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          Scherezade

El episodio de esta noche no es otro que la aventura del náufrago Simbad, cuya odisea ha comenzado hace ya rato y va avanzando a buen ritmo. La gran bóveda del comedor se ha ido oscureciendo a medida que la cera se consumía y los restos de los postres, aún sobre la mesa, han acabado por saturar el aire con su aroma podre y dulzón. En este  momento, Schehrezade se encuentra refiriendo los avatares del Primer Viaje y poco a poco se va aproximando al terrible pasaje de la ballena.

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De pronto, sin ningún motivo aparente, en plena peripecia, su voz se ralentiza, vacila y se interrumpe. El peligro y el miedo suelen atraer y repeler a partes iguales. Sabe bien que si rompiera ese círculo vicioso del que es prisionera, pondría en riesgo su vida y también la de su querida hermana. Sin embargo, durante unos pocos segundos duda si dejar a su señor con la inquietud insoportable del suspense –  en la torre oriental comienza a sonar la corna centinela que abre los postigos de levante-  o bien, pasar la página y regalar los oídos del sultán con un nuevo y sorprendente desenlace.

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Aparentemente absorta, Schehrezade mira de soslayo la delgada hebra azul que desde hace tan sólo un segundo separa la oscuridad de la tierra de la oscuridad del cielo. Mira la gran lámpara de bronce, casi agotado todo su aceite. Mira a los concurrentes, insomnes como su amo. Mira a los músicos ciegos, que han cesado de tocar y sostienen temblorosos los instrumentos, suspensos ante la inminente conclusión de la aventura. Observa a todos de hito en hito y esboza una débil, imperceptible sonrisa. Otra vez ha vencido, de nuevo ha conseguido agotar el tiempo sin mesura de la noche. Por lo tanto ha vuelto a derrotar al déspota resentido que es su señor, a ese amo injusto que en estos momentos no le quita la vista de encima esperando impaciente la conclusión de sus palabras. Se ha ganado pues un día más de vida. El tiempo necesario para imaginar la nueva peripecia.

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Pero lo que ahora importa no es eso. No es la dificultad que entraña urdir el  próximo episodio, ni siquiera el escaso tiempo de que dispone. Lo que de verdad importa es que sigue viva. Que una vez más ha burlado a la muerte. Y que lo ha hecho tan sólo con el hechizo de un cuento, con el prodigioso hilo de voz que se eleva o demora. Únicamente invocando el exorcismo irresistible de las palabras.

Porque ella sabe que las palabras son más poderosas que las armas; más poderosas aún que todas las armas del mundo juntas. Y ante el conjuro de su sonido se inclinan como ramaje mustio las moharras, se distiende el tendón de los alfanjes y se humilla el orgullo de las lanzas. Que pueden licuar el cartílago de los puñales, el nervioso brillo de las navajas, la altivez de los rejones y tornar humilde la indecente arrogancia de las alabardas.

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Así que ahora una Schehrezade tranquila, con gesto ya sereno y pulso sosegado, pasa por fin página y retorna al interrumpido relato. La terrible amenaza ha quedado en suspenso y su vida fuera de peligro. Y si bien es cierto que continúa narrando, a partir de ese momento lo hace porque ella quiere, sólo porque que así lo desea. Simplemente por el placer de conducir la imprevisible línea del relato; por el gozo secreto de sentir la vida en la fábula, la magia en la leyenda.

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Aunque a decir verdad, no es del todo cierto que sólo lo haga por ese motivo. No sabría decir exactamente el qué, tanto se ha saturado el aire con el sándalo y las resinas aromáticas del brasero, pero sí que hay algo más. Tal vez el regocijo que produce mantener, aunque sea un segundo más, el sortilegio de los rostros absortos, de las bocas entreabiertas por el asombro. El invocar la hechicería de los ojos que se dilatan y miran las cosas que no están presentes, de los que se entornan y sueñan. De los que se abisman en recuerdo de otros rostros. De los que se cierran porque el paisaje que ahora cruzan no es el mismo que señala el horizonte.

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Por ese motivo, de nuevo, Schehrezade se dispone a hablar. Y lo hace para Schahriar, rey de los Sassan, y para toda su corte. Para los dignatarios y los nuncios reales, para los efendi y las concubinas preñadas. Para todos y cada uno de los presentes, pero sobre todo lo hace para sí misma. Ahora es cuando finalmente puede hablar para ella y, puesto que ha sobrevivido a la hora del alba y continúa narrando, puede volver a inventarlo todo desde el inicio. Y ya nadie se mueve, nadie se impacienta. Nadie muestra inquietud ni hace ademán de abandonar el lugar que ocupa, porque ahora es ella quien guía, sólo ella quien conduce y elige el camino. Entonces todo se torna posible, pues Schehrezade recuerda el conjuro capaz de desatar el alto prodigio de los espejismos. Así que comienza a invocarlo, en voz queda, con un susurro que más que traducir sugiere el rumor de los engranajes del universo.

