fiesta

El día que llegó no era un día normal. Ahora, en cambio, ningún día puede ser normal porque Vanesa ya no está entre nosotros. La última vez que la vi fue después de la fiesta de Noemí. La fiesta de botellas vacías y de alcohol que se filtró por las venas hasta que nos nubló la vista y nos desató la lengua. La noche de los reproches rotos, de las lágrimas y de las risas con sabor a ginebra. EL humo de maría que invadía el salón y las habitaciones del pequeño piso en el que cada vez nos reuníamos con más frecuencia, impregnaba las estancias de una niebla densa en la que creíamos flotar. Nos sentíamos inmersos en una dimensión diferente, elegidos para otras causas.

Aquel día no fue un día normal, no podía serlo y no sólo porque llegara ella. Juanjo se había saltado un semáforo y se había incrustado en una farola y, aunque a él no le pasó nada, apenas unos rasguños, el coche quedó inservible del todo. Este acontecimiento trastocó por completo nuestra rutina. Tuvimos que recoger a Juanjo del hospital, de dónde salió con un collarín en el cuello y una mano vendada, y nos olvidamos de nuestras charlas. Así que, cuando ella se acercó a nuestra mesa en la cafetería de la universidad, con un vaso de plástico en la mano y medio café vertido sobre sus vaqueros gastados, no percibimos su presencia como la de una extraña. Cuando llegó no callamos, los sueños se gestan primero en las palabras. Se sentó desafiante, el resplandor fulgurante de su pupila imantó nuestras miradas y cercenó, sin que fuésemos conscientes de ello, nuestros miedos. Seguíamos hablando, interrumpiéndonos y solapando las frases de los otros. Importaba llevar la voz cantante, necesitábamos reconocer al líder, pero las tazas medio llenas todavía de café caliente y los ceniceros aún vacíos hacían presagiar que la decisión tardaría en llegar. Vanesa no comprendió nuestra exaltación quizás, porque en esos momentos, la discusión se centraba en el accidente de Juanjo. Sin embargo, algo la retuvo porque no nos abandonó. Pronto descubriríamos que ella, Vanesa, es de las que no abandonan nunca. Los móviles vibraban sin parar sobre la mesa, pero nadie respondía, ni tan siquiera los mirábamos. No era momento para distraerse, la campaña se abría camino desde la clandestinidad, abiertos a un desafío de dimensiones que no éramos capaces de calcular.

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En la fiesta de Noemí, la última vez que la vi, apenas quedaba nada de ella misma, ni tan siquiera su sonrisa. Era una simple mueca, quizás fuese tan solo una distorsión producida por el alcohol, el que yo había ingerido o del que ella se había esponjado hasta las entrañas. Su mirada tampoco me era familiar, en su iris se perfilaba un destello no borrado de rabia. Quise acercarme a ella, pero cuando me di cuenta ya no estaba. Nunca más estaría.

La mesa se vació de cafés y se llenó de panfletos. Vanesa los vio y, ante el estupor de todos, voceó las consignas de libertad y de cambio radical que estaban impresas en las octavillas y en nuestras mentes. Se subió en la silla, agitó los papeles y los lanzó al aire, volaron en todas direcciones. Nosotros también, en unos segundos nos disolvimos. Pero Vanesa no, se quedó izada sobre la silla como estandarte. Se produjo la redada, la detuvieron. Nosotros nos reagrupamos en cuanto pudimos. Lo primero, cuando recobramos el aliento, organizar un comité encargado de los trámites de liberación. Todo fue rápido. Juanjo, sin moverse, no podía girarse por el collarín, marcó el número. Todo se agilizó. También en nuestro comité. Ya teníamos una líder a quién seguir. La recibimos como correspondía. Una de los nuestros.

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La fiesta era mi meta. Los sueños no admiten demora, tampoco las promesas. Al principio no me atreví ni tan siquiera a pensarlo y bloqueé mis sentidos para anular de un tajo los sentimientos. El alcohol diluido en mi sangre, me dio el arrojo. Me aferré al recuerdo de una mirada perdida en los días de lucha y borrasca. Me hirió más el beso furtivo en una carrera en la que nos llovieron palos pero que no doblegaron la esperanza. En la fiesta, Vanesa insistió, las reglas las determinan los acontecimientos. Me quise acercar y arengarla al amor, el que trastoca el alma y emborrona los sentidos, no el de la sumisión y ni, tampoco, el del agradecimiento. Pero cuando llegué a su lado, ella ya no estaba.

