Teresa mujer escribiendo .

Todas las tardes, cuando termina su jornada laboral y regresa a casa, tras recoger la cena, escribe historias durante un par de horas. Cualquier tipo de historias sobre cualquier cosa. Sólo se sienta y escribe.

Hasta que llega el sueño.

Y hoy, en este momento, ahora mismo, está escribiendo la historia de Teresa, una antigua compañera de trabajo.

¿Qué será de su vida? ¿Dónde estará ejerciendo este año? Teresa es de esas mujeres que se desdibujan por los pasillos y en presencia de la gente retraen su ser hacia la gama de los translúcidos. Pero no hay que dejarse engañar, no, pues en su caso toda esa inseguridad imposta una debilidad sólo ficticia.

Me dice que viene del campo; del lejano, remoto, improbable campo, al que añora y del que reniega a partes iguales. Y ciertamente, en su voz seca y entrecortada luchan como dioses repudiados y opuestos las aguas frías del Riaza y los vientos asoleados de la sierra de Ayllón.

  • Yo procedo de la tierra del adobe y la alpargata – repite a menudo, fingiendo un desdén que nadie acaba de creer del todo.

Y probablemente se trate de una simulación pues, si sigues escuchando, poco después percibirás un cambio de registro. Entonces podrás oír vocablos arcaicos y sonoros en los que aún continúa resonando un mundo ya desaparecido. Voces como rentero y tenada,  con el olor limpio a heno seco u otras como soto y fresneda, llenas de sombra y hojas frescas. Y hasta le sentirás recitar un calendario campesino -lustroso de tanto y tanto uso- que se pliega y ordena por fiestas de guardar e invoca nombres que pertenecieron a otra edad. Los nombres que traen “membrillos de la Virgen” por agosto y peruquillos o rosas de zarzal por San Juan.

.teresa membrillos de la virgen

Sin embargo, cuando Teresa termina su jornada laboral y regresa al fin a casa, cansada  como no, del trabajo, ha de iniciar otra jornada aún más gravosa. Tiene que prepararse a cuidar de su hermano pequeño. Su hermano, su querido hermano, su pobre hermano. Siempre su hermano pequeño, constante, invariable, incansablemente.

Omnipresente en toda conversación, el hermano menor padece una esclerosis múltiple degenerativa en fase avanzada. Ha sido una larga pesadilla; una lucha diaria y continua durante tres interminables años. Meses y más meses de médicos, especialistas y hospitales; de análisis, pruebas y tratamientos ¿Y todo para qué? Para concluir que no hay solución posible ¡Para acabar aceptando que no hay remedio! La enfermedad continúa su lento progreso. La ciencia únicamente es capaz, y sólo en cierta medida, de retrasar el desenlace.

Teresa parece algo mayor. No, más bien parece cansada. Dice que está harta de luchar al mismo tiempo con la enfermedad y la engreída impotencia de la medicina. Además se baraja la hipótesis de que el problema pueda tener origen genético y teme verse afectada por el mismo mal que su hermano

  • Y entonces, qué sería de nosotros ¡Quién cuidaría de estos pobres trastos viejos!

Así que vive obsesionada por la salud de sus ojos; por la revisión oftalmológica, por el análisis del fondo de retina, por las pruebas ópticas… Por todo eso. Bien sabe ella que el mal acostumbra a iniciar su ofensiva por el órgano de la vista.

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Cuenta como,  tras el terrible diagnóstico, el mayor disgusto que recibió de los doctores fue la absurda opinión que el chico, quizás nunca hubiera sido completamente “normal”. Que probablemente hubiera arrastrado cierto retraso desde pequeño… en fin, desde siempre. Dice que cuando escuchó tan descabellada idea, saltó como un resorte, roja de indignación, y exclamó:

  • ¿Mi hermano tonto? ¡Jamás! ¡Todo lo contrario! En el colegio era considerado un alumno inteligente. Algo retraído, cierto, pero inteligente; de lo más despabilado de su clase. Y en algunas asignaturas, brillante. En la próxima cita le traeré el boletín, para que vea las notas de Matemáticas.

