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doña gatita

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Vivía sola en una casa diminuta y pequeña. El espacio habría sido suficiente para una única persona de no ser por los gatos con los que convivía. Siempre sola. A la soledad nadie la busca pero, con demasiada frecuencia, se presenta como una de esas visitas inoportunas que llegan de improviso y nadie es capaz de echarlas de casa. Así la encontró a ella. La mujer que vivía de sus silencios y que despertaba cierta ternura inicial, tan solo durante los primeros momentos de conocerla, después la empatía se borraba y dejaba paso a cierto resquemor entre los que la rodeaban que terminaban apartándose de ella sin saber muy bien el porqué. Petra se había acostumbrado a ella misma y a sus gatos.

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Era pequeña y de consistencia menuda, parecía muy frágil. Sin embargo, la potencia de su voz delataba en ella un carácter fuerte e indómito.  Aunque lo cierto es que nadie llegó a conocerla a fondo para poder afirmar con certeza si aquella suposición era o no cierta, quizás tan solo lo supiera alguno de esos gatos de mirada profunda que se quedaban observándola de una manera fija, inmóviles y quietos, durante horas.

Los primeros gatos llegaron a su vida de manera casual, como la mayoría de los acontecimientos de su vida. Un conocido con el que coincidió una tarde en un autobús cuando volvía de trabajar, le comentó que había encontrado una pareja de gatos dentro de un contenedor de basuras abandonado, los animales se encontraban en mal estado y con toda seguridad no sobrevivirían más de unas horas. Él no tenía a cargo de quién dejarlos, su novia se acababa de mudar a su piso, era asmática y alérgica al pelo de ciertos animales; por lo que le resultaba del todo imposible hacerse responsable de aquellos animalitos. Petra se sorprendió a sí misma ofreciéndose para quedárselos. Acompañó al chico hasta su casa, esperó en el portal hasta que él volvió y le entregó una caja de cartón con dos ovillos de pelo negro que maullaban sin parar. Ahí comenzó todo.

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Nunca había cuidado de otro ser vivo que no fuera ella misma. Cuando era pequeña sus padres le compraron dos peces que venían en un pequeño contenedor de plástico, a Petra no sólo no le interesaron lo más mínimo si no que los olvidó por completo nada más dejarlos sobre la peana de su habitación. Al cuarto día los dos peces aparecieron flotando en la superficie verdosa del agua. Petra se acercó con curiosidad y vio flotar dos manchas naranjas y, aunque se esforzó por encontrar las diferencias existentes entre esas pequeñas masas inermes y los alegres pececillos que daban vueltas inquietos por el pequeño receptáculo de plástico de días atrás,  constató que apenas existían discrepancias. No siempre la muerte es tan distinta de la vida.

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Petra siempre eligió que la cuidasen, primero los padres y después las amigas. Chicas con las que establecía extraños lazos de dependencia. Su carácter hermético no era nada dado a las confidencias, no obstante alguna vez dejaba un pincelazo de confidencia opaca sobre su vida que dejaba a las amigas con el corazón en vilo. Elegía con sumo cuidado a su confidente y entonces narraba en el momento clave y de forma certera acontecimientos de su pasado, alguna mala experiencia con algún novio, algunos abandonos y hasta el intento de una violación fallida. Después de eso la amiga de turno le ofrecía su protección permanente,  Petra trataba de prolongar los vínculos agarrándose a ellos con terquedad, acaparaba a la amiga en exclusividad pero los lazos acababan debilitándose en el momento que aparecían nuevos amigos o surgía un novio de repente y la amiga del para siempre desaparecía sin dejar rastro. Así que no le quedó otra salida que buscar ella también nuevas relaciones. Cuando Petra aprendió a manejarse con soltura por internet buscó páginas de encuentros y mantuvo alguna que otra relación con hombres siempre poco convenientes, o bien porque estaban casados y no la tomaban en serio, o bien porque ejercían sobre ella una presión moral muy próxima a la aniquilación y al maltrato. Petra quedaba enganchada a estas relaciones con una fuerza adictiva que le impedía cualquier huida. Su mente no hacía distinciones entre lo perjudicial y lo beneficioso. Tampoco su corazón. Flotaba en un halo de inseguridad permanente aunque inalterable en su decisión de seguir adelante con cualquier tipo que saltara de las páginas web y se transformara en un hombre real de carne y hueso con el que experimentar el extraño placer de depender por completo de alguien.

