono.

Algo me oprime la boca del estómago, reclamando comida.

  • ¿Disculpe señora, una sola pregunta, tiene usted hambre? – Intento conectar con su mirada escurridiza.
  • No, no tengo hambre, tampoco sed. El sol me molesta. – Sigue con los ojos cerrados
    – Qué raro, desde pequeño me habían explicado que al abandonar el punto no sentiría nada.

La verdad es que nadie lo sabía, ni lo supieron los fenicios, ni los griegos, ni los romanos, tampoco los árabes. Cientos de hombres ilustres y teorías controvertidas. Seguía siendo un misterio.

El chirriar de las ruedas a causa de un frenazo brusco me sorprende otra vez: ¿Qué pasará?

Sube un niño. Solo. No lleva abrigo, ni mochila, su ropa está mojada y su jersey tiene pequeños relieves blancos que se derriten nada más entrar.

Tendrá unos tres años y los ojos buscan algo, me recuerda a mi sobrino pequeño. Me acerco a él dudando, —Hola, ven, siéntate, estás helado — Le ofrezco mi mano.

  • No veo a mis padres, me caí al rio y no los veo — Está tiritando.

Me quito el abrigo de paño y le cubro frotándole la espalda.

  • ¿Qué rio? ¿Y tú cómo te llamas? No te preocupes, preguntaremos por tus padres y los encontraremos.

Fuera está oscureciendo, en la ventanilla hay pegotes de nieve helada.

Su cuerpo tiembla por el llanto, sus brazos suben y bajan con sacudidas rítmicas.

Llora con sangre y lágrimas a la vez.

La señora bastante guapa se levanta, le limpia con un pañuelo blanco, las lágrimas se secan, la sangre no. Sigue fluyendo, de los ojos, de la nariz, no consigue pararla. La cara del niño se vuelve morada. Le digo: – no llores, y lo abrazo. La sangre recubre mis manos como guantes rojos.

De repente ella se quita los zapatos y se tira al suelo imitando a un perrito y sacando la lengua para lamerle el pantalón. La risa del niño detiene el flujo y su cara recupera el color original.
La señora guapa lo rodea con sus brazos, llora y lo calienta con su capa de marmota. Nos abrazamos los tres.

Se abre la puerta con la fuerza de un mal augurio, es el revisor con su detector de mentiras.

  • Este niño no tiene derecho a estar aquí — le grito – solo tendrá unos tres años, no es justo — Me pongo delante del niño para protegerle.

Se escucha otra vez el silbido del viento, los pájaros han desaparecido y en el cielo empiezan a brillar estrellas diminutas. El revisor se da media vuelta, como un juguete mecánico al que acaban de darle la cuerda. Nos quedamos solos, los tres, asustados y acunados por el serpentear del tren. Ha parado de nevar.

A lo lejos se ven luces. Escuchamos una alarma persistente y el tren se detiene.

Se abre la puerta, nos abrazamos con más fuerza. ¿Qué pasará?

Tengo frio y una extraña tranquilidad. En mi muñeca vuelvo a sentir el latido del reloj.

El viento y el aire se han calmado.

El revisor señala la salida con el detector de mentira diciendo: —Bajad, no podéis seguir, habéis llegado al punto y aparte.

.Parada intermedia-Punto final

Relato Breve escrito por Matilde Tricarico

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