Por eso, porque la rabia le quemaba por dentro y quería demostrar a todos que aquel sería muy buen médico, pero según en qué, erraba de parte a parte, decidió escribir el libro. Un libro que contara la historia de su querido hermano. Un libro organizado en nueve meses -los mismos de la gestación- para describir detalladamente el imparable proceso de la enfermedad. En él, Teresa cuenta cómo la progresiva desmielinización va afectando lenta pero irremisiblemente todas y cada una de las funciones del cuerpo, las físicas y también las intelectuales.

  • El libro se llama “Enhebrar la mañana y coser la tarde” y lo he escrito en forma de “diálogo”, como hacían los sabios de la Antigüedad.

WParece un título algo cursi, pero en su día a día no debe ser una metafóra. La voz principal – la del protagonista o maestro, según se mire- no es otra que la del hermano: un hipotético y continuo diálogo interno que va narrando con resignada impotencia el progresivo deterioro de las facultades de forma irremisible. Y el contrapunto lo pone la propia Teresa, cuyos escuetos comentarios manifiestan, más que ocultan, que en todo el libro no hay más que una sola persona que obstinadamente conversa consigo misma

  • Cuando lo escribí, mi hermano ya estaba muy afectado y no podía desarrollar frases coherentes completas. Es por tanto el diálogo de una soledad desdoblada en dos voces.

Antes de comenzar a escribirlo, Teresa estudió varios tomos de medicina para documentarse a fondo y, cuando lo terminó, se lo llevó a al doctor de su hermano para que lo leyera – y de paso se enterara – con la excusa de que le revisara las cuestiones médicas y, por favor, corrigiera los posibles errores. Después ella misma se encargó de editarlo. Me lo entregó un día que la acerqué hasta el centro

  • Ten, te lo regalo. Es una edición barata, ya lo ves, pero he cedido los posibles beneficios a la Fundación Contra la Esclerosis Múltiple. Yo pensaba que algo así no se podría vender, pero hay muchos afectados. Y también están los familiares, los amigos. Incluso me han telefoneado desde Barcelona porque hay una editorial que quiere traducirlo al catalán – me comentó antes de bajar del coche y dirigirse a la boca de Metro más cercana.

 

 

De vuelta casa se encargará, primero de darle un baño, después de procurar que cene, y por último de ayudarlo a acostarse. Como todos los días, esta noche, se ha sentado junto a su cama para leerle durante un rato. Antes era él quien leía. Ella seleccionaba cuentos sencillos para que los pudiera comprender, y aún con cierta dificultad conseguía que los terminara. Después le hacía algunas preguntas… cosas simples, como el nombre de los personajes o el desenlace de la trama. Pensaba que el elemental ejercicio era una gimnasia cerebral que detendría o al menos retrasaría su decadencia.

Pero no fue así. La lectura comenzó a resultarle más y más penosa a medida que se percibía la ralentización del cerebro. Llegó un día en que no pudo pasar de tres o cuatro frases sin olvidar la primera; e incluso llegó el momento en que no pudo leer más de esas tres o cuatro frases. A partir de ese momento, Teresa comenzó a leer para él. Las frecuentes pausas, los comentarios y preguntas que insistentemente ella sigue planteando, tienen como finalidad procurar que no olvide el argumento, empeñada como sigue en su idea de la “gimnasia” diaria ¡Pero ya no se engaña! De sobra sabe que es incapaz de retener el nombre del protagonista más de cinco minutos.

No obstante, cada noche se sienta junto a la cabecera, abre un libro y lee para su hermano.

Hasta que se queda dormido.

Ese es el motivo de que ahora alargue su mano hacia uno de los tres o cuatro tomos que hay siempre en la mesita, junto al flexo. Incluso podría decirse que coge uno cualquiera, al azar. Pero no es así. Ha visto el grueso lomo de piel bajo los demás volúmenes y los ha apartado para liberarlo del peso. Se trata de la traducción que Vicente Blasco Ibáñez hizo del original del Dr. Mardrús, con el título de “Las mil noches y una noche”. Un libro que pertenecía a su padre y ella rescató de su despacho.

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Un hermoso tomo que consiguió salvar milagrosamente de la apresurada “venta y liquidación” que de la herencia hicieron sus hermanos y que ahora, limpio del polvo que lo cubría, abre para dejar, una vez más, que Schehrezade, hija de la ciudad, le cuente al rey Schahriar una nueva aventura.

Hasta que llegue el alba.

Y el episodio que esta noche refiere Scherezade, no es otro que la azarosa odisea del náufrago Simbad.

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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