.mujer rubia

Sus tacones se balanceaban al caminar sin ningún atisbo de incertidumbre, todo era simple contoneo. Sus vaqueros marcaban el ritmo y sus nalgas subían y bajaban marcando un compás de trote alegre al descender rápida por la calle. Su melena también ondeaba respondiendo desde arriba al paso decidido de sus pies. Era rubia y muy pizpireta. Sus ojos de ámbar divisaban todo el espacio en miradas de infinito intentando abarcar todo lo que se movía a su alrededor.

Por eso cuando llegó al portal no quiso detenerse frente al espejo de la entrada. No era necesario. Ni tan siquiera una mirada de soslayo, se encontraba segura. Cuando le dio su nombre a la secretaria y esta le indicó educada que esperara unos minutos antes de pasar, ella se sentó en la silla más próxima a la ventana, cruzó las piernas y consultó despacio su móvil. El dedo coronado por una uña de coral ascendía suave y se deslizaba ágil y perezoso por la pantalla. De pronto se detuvo, se concentró en la lectura de uno de aquellos mensajes, se  le iluminó la cara y sonrió.

Apenas habían transcurrido unos minutos desde que llegó, pero a la secretaria le bastaron para comprender que el puesto vacante sería para aquella rubia de camisa de seda y vaqueros algo desgastados. Cuando la mujer de tacones afiliados pasó junto a la secretaria de gafas, eficiente y profesional, dejó un efluvio de un aroma floral que impregnó la pequeña sala. La secretaria envidió la perfecta distribución de la masa corporal de la mujer de la entrevista, también su camisa de seda. La secretaria se apartó y montó guardia a la entrada de la oficina flanqueándole la entrada en un acto protocolario de bienvenida.

manoElla entró y apretó con firmeza la mano de aquel hombre que tenía en su mano su currículo y  su futuro. Susurró su nombre y después esperó a que la invitara a sentarse. Separó un poco la silla de la mesa y cruzó sus piernas, hizo un ligero movimiento de cabeza y apoyó apenas sus manos en la mesa de caoba que presidía aquel despacho. A las primeras preguntas contestó de forma pausada con una voz limpia pero, a medida que la charla proseguía, comenzó a estirar de modo interminable el sonido sibilante de cuanta ese tuvo que pronunciar y se explayó regodeándose en cada palabra de sus intervenciones zanjando todas las respuesta con un parpadeo imperceptible del que salía reforzada una mirada felina de sus ojos caoba. A veces se incorporaba hacia adelante, girando los hombros a la par que el escote de su camisa de seda tensaba al límite el botón de cristal que cerraba el acceso a su pecho y que parecía querer estallar. En alguna ocasión, mientras que la conversación proseguía, ella se demoraba un poco más antes de hablar, se permitía unos segundos de reflexión, mordía imperceptible su labio inferior, tomaba el aliento y  continuaba con su voz melodiosa, cantarina a veces. La charla se dilataba y se empezaron a abordar temas más personales. Ella sonreía plácida, él decidió en un momento determinado de la conversación guardar en el cajón el resto de currículos que tenía apilados delante y que dificultaban su encuentro con la mirada felina de la mujer rubia. Despejó con autoridad la mesa y se dispuso a perderse sin remordimientos en la sonrisa de aquella mujer de largas pestañas y ojos enormes. Intentó luchar contra la tentación ineludible de aquel escote y rogó con todas sus fuerzas que, si aún quedaba justicia en el mundo, saltara el botón de cristal de aquella camisa de seda.

Cuanto más apremiante se volvía la ansiedad de él más calmada se la veía a ella.

Por eso, cuando se levantó, ella no olvidó estrecharle de nuevo la mano y acercarse lo justo para que el roce de la seda de la manga de su camisa le produjera una sacudida eléctrica que alteró por completo la imagen de templanza del director. Apenas ella abandonó el despacho él se aflojó, con toda la rapidez de la que fue capaz, el nudo asfixiante de su corbata.

La secretaria la vio salir con el mismo contoneo de la entrada, moviendo su melena rubia al compás de sus pasos y de sus nalgas. La secretaria deseó con desesperación absoluta despertarse a la mañana siguiente con diez kilos menos, sin gafas y completamente rubia. Ella se detuvo frente al ascensor, buscó en su bolso sacó de nuevo su móvil y volvió a sonreír.

Al llegar a la calle, buscó una papelera y arrojó con determinación los papeles que le deformaban el bolso. Sabía que nunca los necesitaba pero siempre los metía por si, en un momento dado, fuesen precisos . Esta vez no había contado con demasiado tiempo de preparación antes de la entrevista y los tuvo que imprimir en papel reciclado aunque ella sera consciente de que en ese tipo de superficie resultaba mucho más complicado estampar los distintos sellos de universidades y de prestigiosas referencias que coleccionaba en casa, la tinta se diluía y los nombres de las entidades se emborronaban dificultando su identificación. Ella sabía que cuántos más documentos con sellos se presentaran mucho mejor. Falsificarlos no revestía ninguna dificultad y siempre eran un aval, sobre todo por las secretarias que a veces eran algo desconfiadas, aunque en los últimos trabajos a los que optó  ellas tampoco insistieron demasiado en comprobar nada.

Desde la calle observó con detenimiento la ventana del despacho del director. Un ventanal enorme orientado al sur con vistas directas sobre la avenida principal. Aquella mirada la convenció por completo. La empresa estaba muy bien poscionada en la ciudad y en el sector gozaba además de gran prestigio. Ser directora de una entidad así sería el aldabonazo definitivo en su carrera profesional. Ella se convenció satisfecha de que  ocupar la oficina del ventanal era cuestión de muy poco tiempo, sin esperas prolongadas ni largas demoras.

Se retiró el mechón de pelo rubio que le tapaba la cara y miró su móvil otra vez. Tal y como decía el mensaje de su amiga a ella no le cabía tampoco ninguna duda de que aquel  director era también un tipo profesional e incorruptible que sólo pensaba en su familia y en el bien de la empresa.

La mujer rubia cruzó con seguridad al otro lado de la calle, justo enfrente había unos grandes almacenes a los que se encaminó resuelta.

Había llegado otra vez el momento de comprarse lencería nueva.

Mujer rubia

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Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

 

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