Desde que Vanesa llegó, con el café a nuestra mesa, la tarde lejana de la formación del grupo de la resistencia , el ritmo se precipitó. También las acciones. Nos envalentonamos. Ella nos lideró. Dejamos la neutralidad y el silencio de los conformistas y apostamos por las pancartas en manifestaciones de valentía. Tras las protestas, y algunos actos reivindicativos de derechos y libertad, nos pusieron en la lista. Vanesa, la líder, organizaba las jornadas, todas clandestinas, todas de justicia. Juanjo permanecía a su lado, los sucesos así lo determinaron. Vanesa nos contagió de su activismo, pero apenas nos rozó su arrojo.

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Me di cuenta enseguida, primero fueron las ausencias justificadas de ambos, después las miradas y, por último, las manos entrelazadas. También fui el primero en observar el cambio. Vanesa arriesgaba cada vez más, nos exigía más compromiso. La lucha requiere sacrificios, también el amor. Nos perseguían con más celo y nos encarcelaban con más frecuencia. El trato era cada vez más vejatorio y las estancias privados de libertad cada vez más largas. No para Juanjo. A él le bastaba una llamada. También con Vanesa, una llamada era suficiente.

Al principio creí sus excusas, los moratones y las heridas.  Secuelas de nuestra batalla, se justificaba Vanesa, con mirada esquiva y sin querer entrar en más detalles. Siempre huyendo, en persecución permanente por la igualdad, por los principios. Pero, el resplandor apagado de sus ojos corroboró mis miedos. Vanesa, nos reunía, nos arengaba y estábamos dispuestos a todo. Por eso yo me arriesgaba cada vez más, en las barricadas apenas me escondía quería que Vanesa verificase que yo sí era un convencido activo de la causa. Juanjo dejó de acompañarnos, los ideólogos deben permanecer a cubierto. Ella, Vanesa, nos lo explicaba con claridad. Nunca ha triunfado ninguna revolución si no está apoyada por unas ideas, expuestas con claridad, con contundencia. Los que se exponen en las calles no son, sin duda, los más comprometidos. Hay que salvaguardar a los que diseñan estrategias y planifican las acciones. Ellos también se arriesgan, sus pensamientos no siempre son entendidos, tampoco sus consignas.

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beso jóvenesEl día del beso perdido, nos pudo la emoción. Tras una jornada de protestas y disturbios a gran escala, logramos escapar. Vanesa y yo nos cobijamos en un bar cutre y anodino. Bebimos para celebrarlo. Noté su mirada perdida y moratones por todo su cuerpo. Los estigmas de la batalla, argumentó. Pero el resplandor opaco de su mirada, me desveló el resto. Con la rabia del momento me juré a mí mismo la venganza. Los días siguientes Juanjo no apareció en las asambleas, tampoco Vanesa. No nos extrañó. Desde las últimas apariciones y los últimos enfrentamientos, su foto aparecía en todas las publicaciones junto a declaraciones definitivas del padre de Juanjo.Desde su posición de privilegio y con su eficiente trabajo al lado del poder, le permitían garantizar sin dudas de ningún tipo que un grupo de donnadies no romperían las estructuras que tantos años habían costado forjar.

La fiesta de Noemí era el reclamo perfecto para el encuentro con Vanesa, quizás también acudiese Juanjo. Pero ya era tarde. Juanjo se posicionó al otro lado. Un buen ideólogo no podía permanecer en la clandestinidad. Al principio, nos sorprendió su presencia asidua en los medios, también sus nuevas consignas. Bebí durante toda la fiesta. Por eso, cuando Vanesa llegó apenas la distinguí, sin sonrisa, sus ojos morados no me encontraron.

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Vanesa ya no está. Se difuminó en el humo denso de la fiesta de Noemí. Hemos organizado grupos de búsqueda pero no hay rastro. La prensa no habla de ella, tampoco Juanjo. En sus declaraciones oficiales, como alto dignatario del poder, sólo transmite mensajes oficiales, radicalizados siguiendo las directrices del poder y los sensatos consejos de su padre. Conoce bien la clandestinidad. Está dispuesto a acabar con todos aquellos que militen al otro lado del orden establecido.

Nuestro grupo de clandestinos se ha disuelto. Algunos se han posicionado junto a Juanjo. Yo, por las noches, cuando termino el buzoneo, voy a bares olvidados en busca de cómplices que se unan a la causa. No es fácil encontrar seguidores comprometidos cuando está tanto en juego. Los cambios se producen cuando se vence al miedo.

Ya no quedan ideólogos, ni grupo, ni líderes. Estoy solo. Pero, porto en mí la llamada a la lucha con la voz cálida de Vanesa.

Estoy decidido.hombre-frente-al-mar-atardecer

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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