lonja

No había ninguna casa cerca del puerto, tan solo el burdel de carretera, medio escondido detrás de unos pocos árboles de hoja caduca que, en invierno al caérseles todas por completo, dejaban al descubierto unas ramas huesudas que les conferían, a esos árboles solitarios, cierto aspecto sepulcral que mantenía alejados a los curiosos y servían de salvaguarda a los que frecuentaban el lugar. El burdel era un anexo olvidado de una antigua lonja que, en tiempos más boyantes y de menos penurias económicas, había servido de almacén de las cajas vacías en las que se trasportaban los pescados. Algún cliente se quejaba en alguna que otra ocasión remota del olor a pescado podrido que a veces emanaba de algunas de las habitaciones. Aunque, la mayoría de los que acudían para solicitar algún servicio, tenían embotado el sentido olfativo, acostumbrado a otros olores aún más nauseabundos y no lo percibían. El apremio por las urgencias sexuales también contribuía a no detenerse en pequeños melindres sin importancia.

Ilenia tenía suerte, desde su habitación, si se acercaba al ventanuco rectangular de la pared de enfrente, podía ver los árboles. Claro que, para ello, necesitaba subirse al pequeño taburete desvencijado que hacía las veces de mesilla de noche, donde, a veces, ella dejaba su ropa en un intento desesperado de encontrar algo de orden al caos degenerativo en el que se había convertido su existencia. También le gustaba mirarlos porque, aunque el parecido con la vegetación extensa y frondosa de su país de origen era nulo, le recordaban los arbolitos pequeños y destartalados que crecían en el jardín de la casa de su abuela, y a los que ella se subía de pequeña.  Se solía sentar en la rama más bajita por si se caía y, desde ahí, se pasaba las horas muertas contando los pájaros que sobrevolaban el cielo. Así durante muchos ratos, hasta que venía a buscarla su abuela, generalmente con un tazón gigantesco de leche hirviendo, con una capa de nata sólida sobre su superficie que la volvía loca, y que se bebía sin esperar a que se enfriara sintiendo, en los gélidos inviernos y en la bonanza del verano, como el calor la reavivaba por dentro; también la mirada de la abuela. Ahora, de igual modo, se pasaba ratos mirando los árboles subida en el taburete pero, siempre en el momento mágico en el que en sus pensamientos se encontraban con la abuela, la entrada atropellada y urgente de un cliente la devolvía de bruces y sin paliativos a la vida real.

El pequeño burdel mantenía una rutina anodina y caótica, aunque con una actividad permanente. Los principios de mes, se notaban había más trasiego, a los cuatro o cinco clientes fijos se añadían algunos esporádicos que, con el anhelo de encontrar placer rápido, derrochaban parte de su pingüe sueldo en las enclenques mujeres teñidas de rubia de la lonja del puerto. Ilenia era la más solicitada.

AL principio creyó que ver en esto un atisbo de buena suerte. Ella siempre valoró el trabajo. Igual podría reunir el dinero suficiente y volver a sus montañas, las montañas cubiertas de nieve que dejó en su país y donde estaba la casa de la abuela, quizás aún permaneciese en pie alguno de los muros que los bombardeos de la guerra no hubieran conseguido derribar, como a ella. Aunque  la vida no le daba tregua y se encargaba de sacarla de su error con rapidez. Tenía más clientes pero todo lo demás mantenía la misma inercia.

Ilenia, se sabía fuerte aunque cada vez flaqueaba más. Logró escapar del hambre y del desconcierto cuando experimentó el socavón absoluto que produce la soledad. Aquella mañana se levantó tarde y le extrañó que la abuela no la levantara con el tazón de leche caliente y la premura de todos los días para no perderse la belleza de la mañana. Pero la abuela no llegó, yacía tumbada con el tazón en la mano y la leche derramada en el suelo de la cocina. Un infarto, le dijeron. Luego sobrevino el dolor, también la tristeza y poco a poco el hambre. Después llegó la guerra y la vida se desbarató por completo.

