socorristaLas olas van y vienen, a nadie se le ocurre decir que vienen y van –piensa Marc desde su puesto de socorrista. Se pasa las horas sentado en su atalaya viendo a los bañistas tumbados sobre la cálida arena bajo el refugio de una sombra exangüe, que apenas se proyecta bajo los techos multicolores de las sombrillas. El tiempo de Marc está marcado por esos parasoles que se abren con exactitud cronométrica por la mañana y se cierran con la misma puntualidad al caer la tarde.

Marc lleva tres veranos ganándose un dinero como socorrista de la playa. El trabajo no es malo, pero sí un poco tedioso. La playa en la que le ha tocado trabajar es una cala pequeña, de apenas un par de kilómetros, protegida por dos pequeñas colinas a ambos lados que, a modo de diques, frenan el oleaje. Las olas cuando llegan a la playa entran de manera ordenada, con calma y sin apenas aspavientos, lamen la arena y después en una retirada tranquila desaparecen confundidas con las nuevas olas que llegan impacientes y que suplantan a las anteriores sin dar tregua.

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La playa en la que trabaja Marc, no es de las que ocupan surferos aventureros que se juegan la vida sorteando olas de infarto, no hay tampoco barcas a pedales, ni tan siquiera tablas con velas para dejarse arrastrar por la corriente y por el viento. De hecho, la profundidad que alcanza el mar no va más allá de la cintura, y esto solo ocurre cuando se alcanza la entrada a mar abierto a través de las colinas, desde la playa no es posible enfrentarse a ningún peligro. Marc cada cierto tiempo mira a través de unos prismáticos que, aunque no son de buena calidad, le permiten identificar a las personas y observar de cerca sus movimientos.

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Marc lo que peor lleva es la lentitud del tiempo. Se pasa las horas sentado bajo un sol de justicia, apenas protegido por un tejado de chamizo que se recalienta y que permite que se filtre algún que otro rayo directo de sol que deja estampadas marcas más oscuras, de finos barrotes, sobre su piel bronceada. Como buen profesional Marc nunca se aleja demasiado de su lugar de trabajo, apenas unos metros. Al lado de su puesto de vigilancia hace estiramientos, da algunas carreras cortas antes de iniciar su jornada y otras cuantas al finalizarla, delante de su torre de madera se da un par de chapuzones para refrescarse y, cada media hora, realiza su tabla de gimnasia y flexiones, no demasiado larga ni intensa pero que, junto con los otros ejercicios diarios, le permite mantenerse en forma.

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El socorrista recuerda con detalle todas sus intervenciones a lo largo de estos tres años. Una vez tuvo que actuar porque a uno de los ancianos el agua, que ese día estaba un poquito más inquieta, le quitó el bastón y lo arrastró unos metros hacia adentro, lo justo para que el viejo no lo pudiese coger y se asustase de forma pueril; en otra ocasión, tuvo que recurrir a poner en práctica todo lo aprendido en primeros auxilios porque a otro hombre entrado en años le dio un golpe de calor; y, en otro momento, acudió porque una niña había tragado tanta agua que estuvo a punto de ahogarse, casi no podía respirar, se puso roja como una amapola y cuando Marc le presionó el tórax expulsó tal cantidad de agua que parecía una tubería rota. Pero salvo eso y, exceptuando alguna que otra torcedura de pie, magullón, pequeño vahído, o alguna vomitona, Marc se pasaba el día presa de un aburrimiento que le embotaba y ralentizaba sus pensamientos.

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 –¿Te pagan mucho por este trabajo de mierda que haces, tío? –le preguntó una voz chillona desde la base de la escalera por la que se ascendía a su puesto de vigilancia.

 –No, no mucho –respondió Marc-. ¿Estás buscando algún curro para el verano o qué?

 –Qué va, tío. Es pura curiosidad. Te veo ahí, más perdido que un pulpo en un garaje y me pregunto si te merece la pena.

 –Esto no está mal ¿sabes? Estoy al aire libre, tengo una playita para mí, no estoy encerrado en ningún sitio, no soporto a ningún jefe, un horario de lujo… No, no me puedo quejar.

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Su interlocutor le mira con incredulidad y después se marcha. Marc lo ve alejarse, tan solo un punto negro de su pelo y un punto rojo de su bañador. Se ha acostumbrado a ver a la gente desde arriba y desde la distancia. Cuando coge los prismáticos siente todo su poder. El primer verano solo los usó para comprobar que todo estaba en orden, el segundo periodo estival se permitió algún devaneo con la intimidad de los que tenía bajo su control y esta temporada se detiene en el análisis minucioso de todos los que están bajo su dominio.

