amigas

Llego hasta la farola que te sostiene. La famosa plaza en la que te encuentro está abarrotada de gente: turistas que se detienen para llevarse un trozo de la ciudad en Instagram, mujeres con prisas por alcanzar las últimas rebajas, adolescentes de pantalón corto que caminan en zigzag… todo se mueve. También tu sutil vestido de flores, que se deja mecer mimoso por una brisa suave con aspiraciones de viento antes de convertirse en una tormenta de verano.

Cuando me ves, sonríes y con tu saludo se diluyen los años, te reencuentro. Se borra de repente el tiempo transcurrido y se vivifican los recuerdos. Emergen los sueños de una juventud que se perdió hace mucho y a los que la vida aplastó con crueldad en algún momento. Surge espontáneo el abrazo, el que delata el cariño almacenado en el corazón durante años de ausencia, también la punzada de cierto arrepentimiento por el largo paréntesis en el que no nos vimos, cuando se aletargó la amistad y la vida impuso inquebrantable sus leyes: de vida y de muerte. Pero, ahora, en la tarde veraniega, en la plaza llena de gente, fundidas en una abrazo atemporal y eterno, los rescoldos de la amistad se avivan y el cariño aflora.

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Caminamos una al lado de la otra con el mismo paso acompasado de cuando éramos unas chiquillas hasta llegar a una cafetería próxima donde nos sentamos; un café largo para compartir en unas horas el tiempo olvidado.

Sentada enfrente de mí, con nerviosismo en las manos e inquietud en la mirada, bordeas temas ajenos hasta que por fin las palabras exactas brotan y, también, las lágrimas. Y, eres tú, de nuevo a corazón abierto. Todo en ti es sentimiento. Me hablas de ausencias, de las de para siempre, esa que ha dejado en tu alma la huella del vacío indeleble, también de otras, que ocurren de modo menos trágico y más casual, pero que graban en tu alma  marcas de cicatrices que cercenan la herida abierta, la que no deja de sangrar. Te emocionas y las lágrimas se derraman sin pudor sobre la mesa que nos separa.

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Sentadas en una cafetería que se llena por momentos, percibo a los clientes que se sientan cerca de nosotras, que toman algo y después abandonan las mesas rápido, pero son solo presencias anónimas de las que no me queda ninguna impronta. Todo mi espacio lo ocupas tú, tú y tu vida resumida en lágrimas. A medida que la tarde transcurre, la añoranza se adentra decidida en un pasado más remoto, más feliz. Nos invaden los recuerdos de alguna trastada de infancia, de los compañeros con los que compartíamos clase, a algunos los recordamos bien aunque, sin embargo, nos cuesta poner nombre; escudriñamos en la memoria con cierta nostalgia los primeros amores, intensos y platónicos, a los que ahora, en las tardes de aburrimiento, buscamos de soslayo y en secreto en Internet. La risa, tímida al principio, se abre paso decidida al comentar los estragos del tiempo en los guapos de entonces y en los decrépitos de hoy, a veces existe cierta justicia en los turnos. La sonrisa te templa y da esplendor a tu mirada. La esperanza brota con cautela y te enmarca dentro de su aureola.

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Salimos de la cafetería al encuentro de la vida y del ahora en la calle. Paseamos tranquilas por los lugares monumentales de la ciudad y la belleza del atardecer fortalece el espíritu y dota de expectativas nuevas la jornada. Luego, reconfortadas por las confidencias de la charla, nos despedimos, convencidas del mañana.

Cuando tu taxi parte, aún te veo a través de la ventanilla, y constato la transformación de la amiga adolescente. Cuando tengas un ratito y te mires en el espejo del alma sabrás que no eres débil por haber estado perdida, ni frágil por haber llorado tanto el dolor, ni egoísta por haber necesitado del tiempo solo para ti. Descubrirás, como yo ayer, el universo inmenso que portas en ti.

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Estas palabras son un tributo para ti, amiga ya mujer, que has sabido ponerte en pie y agarrarte con uñas y dientes a la vida y, también, a la esperanza, que aunque esquiva y traicionera en demasiadas ocasiones, es la única que permite la remontada cuando todo lo demás es puro naufragio. No importan las veces que se intente, ni la forma en la que se encuentre, hay que aferrarse con determinación a cualquier destello de felicidad porque es el único aval con el que se cuenta para construir el mañana.

Hoy daré un paseo por mi ciudad y contemplaré con asombro sus plazas y sus monumentos. Me aguarda, como todos los días, la belleza de los lugares de siempre que permanece inalterable ahí, como los viejos amigos, esperando tan solo a que se les dé otra oportunidad para estrenarlos de nuevo en plenitud.

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Gracias, Raquel.

esperanza

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

 

 

 

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