mujer andando

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No me quise quedar con su olvido, tampoco con su recuerdo. Se marchó para siempre, al menos eso creía yo, el día que por fin no fui capaz de recordar con exactitud el ritmo de sus pisadas y que ya no me afectó la profundidad de su mirada.

La encontré una mañana cualquiera, es asombroso cómo la memoria juega de manera aleatoria con los recuerdos.  Tal vez, no fue una mañana, quizás todo ocurrió en una de esas tardes en las que el verano se niega a doblegarse ante la llegada inminente del otoño. En esas tardes en las que hay un derroche de luz y de colores, cuando las hojas, antes de rendirse en caída precipitada hacia el suelo, se tiñen de colores ocres. Lo que sí sé es que éramos muy jóvenes, tanto que aún creíamos en la eternidad de los momentos y en la inquebrantabilidad de las promesas. Eran otros tiempos. 

Al principio el encuentro no fue fácil. Yo era un año más pequeño, siempre en un curso inferior. Ella aleteaba por los pasillos, risueña y dicharachera, ajena a cualquier tragedia. La observaba desde cualquier ventana, la escuchaba reír con ganas, y mirar con asombro todo cuanto la rodeaba. Sus amigas no la dejaban, invariablemente la más dinámica en cualquier grupo. Destacaba en todo, en matemáticas y en historia pero, sobre todo, en lengua. Siempre llevaba un libro en la mano, en ocasiones se sentaba en uno de los bancos del parque de delante del instituto y yo la veía enfrascada en la lectura, pasaba las hojas con rapidez, otras, en cambio, se demoraba en una página y, a veces, se quedaba pensativa después durante un ratito. Había momentos en los que miraba de reojo y, cuando se sabía sola, sacaba un cuaderno, sentada en el banco sobre sus propios tobillos, escribía, absorta, sin más realidad que ella misma y el universo ficticio que recreaba sobre las superficies del papel blanco.

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Me acostumbré a su presencia y así me acostumbré también, sin apenas darme cuenta, a sus ojos y a su sonrisa. Inventé mil excusas para acercarme a ella. Un día abrí el libro de lengua al azar y descubrí de golpe todo el erotismo de sus conceptos. Hablaba de nexos y conectores, de cópulas y de relaciones íntimas entre sujetos y elementos del predicado. En aquel momento habría dado todo lo que poseía, que en realidad no era mucho, por entender aquellos conceptos y entablar una conversación con ella. Me esforcé, intenté, desde mi ignorancia plena, el análisis sintáctico de frases que yo inventaba en las que ella siempre era el sujeto y yo no pasaba de un simple aditamento. Pero, no había forma, confundía los conceptos y la única aproximación a la lengua, era soñar por las noches con un beso cálido de su lengua de fresa. La literatura tampoco me ganó para su causa y cuando un día cotilleé en un libro de los suyos, uno que se le olvidó por casualidad en clase, me aprendí con tenacidad y de memoria varios poemas. Me pasé varias semanas invocando a aquel Machado para que me sirviera de excusa para acercarme a ella, soñando cada noche con un paseo de la mano con ella por los campos de Castilla que nos rodeaban. Pero nada, ella pasaba a mi lado y ni me miraba. Cuando mi mente de adolescente definitivo determinó que mi vida se acababa si ella no estaba a mi lado ocurrió lo extraordinario.

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Una mañana o una tarde, la memoria no se aclara, insisto, me abordó su llamada. La encontré de frente en el pasillo del piso superior frente a las clases de primero. También ella, como el otoño, tenía una aureola ocre que daba tonalidades de oro a su rostro. Me sonrió y me avasalló con docenas de frases, todas incomprensibles, como si hubiesen perdido su lógica gramatical, tan inconexas como las que yo intentaba analizar, mi mente no encontraba el orden sintáctico que permitiera su interpretación y solo al final cuando logré cierta calma, entendí de lo que se trataba. A su amiga, a una de ellas, yo le gustaba. Sonreí, ella también. Me armé de valor y le dije que quizás después en la fiesta de la tarde, la que estaban organizando los compañeros con motivo del patrón de los estudiantes, podríamos encontrarnos, nosotros y su amiga, naturalmente. Aceptó. No recuerdo mucho más de aquel día pero sí mucho de aquella tarde. Llegué a la fiesta, las vi, me acerqué, mi hermano de su mismo curso hablaba con ellas, no sé qué dije, creo que mencioné a Machado sin venir a cuento ante la perplejidad absoluta de mi hermano. Después la noche se llenó de música y de risas y de ella. A su amiga la habría dejado de recordar con toda seguridad en aquel mismo instante, pero se casó con mi hermano.