Alguien un día lejano le habló de viajar a un país con sol, de la posibilidad de progresar e Ilenia quiso con todas sus fuerzas que aquel señuelo fuese cierto. Por eso aceptó acostarse con el viejo capitán de barco barcoque le permitiría ir de polizón en su destartalado barco hasta el país del amanecer permanente. Luego, durante la travesía, la obligó a entregarse con entusiasmo y sin remilgos a cuanto marinero él consideró que debía pagar algún favor. Al principio Ilenia lloraba, incluso vomitó varias veces, una en pleno encuentro sexual con el propio capitán y, para evitar el desprecio insaciable del viejo y que la tiraran en ese preciso instante por la borda, le echó la culpa al mareo producido por el vaivén del mar. Desde entonces deseó con toda su alma tener un infarto como la abuela. Pero, claro, esto no ocurrió. Así que, poco a poco, empezó a templar los nervios y a plantarle cara a la vida porque no quedaba otra solución. Disoció su cuerpo de su mente, entonces el instinto hizo el resto y le permitió sobrevivir.

En la lonja del placer convivían en una armonía poco estable las cuatro mujeres olvidadas de la fortuna. A Ilenia la tenían relegada a la pequeña habitación del ventanuco con vistas a los árboles olvidados del puerto. Las otras tres mujeres se entendían bien entre ellas. Una, la más ajada por la vida, era quien organizaba el local y cobraba a los clientes. Nadie pasaba sin dejar primero el dinero a Rosaura, la Rusa. Era grande y desproporcionada, tenía una boca carnosa que pintaba de carmín rosa chicle y que cuando reía enseñaba unos dientes amarillos, picados de restos de comida. Rosaura regentaba el local con mano dura, no permitía a las chicas salir de las habitaciones y tampoco intimar entre ellas. Ejercía sobre las tres un control permanente y las amenazaba con tirarlas al mar si no cumplían con su trabajo. El día que no había clientes no se comía, así de simple.

Ilenia ya no recordaba cuándo llegó al burdel, tampoco cuándo se olvidó de sentirse viva. Las otras dos mujeres enclenques que conformaban la plantilla de la lonja del placer, iban siempre una al lado de la otra, aunque apenas hablaban entre ellas ni se mostraban el más mínimo afecto. Rosaura las ofrecía a veces de forma conjunta en saldos u ofertas de la semana para los clientes más fieles. Sin embargo, si en algo sí se mostraban unidas, era en su odio acervado hacia Ilenia. Más de una noche la abordaron a punta de cuchillo con la intención de matarla, pero siempre la casualidad la salvó despertándose a tiempo y, sobre todo, porque las dos mujeres cedieron en su empeño ante las amenazas definitivas de La Rusa que no estaba dispuesta a perder a la más lucrativa de sus empleadas y que evitó con disciplina de hierro otras tentativas más efectivas.

La vida en la lonja del placer olvidado habría continuado con su rutina habitual hasta el infinito de no haber sido por una orden de desalojo. En un nuevo proyecto ministerial se encontraban unas obras de mejora y ampliación del puerto que conllevaban la demolición de la lonja abandonada. Una mañana algo brumosa despertaron a las mujeres las sirenas de varios coches de policía, después unos cuantos agentes se personaron en el local, pidieron documentación a los clientes y requisaron los escasos objetos de alguna utilidad que encontraron. Apenas había dinero, pero sí algo de droga oculta que sirvió para encerrar en la cárcel a Rosaura y las tres mujeres del burdel, con penas de reclusión por diferentes delitos, reales e inventados, durante los siguientes años.

Desde la pequeña ventana de su celda en la prisión Ilenia solo ve la esquina del patio por el que pasean las reclusas en las horas libres. Es una esquina de cemento que forma un ángulo perfecto. Está en la umbría y cubierta de numerosas grietas por las que se filtra el agua. En los últimos días Ilenia apenas se aparta de la ventana, ha observado que en el muro, de pronto, ha empezado a brotar, de forma discreta pero contundente, un poquito de musgo compacto y verde.

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Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

 

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