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gatos negrosEl día que llegó al piso con la pareja de gatos no sospechó ni por un instante que aquellos seres acabarían invadiendo su casa. Petra no sabía que los gatos tienen una tendencia innata a la promiscuidad y a la reproducción, desconocía que los dos que había recogido, dos pequeñas bolitas de azabache negro, eran una pareja en el sentido literal del término y que apenas alcanzaran un poco de tiempo después la edad adulta se convertirían en procreadores de numerosas camadas de gatitos que nada más crecer se dedicaban también y con la misma tenacidad al noble arte de perpetuar su especie.

Petra se acostumbró a vivir rodeada de gatos, ocupaban todos los espacios de su hogar, se subían por los sillones, dormitaban por los rincones y toda la casa estaba impregnada de un olor nauseabundo a caca y pis de felino. Al principio de la llegada de los animalitos, no modificó en nada su vida, siguió manteniendo relaciones con tipejos raros extraídos de Internet, solía llevarlos a casa porque encontraba un extraño placer en imitar a sus gatos en sus prácticas amatorias. Pero, la experiencia, sin duda excitante al comienzo, acabó convirtiéndose en peligrosa al final. Los gatos, celosos de su intimidad no soportaban la presencia de ningún extraño. Se tiraban sin contemplación sobre el intruso y más de uno acabó bastante perjudicado con señales y arañazos en brazos y cara, profundas cicatrices marcadas de por vida. Hubo uno que perdió de forma irremediable la visión en un ojo. Todo aquello podría haber acabado de forma aún más trágica si no hubiese sido porque un día los gatos se dejaron arrastrar por los celos y en un brote psicótico de envidia atacaron a Petra en lugar de agredir al amante.

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Ese día, los gatos impusieron su ley y determinaron el orden de los acontecimientos en la vida de Petra. Se sintió la escogida por primera vez en toda su existencia. Le reconfortó tanto aquel sentimiento totalmente nuevo para ella que la trasformó por completo. En apenas unas semanas aprendió a maullar con total perfección para comunicarse con todos aquellos seres que invadían por completo su casa, cambió de forma drástica su dieta y se alimentaba solo de leche y de sardinas y, para asearse, se pasaba las horas muertas dándose lametones en su piel que cada vez estaba más tersa e hidratada. Todas las mañanas salía y daba una vuelta por las calles próximas a su domicilio, iba dejando un reguero de comida que devoraban con ansiedad todos los gatos callejeros de la zona. Muchos la seguían durante horas y algunos se iban a vivir con ella, pero la mayoría la esperaban cada día ubicados en los mismos lugares aunque sin decidirse a perder la libertad.

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La gente del vecindario poco a poco se ha ido acostumbrando a la presencia cotidiana de la mujer seguida de mininos que merodea por las calles sin rumbo fijo, la de la voz chillona y la figura menuda. Algunas personas caritativas en algunas ocasiones se han querido acercar a ella porque se condolían de esa mujer desvalida y sola. Pero, cuando alguien se acerca demasiado los gatos la rodean e impiden, con gesto amenazador, cualquier contacto humano.

Petra experimenta cada día más la sensación de dependencia de los gatos, no opone ninguna resistencia. Los gatos, como algunos hombres, le hacen sentirse viva, no importa doblegarse a sus caprichos. Ella es consciente de que sus gatos sin ella lograrían sobrevivir pero, pese a todo, prefieren quedarse en su casa, junto a ella. Es cierto que a veces hay que cerrar la puerta o clausurar las ventanas porque la tentación de libertad es grande pero la comida y las caricias siempre funcionan como acicate. Ella también ansió la libertad con algunos de sus amantes en determinados momentos, pero al final se dejaba seducir por la inercia y se convencía a sí misma de los beneficios que le reportaban esas relaciones tóxicas que la mantenían sumisa, anulaban su voluntad y aletargaban su entendimiento, dejándola en un estado de seminconsciencia muy parecido a las primeras fases de una borrachera.

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Pero a estas alturas ya casi nadie sabe que la mujer de consistencia menuda y apariencia frágil se llama Petra. La mayoría no cree que tenga familia, ni amigos, ni mucho menos amantes. Hace mucho tiempo que para todos es Doña Gatita, la excéntrica vecina del pequeño piso del viejo inmueble próximo a la plaza, que se alimenta de leche y sardinas, que maúlla las noches de luna y que nunca está sola del todo porque la acompañan cientos de gatos, todos apiñados a su alrededor metiéndose entre sus piernas mientras ella camina, y fijando su mirada verde de pupila vertical con destellos de rabia en todo aquel que logra traspasar el cerco de seguridad que ellos mismos han impuesto para Petra siguiendo la ley felina.

gatos

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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