Hombre solo

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Frío. Frío en la cara, en las manos y en el cuello. Sólo siento frío.

Abro la puerta y la soledad de mi apartamento me recuerda una vez más que ella ya no está. No veo las llaves en el aparador de la entrada. Tampoco el abrigo tirado encima del sofá, ni sus papeles sobre la mesa del comedor junto al horrible florero de Bohemia que nos regaló su hermana como suvenir de su último viaje a Praga.

Tengo sed. El frío siempre me produce sed. Voy a la cocina y en el fregadero continúa abandonada la taza del café de esta mañana, caída sobre el plato sucio de la cena de anoche. Busco en el armario un vaso para beber y, al retirarlo, aparece el tazón con asa en el que ella se tomaba el chocolate caliente las noches de frío como hoy. Le gustaba tanto este tazón que en verano lo usaba para beber el granizado de limón que preparaba los fines de semana o las noches que venían amigos a cenar. Al verlo ahí, sin esperarlo, siento una punzada tremenda en el estómago y cierro de golpe el armario. Enjuago la taza de la mañana y bebo rápido. El agua helada, me congela por dentro.

Me sobrecoge el silencio, el de la cocina, el del salón, aún más el del dormitorio. Camino sonámbulo de habitación en habitación. La siento cercana, casi detrás. Su susurro próximo en mi oreja exhalando su aliento tibio, una caricia leve en mi alma. Me dejo caer sobre la cama, sin hacer desde la mañana. Intento buscar un resquicio de su olor, pero las sábanas ya no huelen a nada. Me arremolino dentro de la colcha, vestido con los zapatos puestos, solo me quito el reloj y lo dejo caer en la moqueta. Sigo teniendo frío. Cuando nos íbamos a dormir yo me demoraba leyendo la prensa o viendo en el ordenador las últimas cotizaciones de bolsa y cuando me acostaba me acurrucaba con ella y sentía su calor. Me acoplaba a su figura, en ángulo cóncavo perfecto, ella me protegía con su abrazo firme. Mi pie descalzo acariciaba los suyos, siempre calientes, arrumacos de pies que garabateaban caricias más intensas, también más profundas. Siempre vigilaba su sueño, esperaba tranquilo hasta que su respiración se acompasaba, entonces yo también dormía y la buscaba en los sueños hasta la madrugada. En mis noches estaba ella, también en mis días.

Ahora siento frío en la casa, en la cama. Me volteo sobre mí mismo pero al otro lado no hay nada tan solo el vértigo ante la caída libre hasta el suelo. Me agarro con fuerza al larguero de la cama para no caer. Con cada vuelta la colcha, y las sábanas también, me aprisionan, me atenazan con fuerza obligándome a respirar con mucha dificultad. Cuando ella habitaba la cama conmigo al lado, reñíamos entre carantoñas por un trozo de tela, muchas veces yo me dejaba ganar y permitía, travieso y soñoliento, que ella se quedase con toda la ropa solo por ver la satisfacción de la victoria pintada en su rostro; otras, en cambio, me apoderaba con decisión de las sábanas porque entonces ella quedaba desarropada, vislumbraba encandilado el perfil perfecto de su silueta, el camisón ligero de seda abrazando su cuerpo frágil y moldeando su piel suave, las piernas torneadas apoyadas ligeramente una sobre la otra y las uñas rojas de los pies pequeños en una llamada irresistible de deseo.

Permanezco inmóvil dentro del amasijo de la ropa, a oscuras, nunca enciendo la luz. Me escondo deliberadamente entre la ropa para no ver las fotos. A ella le encantaban los marcos y las fotos, llenó la habitación y la casa. Momentos felices y estáticos, en la boda, en la playa, en un cumpleaños olvidado. Ahora no las miro, tampoco las toco. Al principio soportaba su mirada de papel desde el otro lado del cristal, sus ojos profundos y risueños me confortaban. Pero, a fuerza de mirarlos dejé de verlos. Simplemente se me emborró la mirada. Desde debajo de las sábanas no se percibe nada: ni la habitación desordenada, ni los recuerdos impresos en las fotos.

Sigo teniendo frío. Estoy helado a pesar de estar vestido y envuelto en las sábanas. Tendría que levantarme, quizás encender la calefacción. Sin embargo, no me muevo, aunque nada me impide hacerlo. Quizás, tan solo, el no llevar puestos los zapatos. Ella siempre recorría descalza la casa, arrastraba perezosa los pies cuando se levantaba por las mañanas y somnolienta se dirigía hasta la ducha; también, cuando por las noches abandonaba sus tacones a la entrada y se lanzaba, fingiendo un agotamiento extremo, al sofá. Ella descalza, pisando la alfombra del pasillo con un contoneo de diosa.

Cierro los ojos y bloqueo mis pensamientos. Quiero dormir. Diluirme en la noche para que su recuerdo anule por completo mi existencia.

Mañana, quizás no sienta frío, quizás quite las fotos, quién sabe, quizás rompa por fin el jarrón de Bohemia que nos trajo su hermana en su último viaje a Praga.

jarrón-cristal-Bohemia-

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Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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