abrazoHabían alquilado la casa en lo alto de la colina en un paraje idílico, lejos de las otras construcciones de la mancomunidad. Lo habían hecho de mutuo acuerdo aunque desde lugares diferentes. Tomar la decisión no había sido sencillo y lo habían pospuesto en demasiadas ocasiones. Llegaron por separado cada uno con su pequeña maleta y los dos se quedaron inmóviles frente a la puerta esperando que el otro tomase la iniciativa y la abriera. La risa incontrolada y la dificultad al girar la llave evidenció el nerviosismo de él,  la falta de coherencia en las frases incipientes que ella pronunció delataron la inquietud de ella.

El salón de la casa al que se accedía nada más traspasar la puerta de la entrada era muy grande con amplios ventanales que, al descorrer la cortinas y subir las persianas, se transformaron en pantallas gigantes por las que se veían unas montañas no demasiado altas cubiertas de abundante vegetación; al final del cercano horizonte el verde se rompía con el azul inmenso del mar cercano a la vivienda. Quim había elegido con acierto el paraje y la sonrisa de Viki corroboró el acierto de su elección.

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La luz entrando a raudales por las ventanas era una invitación abierta a la exploración del resto de la casa. Cada uno comenzó la inspección por un lado, llamando la atención del otro ante cualquier descubrimiento: la enorme tele de plasma del salón, el frigorífico lleno hasta los topes de frutas variadas y bebidas frescas o el jacuzzi del baño. Comentaron casi todo con asombro y aprobación pero obviaron cualquier alusión al dormitorio y, menos aún, a la cama.

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Una mañana incierta de un noviembre cálido en la que Quim se encontraba más aburrido de lo normal en la oficina había comenzado todo. Cambió la rutina diaria y optó por la aventura. Primero abrió Google e inició la búsqueda aleatoria de los nombres de compañeros de juventud que fluctuaban en su mente asidos a recuerdos que flotaban sin lógica por su mente. Al principio tan solo fueron los nombres de los amigos de las últimas charlas, luego los de conocidos más olvidados y, después, con cierto atrevimiento, buscó los de algunas de las mujeres que habían ido pasando por su vida. El tiempo voló y el trabajo se acumuló sobre su mesa y él relegó con pereza todas aquellas obligaciones para otro momento.

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el encuentroLos días siguientes, Quim se encontró más seguro y arriesgó más en sus pesquisas, también organizó mejor su jornada laboral.  Investigó por las redes de perfiles profesionales y encontró a alguna de las mujeres con las que compartió los primeros empleos y con las que vivió sus primeros escarceos amorosos y sexuales. Abrir el candado del pasado le reconfortó por dentro y le rejuveneció por fuera. Encontró ilusiones nuevas en recuerdos viejos.

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Cuando comenzaba con su trabajo Quim era el hombre maduro y serio, respetable esposo y padre de familia, con dos hijas universitarias que infravaloraban sus canas y apenas entendían su sentido del humor, lleno de compromisos profesionales y responsabilidades de adulto. Pero, buceando en el pasado vivo en la red, se reencontraba de forma cada vez más asidua con el joven que fue. Por eso no le extrañó su osadía cuando vio el rostro de Viki en Facebook y de, pronto, sin pensarlo demasiado le envió un mensaje. Quim la vio en su foto de perfil y la encontró aún más bella que cuando él era su pareja. El tiempo la había tratado bien, su rostro se había dulcificado se había hecho más ovalado y menos anguloso, su mirada era mucho más profunda miraban con descaro a la cámara desde unos ojos que él recordaba más grandes y encontró su pelo más caoba y menos rizado. Sí podía ser que tuviera arrugas pero el sutil maquillaje las disimulaba bien. Las pocas fotos a las que pudo acceder, corroboraron lo que él sospechaba, ella tenía una estupenda familia, marido e hijos, se la veía feliz.

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La tarde que Viki recibió la invitación de amistad de Quim la aceptó sin más, solo después de haber enviado su respuesta sintió un aleteo intenso en el estómago y reconoció el familiar cosquilleo que la sacudía al pronunciar el nombre de Quim cuando era joven. Aterrada revisó su perfil y comprobó con horror que sus hijos la habían etiquetado en algunas fotos que no le hacían justicia, lo primero que hizo fue eliminar de su página todas aquellas en las que no se encontraba nada favorecida y después arrepentirse profundamente de haber aceptado aquella perturbadora solicitud.

