Hoy, 3 de Julio mi padre cumpliría años. Todo lo que soy se lo debo a él. Me enseñó lo que era la disciplina y me dijo que con la voluntad se consigue todo en la vida. Me enseñó a amar el esfuerzo y a no regatear sacrificios. Siempre me regaló los mejores consejos. Tuve la suerte de tenerle como padre y creo que no le defraudé como hijo.

Este cuento, en el que los dos somos protagonistas, nos hacía llorar a los dos cada vez que lo leíamos. Pero yo era muy feliz con sus lágrimas azules. Hoy, todas mis lágrimas son  para él.

Mi Padre lagrimas

 

No me gustaba limpiarme. Pero mis lágrimas, aquellas lágrimas, aceitunadas y espesas, después de recorrer el candoroso rostro sin ninguna dificultad, saltaban gozosas desde la mandíbula inferior y caían casi verticales, para estrellarse sobre el suelo reseco y polvoriento. El recorrido era escaso, sin embargo, cuando llegaban a tierra, salpicaban.

Mi padre ya no sacaba el pañuelo de cuadros blancos y azules para empapar mis lágrimas, pues yo comenzaba a correr en cuanto él hacía intención de meter su mano en el bolsillo. Lágrimas y más lágrimas con un destino equivocado.

Mientras caminábamos por las tristes y sombrías calles, para apagar la sed de las vacas en el abrevadero, mi ardiente lloro se hacía irreprimible. Mi padre buscaba un argumento para calmar mi desconsolado llanto, pero no lo encontraba.

  • Quiero un balón -balbucía con la boca medio abierta por la gimnasia del sollozo.

Mi padre caminaba sin detenerse. Sus zancadas eran largas y enérgicas. Se veía impotente para encontrar las palabras adecuadas que le permitieran enhebrar alguna frase de alivio y consuelo, mientras yo seguía enrabietado. Parecía no oírme y sin embargo le atormentaban las llagas de su alma herida. Cualquier amago de contestación que no sirviera para atender mi apasionado deseo habría potenciado mi llantina.

Mi padre no se mostraba contrariado, parecía inalterable a mi petición. Seguía con paso firme, y a mí me obligaba a caminar corriendo: casi trotaba, y ello favorecía que mi lagrimeo fuera intermitente. La afluencia de los mocos tendían a remontar el labio superior para penetrar en la cueva de mi boca, abierta a cualquier esperanza.

  • Quiero un balón – ese era el “leit motiv” con el que trataba de martillear el cerebro de mi padre.

Mi padre marchaba en línea recta. No se desviaba un ápice ni se inmutaba ante mi escandalosa e irritante llorera. Me quería demostrar que su tasa de “noes” era muy superior a la media. Me iba haciendo ver que las cosas no se consiguen de forma proporcional a las lágrimas vertidas.

  • Quiero un balón -repetía una y otra vez como si de una muletilla mal aprendida se tratase.

……………………

Hacía veinte horas que Gabriel, mi coetáneo vecino y compañero de pupitre en la escuela, disponía de un balón que su padre le había regalado después de haber ido a la capital.

“Los vecinos – pensaba mi padre en su interior – qué pocos favores nos hacen para facilitar la educación de los hijos”.

  • Quiero un balón – insistía con obstinación sin rendirme.

Pero mi padre, no es que no me quisiera como padre, a mí, como hijo. No. No es que mi padre no se conmoviera ante mi lamentable estado y ante mis desesperadas súplicas. No. No es que mi padre careciera de sensibilidad y fuera inmune a mis sentimientos. No. La triste y cruda realidad era que mi padre no tenía monedas con las que comprar el balón y satisfacer mi capricho.

  • Quiero un balón – seguía diciéndole una y otra vez.

Esa frasecita producía lágrimas. A mí, que las vertía al exterior y me desahogaban y refrescaban. También a mi padre.

…………………………

Y llegó el final del día. Mis ojos estaban hinchados y enrojecidos de tanto llorar. Todavía me coleaba el sofoco y sufría los postreros estertores de los suspiros entrecortados. Había sido un triste día; pero más triste sería mañana.

Con el nuevo día comenzaría la matanza y pasaría mal rato mientras durase la agonía de la víctima. No descansaría hasta que llegase el silencio del cerdo muerto.

A última hora, mi padre entró en mi habitación, se acercó a la cama de madera y me arropó. Me dio un beso cariñoso y cogiéndome las manos con las suyas me dijo:

  • Mañana tendrás un balón y serás un poquito feliz.

Apagó la luz y me dio las buenas noches. En ese momento aparqué mi tristeza y soñé. Soñé porque sabía que soñando sería feliz.

………………………………..

Al día siguiente amaneció tarde para mí. A media mañana, mi padre entró  a mi habitación, me despertó con un beso y me regaló, entre lágrimas, el balón que él mismo había fabricado. No me lo podía creer. Lloré de alegría. Nos abrazamos y seguí llorando, pero ahora mis lágrimas eran dulces, no como las del día anterior, espesas y amargas.

  • Si cuidas este balón – me dijo mientras colocaba su mano sobre mi hombro – te puede durar tres, cuatro, cinco y quizás hasta siete días.

Mi padre había tenido la delicadeza de coger la vejiga del cerdo. Después de vaciar la orina la frotó contra una puerta de madera para hacerla más elástica y flexible. La estiró. Cogió una paja de trigo. La introdujo en el interior de la vejiga. Sopló hasta que tomó ciertas dimensiones. Hizo un nudo. La dejó secar. Horas más tarde, llegado el momento de mi despertar, mi padre se acercó a mi habitación y me regaló un balón.

Ateniéndome a sus recomendaciones me duró diez días, que fueron los más felices de mi niñez, y que nunca, nunca, nunca olvidaré.

.Mi padre balon
**Este cuento se encuentra en el libro titulado: “Invité a los caracoles a soñar con la primavera”.

 

Relato Breve escrito por Pepe Marquina

 

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