don perfecto - aura.

Apareció por el pasillo de la oficina sin hacer ruido, sentirlo resultaba difícil, tampoco lo esperábamos, su aura, tan limpia como la cama de un recién nacido, venía por delante.

Él caminaba a dos centímetros sobre la moqueta. Los ácaros lo contemplaban incrédulos y chismosos mientras aplaudían a su paso, un paso lento y armonioso. Él los eludía con la elegancia de un Lord Inglés tomando el Té de las cinco. Eran las nueve de la mañana y todos en la oficina estábamos curiosos por saber cómo Don Perfecto encontraría el destino. Lo vimos alcanzar su mesa, sorteando ácaros y pelotas negras de polvo, era curioso, era como un baile de fin del carnaval. Separó la silla despacio, con delicado cuidado, del borde de la mesa, de sus manos volaron blancas mariposas. Tomó aire y con sumo escrúpulo sopló la superficie de la mesa. Las dos últimas pelusas de la noche salieron volando y se fueron a reposar a la mesa contigua. Una mesa, que cada día asistía al mismo espectáculo, aturdida y asustada. Pero Don Perfecto no se dio por satisfecho y revisó de nuev la superficie blanca de su mesa de trabajo. ¡Y la descubrió! !Estaba allá! , la última mota de polvo. La mota de polvo que se había atrevido a esconder su existencia bajo un folio blanco, impoluto, que ni siquiera tenia rayones. La mota de polvo, asustada, comprendió enseguida que no pertenecía al entorno de Don Perfecto.  Este sopló con más fuerza que antes, pero la mota, pegada al folio, no pudo elevar el vuelo. Solo en el segundo intento la mota no consiguió mantener su posición y salió sobrecogida por encima de la mesa. Pobrecilla, terminó retozando por la moqueta, para deleite de los ácaros, que se daban por satisfechos con las migajas que Don Perfecto les lanzaba desde la mesa cada mañana. De improviso los dedos de Don Perfecto se extendieron como una suerte de pinza quirúrgica y uniendo, con puntilloso cuidado, el indice con el pulgar asió el folio por el extremo menos sucio. Resultaba cómico ver como su meñique se esforzaba en alejarse de los otros dedos, estiradose al extremo de hacer daño. Don Perfecto retiró el folio de la superficie impoluta de trabajo. Lo arrojó con el mismo desprecio con el que se saluda a un enemigo, y el maldito folio acabó dentro de la papelera. Cinco minutos después de esta escena , ya más relajado, Don perfecto miró el entorno. Ninguno nos atrevimos a devolverle la mirada, aún la teníamos sucia del sueño de la mañana y temíamos que quisiera limpiarla. Las cuatro agotadas ruedas que sustentaban su silla, rojas de ira, chirriaron como viejas chicharras cuando él las movió. Un gesto de disgusto surcó su imperturbable rostro. Don Perfecto ausente a los pensamientos del resto del personal, volvió la mirada hacia la pantalla negra de su ordenador. Entonces, justo cuando la alarma de un teléfono sonaba irreverente, Don Perfecto comenzó su jornada de trabajo y cuando su pantalla parpadeó dos veces nos dimos cuenta de que Don Perfecto no existía.

.hombre dormido en pc.

Relato Breve escrito por Merche Postigo

 

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