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Los primeros mensajes entre los dos fueron un ponerse al corriente de los asuntos cotidianos sin franquear la línea fronteriza de la intimidad. Sin embargo, todo se complicó cuando no se respetaron los horarios y se pasaron a la inmediatez de los whatsapps. El móvil les creó adicción y de interesarse por los hijos y por el trabajo pasaron a interesarse por ellos mismos. Viki empezó a dedicarse más tiempo, se arreglaba de forma concienzuda y se maquillaba con el detallismo del que está restaurando una valiosa obra de arte. Quim prolongó sus sesiones en el gimnasio y se fue de compras con sus hijas que entendían más de moda.

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Viki propuso el encuentro y nada más sugerirlo se arrepintió pero la respuesta entusiasta de Quim disipó sus miedos. Los días previos a la cita la ansiedad se apoderó sin piedad de ellos. Viki se justificó ante la familia con la excusa de una visita ineludible a una amiga inexistente y Quim con el argumento irrefutable de una reunión de trabajo. La vida y el deseo, tantas veces pospuesto, les condujo a la casa de la colina que se sostenía sobre una ladera un poco inclinada y que ofrecía un horizonte de mar y cielo.

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El salón de ventanales de plasma ofrecía una panorámica de belleza de póster. Se sentaron en el sofá de enfrente embriagados por la visión e intimidados por ellos mismos no se atrevían a mirarse de forma directa y mantenían en los asientos una distancia, que aun sabiéndose próximos, impedía cualquier roce que rompiese de manera definitiva el difícil equilibrio en el que por el momento se mantenían.  

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Quim primero habló de política y de actualidad y Viki de los hijos y de sus estudios, después a medida que la tarde caía la conversación se centró en ellos, en lo que fueron y en lo que eran, en sus sueños rotos y en sus metas alcanzadas. En sus parejas, compañeros de toda una vida, con los que compartían la existencia y con los que dejaron de ser los que quisieron. Hablaron de los sueños rotos, pero también de la fortuna de una vida compartida, de la salud y de alguna enfermedad, de las hipotecas y de vacaciones en playas familiares, de la asfixia de la rutina y de la placidez de lo cotidiano. Conversaron con calma, con pausas llenas de ausencias y vacías de recuerdos, de la vida que no vivieron porque uno de los dos, ahora ya daba igual cuál, decidió zanjar. Cuando Viki presintió cerca la proximidad de la mano de Quim se aferró a ella con decisión, la notó diferente, una mano ajena que no se correspondía al tacto de la mano firme del marido a la que se agarraba con determinación cuando todo a su alrededor se cimbreaba, tampoco era la piel suave del adolescente al que en las noches de frío se entrelazaba con intensidad. Ahora se asía con frenesí a la mano de un extraño.

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A medida que el tiempo transcurría, la distancia entre los dos se acortaba. Apelaron al sentido común, a la responsabilidad y al sentimiento de culpa. Invocaron a los cónyuges y llenaron sus bocas con el nombre de sus hijos, suplicaron perdón antes de cometer ninguna falta, añoraron el futuro para recrearse con deleite en el encuentro pasional e íntimo que aún no habían vivido. Proyectaron sus deseos y concentraron su arrepentimiento en una entrega única y absoluta que dotara de sentido pleno toda su existencia, los buenos momentos que no habían compartido, los hijos que no concibieron, las caricias robadas al tiempo, y la seguridad plena de ser el uno para el otro.

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Cuando Viki arrastró a Quim al dormitorio sabía lo que habían decidido: se amarían sin tiempo y sin miedo, abrirían su alma con los sueños de jóvenes y con la plenitud de su madurez, no juzgarían su pasado, tampoco su futuro y sólo se focalizarían en la eternidad de un momento irrepetible y único.

A la mañana siguiente cuando abandonasen la casa de los grandes ventanales abonarían la factura en efectivo para no dejar rastro y quizás dividiesen la cuenta para repartir todo a partes iguales. Viki tendría que decidir qué hacer con su vida, si gestionarla desde el pasado o prolongarla desde el presente. Quim vacilaría entre la mujer de siempre la que le conocía de cada día o quedarse con la joven del ayer, la que le ofrecía la posibilidad definitiva de lo inacabado.

Bajaron las persianas de los grandes ventanales y ocultaron el horizonte.

Juntos cerraron la puerta y entraron de la mano en el dormitorio. Sabían que la vida pocas veces da segundas oportunidades. Tampoco permite rectificaciones.  

dormitorio

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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