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Y he aquí que al fin reaparece por obra de su ensalmo encantamiento el momento de la sugestión o del milagro. El instante magnético. El destello de hipnosis al que nadie puede sustraerse, la narcosis del mito. El tiempo verdadero.

Sin embargo el rey Schahriar se sabe prisionero y quisiera marcharse, quisiera poder irse ¡Largarse de una vez! Partir de allí y dirigirse… no sabe bien a donde ¡A cualquier otro sitio!  Acudir… por ejemplo, a la audiencia del diván, donde escuchan su voz arrodillados. O no, o convocar la tropa y partir lejos con la excusa de alguna guerra o de una cacería. En definitiva, escapar, correr, huir a cualquier parte. Abandonar para siempre jamás ese salón de ese palacio de esa ciudad y de esa provincia!

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Pero, eso es algo que ya no está en su mano, algo que ya no es posible, pues ha caído preso y, mucho más que él, mil veces más que él, puede el deseo de seguir escuchando. Y he aquí que, la Incontestable Autoridad Imperial del todopoderoso “Señor de las Islas de la India y de la China“, oscila por un momento, vacila y definitivamente acaba por sucumbir. Y sucumbe al poder irresistible de Schehrezade. Y sucumbe al tiempo que fascina.

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Scheherezade, a partir de ahora se convierte en la única guía, pues solamente ella es capaz de sujetar las díscolas riendas del tiempo como las bridas de una mula mansa. Ella, que ahora osa dirigirse a su señor en ese preciso -precioso- tiempo que es el tiempo imposible de Schehrezade. Tiempo que ella es capaz de abrir como se abre una falleba en la mañana o algunos libros nuevos; como a veces se abren las manos o el corazón.

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Y de esta manera mirándole directa, insolentemente a los ojos, se atreve a hablar a Schahriar en su propio tiempo, que es el tiempo imposible de Schehrezade. El tiempo que así domina y guarda y cuya ley, a su sola voz se pliega y obedece. Esto es, en el antiquísimo, el remoto, el perdido tiempo del Presente.

Así que comienza hablándole en un presente histórico, circunstancial y ameno, para seguir con un altivo presente de plural y mayestático. Con la desconcertante ubicuidad del subjuntivo presente y su respetuoso presente de perfecto. Con la inmutable ataraxia del infinitivo de presente y el descaro de los presentes de indicativo. Con la determinación del imperativo de presente y la aquiescencia de todos los presentes. Y se queda para siempre hablando en un perpetuo presente de continuo, en un inesperado presente de cumpleaños,  en un interminable participio de presente. El escurridizo tiempo que únicamente a ella no se le escapa de entre los dedos. El eterno presente de la lucha de los contrarios que repite hasta el infinito las edades del mundo. El presente intemporal y exacto. El presente constante de los mitos. El presente pluscuamperfecto y absoluto que se nos niega a los demás, a los mortales.

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Schahriar, cautivado por ese tiempo eterno que no es suyo y no puede entender, pero a cuya fascinación es incapaz de sustraerse, se deja arrastrar por Schehrezade al esférico flujo que no tiene principio y no conoce fin. Consciente de que ha quedado definitivamente atrapado, de que no es más que un prisionero cuya soberana voluntad ha sido reducida y cautivada, percibe que en eso consiste la venganza y al mismo tiempo el don -el presente- que le ofrece Schehrezade. Y aunque su hosco silencio oculte el resquemor de una soberbia herida, bien a su pesar reconoce lo que había ya intuido: que jamás, al contrario de otras veces, jamás, será capaz de levantar su ensortijada mano contra ella. Porque únicamente la vida de esa mujer garantiza la suya. Porque a partir de este momento, ambos quedan atados por el nudo del cuento, y sólo la palabra que Schehrezade dice le permite seguir siendo eternamente presente.

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Comprendiéndolo todo, rendido a sus encantos y por ello furioso, en un momento dado la interrumpe. Alarga su real brazo con el índice extendido y afilando los labios en una sonrisa llena de ironía le espeta

– ¡Maldita hechicera! ¡En tu cabeza vive una araña que teje su tela con el nombre de cada una de las estrellas!

Y mientras sus palabras reverberan aún sobre los paneles de cobre que revisten los muros de palacio, las Pléyades despiertan sobresaltadas en el agua limpia de los atolones y Antares, a menudo fugaz sobre los planisferios, se detiene un minuto.

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En ese momento Schehrezade estalla en carcajadas. Por fin ríe; por fin puede reírse abiertamente. Ríe echando hacia atrás la cabeza mientras con ambas manos, retira la cabellera hacia la nuca para mostrar el hermoso cuello y el perfumado escote. Ahora es ella quien levanta su brazo con un sonoro tintineo de pulseras, se lleva el índice a los labios y chista para que cese el coro de murmullos y risas que se ha elevado. Finalmente, cuando vuelve otra vez el silencio, retoma su narración magnética, regresando a la suspendida historia de marinos y náufragos.

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Relato Breve Escrito por Alejandro Nanclares

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