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boda

Los meses siguientes y también algunos años viví en ella. Todo tenía sentido, mis suspensos y sus sueños. Sus ansias de futuro me contagiaron pero me faltaba arrojo, cierta indecisión final. Nos veíamos a todas horas, yo me aferraba a su mano y a sus besos. Sentía que la vida nos salía al encuentro en cada momento. Los atardeceres eran una tentación. Nos perdíamos en el parque y saboreaba su piel de caramelo, me entrelazaba a ella en la súplica permanente del encuentro íntimo como el que mantienen las palabras dentro de las frases. Entonces ella retrocedía y veía en su mirada el miedo a dar el paso, el que me permitiría habitar en ella. Yo, sentía tanta urgencia de ella que no podía esperar, así que me replegué, quise encontrar su esencia en otras. No fue difícil, alguien me rescató de mis miedos. Se doblegó a mis deseos y se anticipó a mis ansias. Me atrapó en caricias precipitadas que me bastaron para sentirme adulto y experto.  Después ya no supe salir de aquel cerco. Me casé con la chica que nada sabía de lengua, ni de poesía, pero que se entregó a mí con la certidumbre de que yo no me marcharía jamás.

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Cuando a la vida se le pasaron las urgencias hormonales y las mañanas se pintaron de rutina me aferré con determinación a los hijos que concebimos con la ilusión de que fueran ellos los que pusieran un norte a nuestras vidas. Al principio fue así, los niños nos llenaron de reflejos de esperanza de nosotros mismos. Luego, con los años, amé con determinación a la esposa por lo todo lo que había entregado a un matrimonio de catálogo. Después, cuando los hijos crecieron y nos dejaron solos en el hogar de toda una vida, sentí la obligación de cuidar a la mujer débil que se debatía obstinada con la muerte y la vencía. El paso de los años hizo el resto y acomodó la cotidianidad. Un día cualquiera, sin darme cuenta ni tener conciencia de ello, dejé de preocuparme del amor y de la vida.

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Pero, de repente, surgen reflejos de ella por todos lados, en una reunión familiar o en algún encuentro fortuito de amigos, alguien me relata fragmentos de su vida,  me hacen partícipe de sus logros y en secreto me alegra cuando alguien, demasiado aferrado al pasado, me recuerda con cierta picardía que yo fui el protagonista de su primer amor adolescente. Cuando eso ocurre dejo de mirar a mi mujer, olvido al padre que soy, abandono el aquí y el ahora y me proyecto decidido hacia mí mismo. Saboreo de nuevo sus besos adolescentes y experimento la intensidad de unas caricias casi sin estrenar. Me emborracha el recuerdo de su perfume y la suavidad de su pelo como cuando jugaba con su cabello las tardes de viento y vuelvo a sentir el ritmo de sus pisadas como cuando entrelazaba su cintura y abrazaba su talle. Me pierdo en mis sueños, los mismos de cuando era casi un niño, en los que me sentía invencible porque mi futuro tan solo lo proyectaba ella.

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Ahora, cuando nadie me ve, hago búsquedas sobre ella en Internet, recabo retazos de información de su vida, leo a escondidas sus artículos y sus libros y, hasta en alguna ocasión, le pregunto de una manera totalmente fortuita a la mujer de mi hermano que cuándo vio a su amiga de la adolescencia por última vez.

Nadie sabe de mis cuitas, nadie sospecha de mis pensamientos porque yo guardo con celo mi secreto: el deseo ardiente de que ella aún me recuerde y, con la misma pasión que yo sueñe, las noches en las que se desvele, con la cópula imposible de un amor adolescente.

 

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 Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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