.Maniquies - Merceia

La casa que habían alquilado mis padres tenía, justo debajo, una mercería. La mercería se iluminaba cada día a las nueve de la mañana. Era una tienda pequeña. Demasiado coqueta para el barrio donde nos habíamos venido a vivir. Tenía estanterías blancas, metálicas, que lucían muy bien con unos llamativos faldones con volantes, estampados de ramos de rosas rojas y mimosas amarillas bordadas. La propietaria era una mujer de edad indefinida que lucía en el cabello algunas líneas blancas, se peinaba siempre con una coleta recogida en la nuca que adornada con los abalorios que vendía en la mercería. Mi mama decía que así promocionaba sus productos. Yo nunca entendí que quería decir eso, tampoco me importaba. Me gustaba la mercería, y su dueña era amable conmigo.

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La mercería tenía un escaparate con una gran vitrina de cristal. Dentro convivían tres maniquíes blancos. Uno tenia el brazo roto. Cada jueves, la señora de la mercería mudaba de ropa a los maniquíes. El maniquí más pequeño, parecía un niño, no aparentaba más de tres años. Lo adornaba con vestiditos de colores pastel. Un día vestía de rosa y otro de azul, de forma alterna. El maniquí bebé nunca se quejaba y soportaba, con una infantil sonrisa, su aleatorio cambio de sexo. El otro maniquí, el mas grande, parecía un hombre, pero la señora insistía en vestirlo con ropa de mujer. En la mercería no había ropa de hombre. Nunca vi hombres en la tienda, solo al señor de la maleta grande que venía los jueves . Al maniquí hombre la señora lo cuidaba mucho. Le dejaba estrenar las novedades que traía a la tienda el señor de la maleta grande. Mi mamá decía que ese señor era muy apuesto y todo un caballero, no como mi padre. A mi no me importaba mucho. Yo soñaba con ser maniquí. Cada jueves, el hombre de la maleta grande visitaba a la señora de la mercería. Los dos parecían muy maniquies - viajantefelices y sonreían mucho. Yo nunca sonrío. Él le traía regalos dentro de la maleta, regalos que ella agradecía con sonoros besos en la mejilla. El maniquí del brazo roto ahora está desnudo. Antes la señora lo vestía con trajes de marinero, de esos que los niños llevan para celebrar su primera comunión. Yo no he comulgado, dice mi mamá que eso es cosa de ricos. El maniquí se veía muy distinguido y feliz vestido de marinero y entonces sonreía. Ahora nunca sonríe. Está fuera de la vitrina, en la trastienda, donde no se puede ver. Yo no sonrío nunca. Hace algunos años que un doctor le dijo a mi madre que yo nunca sonreiría . A mi no me importa lo que diga el doctor. Cuando veo a los maniquíes sonrío, pero mi madre no lo sabe, tampoco el médico. El médico tiene una bata blanca muy limpia y siempre trata bien a mi madre.

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 Cuando nadie me ve, escucho a los maniquíes hablar. El maniquí bebé aun no sabe hablar correctamente, es muy pequeño, pero el hombre vestido de mujer, tiene mucha conversación. Nos cuenta las historias que escucha a las mujeres que vienen a la mercería. Dice que hablan mucho de sus vidas, de sus hijos y, a veces, también hablan de sus maridos. La señora les enseña a usar los artilugios que vende y algunas mujeres tejen bufandas en la tienda, serán para sus hijos, dice el maniquí grande, es muy hablador, pero yo nunca le respondo. Yo solo le respondo al maniquí sin brazo. Quiero aprender a tejer un jersey blanco, para él. Desde la calle miro a las mujeres con atención para aprender, ellas me sonríen, pero yo nunca les devuelvo la sonrisa.

 

Hoy llueve mucho, no hay luz en la calle, tampoco ha venido la señora de la tienda, y las luces de la vitrina están apagadas. Es raro. He bajado a saludar a mis amigos. El maniquí sin brazo estaba en la acera, apoyado en el contenedor de las basuras, mojándose. Hay uno cerca de la casa de mis padres que siempre huele mal. Me ha mirado disgustado. Como se estaba mojando me he acercado a charlar.

maniquies-maniqui roto

  • -Ojalá fuera como tú – me ha dicho sollozando, yo he escondido mi sonrisa.
  • -¿Té estas mojando? – Le he preguntado .
  • -La señora ya no me quiere – Ha dicho, pero yo no le he creído. Yo no creo a nadie.
  • -Yo te quiero
  • -Entonces tráeme un paraguas.
  • No tengo paraguas – le he respondido. En ese momento lo he agarrado con cuidado por el brazo bueno, para arrástralo hasta la puerta de la tienda, justo debajo de la repisa, donde el agua no llega.
  • -Me haces daño , ¡niño estúpido! – Me ha gritado molesto.

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No me he disculpado, nunca lo hago. Nos hemos quedado quietos debajo de la repisa de la tienda, viendo llover. Los otros maniquíes nos miraban desde el interior de la vitrina. Ellos no se mojan. El maniquí sin brazo tiritaba y le he prestado mi chaquetón azul marino, aun no he terminado el jersey blanco. Me lo ha gradecido con una leve sonrisa.

  • -Y ¿por qué quieres ser como yo? – Le he preguntado.
  • -Estoy cansado de ser un maniquí que no sirve para nada.
  • -Pero tú eras el mejor de la vitrina.
  • -Si , pero la vieja rompió mi brazo
  • -¿No se puede arreglar?. Los médicos lo arreglan todo. Mi madre visita mucho al médico de la bata blanca y a veces llora cuando termina la consulta. Otras veces yo salgo primero de la habitación y después de un rato sale mi mamá, entonces está más contenta y ya no llora.
  • -A mí no me pueden arreglar los médicos. La vieja ya ha comprado otro. Llega mañana.

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He ocultado mi alegría con esfuerzo y he dejado al maniquí plantado bajo el techado, en la calle. He subido de dos en dos las escaleras del piso alquilado de mis padres. Al entrar en casa, me sorprendió ver la sala repleta de maniquíes. A todos les faltara alguna pieza. A uno hasta la cabeza. Se han vuelto a mirarme y me han saludado. Bueno todos no, el que no tiene cabeza no me ha visto. Enseguida me han hecho un hueco entre ellos y yo me he colocado, justo al lado de una maniquí chica muy guapa sin brazos. Me ha sonreído. Yo le he devuelto la sonrisa.

 .maniqui-primer plano

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Relato Breve escrito por Merche Postigo

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