.Huevos de la granja - pies

A mí me toca abrir la tienda con el primer canto del gallo, y él sigue durmiendo con la boca abierta. Le pellizco los pies, ni se inmuta. Una vez leí que era la peor tortura china.  Ni por esas, sueña como un niño a quién le acaban de quitar los pañales. Algún día le arrancaré las uñas, a ver si se despierta. Me avergüenzo de ser tan ruin. La vida del portero de noche es muy dura. Me tropiezo con la pistola que deja al llegar siempre en el suelo. Hace dos noche volvió borracho y sí me asusté. Me puso la pistola en la frente y me dijo que estaba cargada y que un día me mataría. No tuve el valor de preguntar por qué. No lo decía en serio, os lo aseguro.

Confio que Ramón me esté esperando con el pedido, huevos de la granja,  judías verdes y  calabacines frescos. Las brujas, que se hacen llamar señoras, lo toquitean todo, este está verde, el otro pasado, y los vuelven a poner en la caja.  Me gustaría  ver si alguien le palpara  los brazos para  descubrir  si  la piel es dura y el musculo prieto, que dirían. En el ascensor el niño de la vecina está llorando como todas las mañanas. Llora con ganas, no quiere ir a la guardería. Pobrecito, le pasa lo mismo que a mí. Si son las seis de la mañana. Saco del capazo una zanahoria   y la hago bailar en el cuenco de la mano. La observa gritando.  “Pedrito, no llores , br.. , br , . El sonido de motocicleta no falla, se ríe en seguida.

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Al llegar a la tienda no puedo abrir la persiana metálica, la condenada me lo hace  los días de viento, se encasquilla.

huevos de granja = fruteria Joder, chillo. No pasa nadie. Mierda. Tendré que llamar en algún momento al cerrajero pero cobra mucho dinero. Claro, así me llaman la judía. Me haría matar por no soltar un duro. El negocio es el negocio  y el ojo del amo  lo hace  florecer, así me decía mi padre.  Ya me gustaría disfrutar.  Un día escuché unas señoras decir que me llevaría a la tumba el dinero. Quisiera verlas a ellas tantas horas de pie y luego,  hala, a despilfarrar.  Doblándome  miro  las  piernas, están tan hinchadas y opacas que parecen espárragos blancos. Los brazos suelo esconderlos, no quiero que vean los moratones oscuros y que se metan en mi vida.

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Un tirón más fuerte y el cierre metálico y se abre por fin. Me recibe un olor  a patatas podridas. Abro la ventana. ¿Dónde dejé ayer las judías pintas? ¿Me las trajeron o no? Memoria, maldita memoria, un día la voy a perder de tanto luchar con los números.  A veces pienso que Bruno tendría que tener más cuidado con los puñetazos, me duelen mucho aunque él diga que no, que tengo la cabeza muy dura. Pobrecito vuelve tan cansado que cualquier contrariedad le irrita.

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Tengo ganas de mear. El ruido del pis en la taza me recuerda a las cascadas de las montañas que solo vi una vez de pequeña con mi padre. Mientras aquí trabajo como una esclava, allí arriba en la montaña están esquiando,  tomando el sol en las hamacas, respirando libres.  Ojalá  se rompan las piernas. Me desato los cordones de las deportivas, y me calzo con fuerza unas zapatillas  ajadas que luchan con mis pies hinchados  todas las mañanas.  Estoy cansada antes de empezar. Me miro al espejo, mi nariz me saluda, siempre va delante de los ojos, ojeras, pelo desgreñado, no soy ni la sombra de lo que fui. Ya me están llamando con apremio. No me lavo las manos, que se fastidien.

.huevos de granja = peso

Peso y cobro, cobro y peso.

  -No esa naranja, no, está demasiado Madura – dice una de las brujas.

  -¿Por qué los plátanos están verdes? – dice otra. Verde le iba yo a poner la cara, al pesar aprieto con la mano y le cobro el doble. Jodida.

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Escucho el pitido del teléfono, ¿mierda quién será?     Es Bruno, tengo que contestar.

—Has cogido la pistola? –

  • No , esta mañana estaba en el suelo.
  • No está, ¿no la habrás escondida?
  • Te juro que la vi en el suelo. – bajo el tono de voz, tengo un corrillo a mí alrededor.
  • Como no la encuentre, tonta que eres una tonta inútil, ya sabes lo que te espera. – Me cuelga el teléfono.

 

El negocio es lo primero. Me olvido de Bruno y de la pistola aunque me estén temblando las manos al cobrar. A las diez en punto cierro la tienda y no sin poco miedo subo a casa. Él no está , ojalá haya encontrado la pistola. Suelto los zapatos y me tumbo sobre la cama .¿Algún día se deshincharán las piernas? Ya me gustaría descansar. Tengo que darme prisa y ducharme antes de que vuelva, no le gustan mis olores. Al bajar de la cama , miro debajo y allí está la pistola. Le habré dado con el pie sin querer.

 

El agua de la ducha me tonifica, me quitas los malos olores, el olor a ajo tarda más en desaparecer. Una fuerza sobrenatural me agarra del pelo, chilla, creo que es su voz. No veo nada, digo por favor, me escurro, le empujo, consigo escapar y llegar al dormitorio. Está borracho como siempre, dice que esta vez no me perdona, que me va a matar. Tiemblo, me caigo al borde de la cama, veo la pistola debajo de ella la recojo, ya lo tengo encima. Se desploma sobre mí, se retuerce y se rompe como un huevo de la granja cuando no lo coloco bien.

.huevos de granja

Relato Breve escrito por: Matilde Tricarico

 

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