mujer de cabello rizado

Pantalones negros extraídos del fondo del armario, pantalones de otros tiempos. Blusa de poliéster, blanca, comprada en las ofertas chinas. La blusa la deja por fuera de los pantalones, trata de disimular esos quilos de más que ha ido acumulando con el paso de los años. Te sientan bien, le dicen los amigos, ella no les cree. Ahora tienes cuerpo de mujer. Tampoco le gustan los halagos. Los zapatos están viejos se ven raídos, son de tacón bajo. Es muy alta y prefiere no asustar a los contrarios. Ahora lleva el pelo suelto, rizado, tiene una ondulación loca que le cubre a veces la frente. Su pelo fue un problema en otros tiempos. Las chicas bellas tenían los cabellos lisos y la cabeza hueca. Ahora por fin le gusta su cabello rizado, no lo peina nunca; solo cuando se ducha. Las mujeres con el pelo rizado son más libres, le dice el peluquero. Ella le cree mientras continúa alisando su melena. Tampoco tiene las uñas cuidadas. Nunca se las arregla, hoy tampoco, a veces las esconde en sus bolsillos, junto a sus pañuelos.

Es martes, abre la puerta del número 20 de Claudio Coello, la siente pesada y grande. Un hombre, cómodamente sentado detrás del mostrador, la mira sin sorprenderse, la saluda con mucha cortesía y procede a anotar su nombre en el libro blanco. Le acerca la tarjeta de visita, ambos se sonríen. La esperan en la planta quinta. Ella lo sabe. Son muchos los que pasan por el número 20 de Claudio Coello, son muchos los que suben al quinto piso y son muchos los que bajan pasada media hora. El hombre cómodamente sentado en la entrada también lo sabe. Incluso sabe que algunos volverán después de  una semana, otros repetirán cada mes, aunque a la mayoría no se los vuelve a ver nunca más.

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Hoy es la tercera vez en un mes que ella sube al quinto piso. Un joven bien vestido la recibe, abre la puerta de una salita y la invita a entrar. Las salas son siempre pequeñas, mejoran la intimidad. Una botellita de agua en el centro de la mesa dispuesta para ella, eso le ayuda a pasar el trago. Cinco minutos, quizás seis y el joven del traje elegante entra en la salita. Comienzan las preguntas. Cuéntame qué has hecho hasta la fecha. Qué es lo que más te gustó de tú último trabajo, Qué éxito de los que has tenido ha sido el que más te ha enorgullecido. Ella conoce todas las respuestas, sabe mantener el entusiasmo mientras responde. A veces la interrogan con preguntas nuevas. Ella ha aprendido a improvisar y siempre responde. El joven del traje elegante le da las gracias y le extiende la mano. Ella se seca el sudor en los pantalones negros y ambos se chocan las manos. Todo parece encajar, buen perfil, es el que buscamos, buen curriculum y mucha experiencia. Te llamaremos en una semana.

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Sale del quinto piso con las últimas palabras resonando en su cabeza. El ascensor sirve de escudo y las deja rebotar contra las paredes. Al llegar a la entrada del edificio el portero le sonríe. Sabe que volverá a verla. La felicidad le dura unos instantes. Ahora ella pasea por la acera de Claudio Coello, cuando llega a la altura del número dos, cruza la avenida y sonríe.

La semana transcurre llena de ilusiones y nervios. Solo un estúpido catarro ocultará el ánimo durante las noches, una bajada de defensas piensa ella. Es jueves y el teléfono no ha sonado. En ocasiones ha dudado de que funcionase. Lo lleva encima a todas partes, incluso al baño. Cuando se ducha lo deja en el lavabo. Al limpiarse los dientes lo mete en el bolsillo del albornoz. Pero el teléfono no suena. Lo único que hay detrás de la esperanza es la muerte, piensa mientras intenta dormir.

.Pantalones negros .. ciudad de oficinas

Martes de nuevo. Comienza a arreglarse frente al espejo, pero no se mira. Esta vez se viste con los pantalones vaqueros raídos de siempre, guarda los negros en el fondo del armario. Ajusta la rebeca de punto a su cintura y desliza los pies dentro de las zapatillas de deporte. Con la mano peina su pelo rizado, lo siente suave, recién lavado. El teléfono suena de improviso en la cocina. Lo tenía aparcado en la alacena, casi abandonado como una fruta demasiado madura. Siente que el corazón late muy deprisa. Su respiración se acelera de forma tan evidente que tiene eco. Allí estaré confirman sus últimas palabras, palabras que resuenan en el techo de la cocina. Cuelga el teléfono. Mira su reflejo en el espejo y se atreve a sonreír.

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El sueño tardó en llegar y solo lo encontró al alba. Es miércoles, y se ha despertado relajada. Rescata el pantalón negro y se viste con la blusa blanca de poliéster. Ajusta el flequillo rizado. Mete en el bolso un paquete de pañuelos y sale a la calle. Cuando llega al número 20 de Claudio Coello está nerviosa. Saluda con familiaridad al hombre de la puerta. No recibe respuesta. Sube a la quinta planta. Esta vez le abre la puerta una joven rubia, vestida con un elegante traje de chaqueta gris. La saluda. La estábamos esperando. Hoy la sala, es algo más grande. Hoy también hay un botellín de agua en la mesa, no lo necesita. Tiene la garganta fresca, se siente bien, segura, sin miedo.

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Te hemos hecho venir para completar tu ficha, le dice la joven rubia de cabellos lisos. Eso es todo. Gracias. El gesto se le tuerce a la mujer de pantalones negros. Solo alcanza a escuchar las disculpas. El olor del ascensor ha cambiado y la desconcierta, le duele el pecho. Espera a salir fuera para inspirar y expulsar el aire acumulado con animosidad. Mira a ambos lados de la acera y busca una salida, al final se decide a ir de frente. Enfila el paseo solitario de los árboles sin hojas. La huelga de transportes ha dejado la ciudad en silencio. Es la hora del almuerzo. Ella hoy no comerá. Sigue su camino sonriente. Un hombre sin dientes la increpa. Ella lo ignora y sigue su camino. Solo antes de llegar a casa saca el paquete de pañuelos del bolso y se seca las lágrimas.

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Relato Breve escrito por Merche Postigo

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