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el socorristaObserva, por ejemplo, a los ocupantes de la sombrilla verde con flecos blancos, la señora de bañador años cincuenta que, cuando el marido no la ve, le echa en el vaso del termo del que él bebe con frecuencia, unos polvitos blancos que rápidamente sumergen al hombre en un letargo que lo mantiene en estado de seminconsciencia durante todo el día; entonces ella, resuelta, se acerca a la sombrilla más cercana, donde un señor canoso y elegante de maneras delicadas lee cada mañana el periódico. Las primeras veces el señor no se distraía de la lectura pero, ahora, cada vez que la señora de la sombrilla de flecos blancos se sienta junto a él, entabla conversación con ella. Marc también ve como bajo la sobrilla de cuadros rojos un grupo de hombres juega al cinquillo con cartas todas marcadas y cómo terminan pasadas unas horas todos enfadados para volver a reanudar el juego a la mañana siguiente. Contempla recurrente como el pequeño de la sombrilla azul aprovecha el descuido de la madre para llenar de arena la pequeña nevera de la comida. Después empieza a berrear señalando con su mano certera y su mirada inocente al hermano, un poquito más mayor, quien ajeno a todo se entretiene absorto en la construcción de un castillo de arena, el niño que cada día recibe con el mismo asombro la regañina y el enfado de la madre que le castiga destruyendo su castillo y prohibiéndole el baño. Marc con sus prismáticos curiosea dónde esconden los móviles, dónde ocultan el dinero y los objetos de valor los bañistas cuando abandonan despreocupados las toallas y se bañan tan contentos en el mar. También sabe quién se quita el bañador aguas adentro y quién realiza un coito ante la ignorancia inocente de niños deamsiado entretenidos en sus juegos con las olas como para fijarse en nada de lo que ocurre a su alrededor. Desde la torre de vigilancia Marc cada vez es más consciente de todo lo que ve.

 -¿Me dejas mirar con tus prismáticos, eh? – la voz de la cabeza que solo era un punto negro y un bañador rojo le llega a Marc tan cercana que piensa por un segundo que ha escalado por la escalerilla de acceso y se ha sentado a su lado.

 –No. No puedo, lo siento. Estoy trabajando. Esto no es juego –responde categórico Marc.

Pues, yo creía que sí –la mirada acusadora del tipo del bañador rojo le increpa de forma inquisitorial-. Lo digo –añade- porque te he visto tantas veces observando fijamente las rocas del sur, justo dónde se cambian de ropa las adolescentes locas que bajan a la playa después de las clases… solas.

 Y tú, ¿cómo sabes eso? Te denunciaré ahora mismo. Aquí, soy la autoridad –se enfurece Marc.

El joven del bañador rojo asciende seguro por la escalera hasta alcanzar la plataforma y situarse justo al lado de Marc. Sonríe y templa con una palmada en el hombro la resistencia del socorrista.

Venga, hombre. No te lo tomes así, joder. Tienes una posición privilegiada, controlas al personal, ¿qué de malo hay que me dejes echar una ojeada a mí también? –inquiere el de pelo negro y bañador rojo.

Bájate de aquí ahora mismo. No puedes estar aquí. Es un delito –le informa persuasivo Marc.

 –¿Delito…, delito? No lo creo –interrumpe el tipo de pelo negro-. Además sé bien lo que haces. Te pasas el tiempo espiando a la gente, a unos más que a otros. Eso depende de tus intereses, claro. Pero, nos lo podíamos montar bien. Esto es un negocio, tío. Piénsalo: películas porno, hurtos, algún chantaje… trabajar en verano y descansar en invierno. No estaría mal, ¿no?

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Antes de que Marc reaccione el bañador rojo desciende por la escalerilla y antes, también, de que pueda seguirlo con la mirada se confunde con otras cabezas que son otros tantos puntos negros difuminados por la arena, aunque lo busca con los prismáticos, tampoco lo encuentra. Pero, al otear minuciosamente la playa, Marc descubre la mirada lasciva del barrigón de la sombrilla violeta sobre la cría de formas incipientes a la que los padres de la sombrilla de al lado dejan sola cada vez que van a dar un paseo; ve a la señora del pareo de rayas acercarse ingenua a unos jovencitos que intentan jugar a las paletas y, mientras ella les recrimina que jueguen en primera línea de playa, su perrita Lulú husmea entre las pertenecías de los chicos y sustrae hábil una de sus carteras; observa quitarse provocativa la parte de arriba del bikini a la pelirroja tintada que siempre coloca su esterilla al lado de la sombrilla de marca del ejecutivo atractivo que es incapaz de abandonar su tableta, ni olvidarse de su móvil última generación, ni tan siquiera en las mañanas de relax que baja decidido a la playa, aunque ante el espectáculo de la pelirroja hoy titubea si seguir o no mirando las cotizaciones, de momento gana por goleada la vecina de hamaca. Marc sonríe con seguridad desde su torre de control mientras ajusta la precisión de sus prismáticos con determinación.

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Los bañistas vienen y van –medita tranquilo Marc desde su atalaya. Desde hace ya algunos días, su puesto de socorrista está mucho más abarrotado que antes. Ahora apenas hay espacio para nada más. Ha subido un ordenador, ha adquirido varias cámaras de gran alcance, cuenta con varios móviles y, sobre todo, dispone de unos prismáticos de mira y grabación telescópica.

Debajo, a pocos metros, oculto bajo una sombrilla de colores carmesí descansa satisfecho el tipo de pelo negro y bañador rojo. Su única ocupación consiste en comprobar que el socorrista realiza bien su trabajo y no deja, en ningún momento, de vigilar atento la playa.

.Socorrista

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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