melanie.

Conozco una puta retirada. Mejor dicho, conozco dos, pero la mujer que viene dos días por semana a fregar a casa no cuenta. Ahora vende su tiempo y su trabajo limpiando, pues la edad no perdona en algunas profesiones.

Melanie, Melanie, Melanie.

Sólo acude a verme los días que desea que le haga fotos de estudio, en blanco y negro, de la rosa de zarza tatuada en su teta izquierda. Casi una corona completa de espinas azules muy agudas, rodeando el aura del pezón. Algo sumamente delicado que, sin embargo, a veces se torna extraño, incluso un poco perverso. Metileno bajo la piel de azul pacificante. Veneno de cadmio y toxicidad de láudano. Muescas y rastros de cera negra. Algo en común con el sueño que termina en pesadilla. La desazonante impresión de algo secreto que te posee cuando menos lo esperas.

Melanie

Había nacido en Ochoa y escapado del aburrimiento de Montana y la rudeza de sus ovejeros el mismo día en que cumplió dieciocho.

 

Juraría sobre la Biblia que le había compensado atravesar casi dos estados sin un céntimo y en auto stop, para quedar atrapada en la red de moteles y clubes que rodean el desparrame sin gusto de Las Vegas. No iba a ser más que unos meses. Total, no era peor que los moteros que la habían montado en el camino. Más higiene, desde luego. Algo temporal. Lo tenía pensado. Aguantar sólo un poco más. Sólo un poco. Hasta encontrar un trabajo en la ciudad. Sus dedos sabían hacer bailar las cartas como plumas de cisne. Ese era su naipe secreto.

Melanie

Melanie - los angeles del infierno

Del desierto suburbano de Nevada se la trajo un “hell angel” que se movía entre colombianos y asuntos algo turbios. Pocos meses después desapareció de la circulación. No, nunca le pareció un tipo de fiar. Ni mucho menos. Pero la idea del viaje en barco la había fascinado. Cuando se le acabó el dinero tuvo que volver a la calle. Un sitio es igual a cualquier otro.

Melanie

Ejerció unos cuantos años en el Bilbao de la movida y las cazadoras de cuero. Trapicheó, sirvió copas y posó para revistas guarras y/o de motos. En cuanto pudo se retiró: cambió de ciudad y se caso de penalti. Tuvo dos niños y algunos años después acabó divorciándose de un demonio que bebía y le pegaba los sábados por la noche.

 Melanie

Se siente a gusto consigo misma, quiero decir que conoce y controla perfectamente las posibilidades de su medio. Mira sin disimulo. No miente, examina. Suele mirar con descaro y cierto desdén a la mayoría de la gente y, lo que es peor, a menudo también a mí.

Melanie no es guapa ya. Las adversidades de la vida le han ido marcando demasiado las facciones. Es alta; es delgada, eso sí, y los ademanes esquivos de su cuerpo delatan una osamenta poderosa.

Melanie es inmortal.

Es inmortal porque, según me ha contado, vendió su alma al diablo una noche de excesos en las carreteras de Nevada. Mezcal de garrafón y vodka rojo  para calentar el cuerpo. Cerveza de barril y whiskey de malta para blindar las arterias. Azogue y sulfuro. Eso fue lo que le dijo. El consejo que le dio. Antes de alejarse sobre el cromado de su Davidson, le mordió el pezón. La herida, como no, se le acabó infectando. Babas de Belcebú y dragón de Komodo. Dejó una cicatriz fea e indeleble. Inadecuada para su trabajo. De ahí lo del tatuaje.

Melanie tiene el clítoris más grande y más rojo que haya visto en mi vida. Sólo sus gritos son proporcionales. No, no es natural… no lo es. No puede ser natural, le digo. Tú no eres una mujer. Es imposible. Sino un tío operado

  • Ya, por eso he parido dos engendros de un cabrón
  • Últimamente la cirugía hace milagros. Eso no es un clítoris, sino un capullo seccionado.
  • Tú sí que eres un gran capullo.

Coincidimos los martes y los jueves. Cuando me toca ir a buscar a los míos a la salida del colegio.

  • Podemos ir a casa y merendar todos juntos – digo

Ella me mira desde arriba, con la misma extrañeza de quien oye hablar de la sublimación del mercurio con azufre.

Melanie sólo viene cuando quiere. Se siente prisionera; como el diablo en una botella. No aguanta más esto.

  • ¿Por qué no regresas?
  • Su padre es español. Mis hijos nacieron aquí. En la embajada rechazan cualquier idea de repatriación.

Melanie

Cuando está triste, cuando quiero hacerla reír, me tiño las canas con betún, desempolvo la chupa de cuero y me acerco a esperar la salida del colegio en un ciclomotor prestado, versión casera de un ángel del infierno

  • Menudo Leviathán con cuernos y rabo estás hecho. Patético. Si no fuera porque cada vez me cuesta más que se ponga duro, te lo comía detrás del contenedor de reciclables.

Pero Melanie sólo viene a casa cuando quiere. La mayor parte de los días esperamos tras la verja la campana de salida del colegio. Próximos. Cercanos. Buscándonos el calor:

  • Que niños más ricos. Y que bien educados.
  • Te los regalo. Quédate con ellos.
  • Me temo que cuatro serían multitud
  • Ves como eres otro hipócrita

Solo viene cuando quiere. Ayer vino. Cuando se iba, me dijo:

  • Espero que no den problemas. He procurado enseñarlos bien. Por fin he ahorrado lo suficiente para la Harley. Me largo de este sitio.

.melanie

Relato breve escrito por Alejandro Nanclares

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