.Hermanas - campos de castilla

Son las cuatro de la tarde. El calor incendia la tierra desprendiendo un vapor de caldera que mueve con ilusiones ópticas el paisaje que la rodea.

Este verano es asfixiante. En todos lados hace calor, pero en ningún sitio es tan aplastante como en La Mancha– piensa.

Lo cierto es que ella no tiene demasiados elementos de juicio para establecer una conclusión tan categórica, y no los tiene, entre otras razones, porque jamás ha experimentado en toda su vida otra realidad que no sea la de esta tierra reseca y árida en la que ha transcurrido su medio siglo de vida.

Los ancianos aman sin resquemor esta planicie extensa y vacía en la que se cultivaba algún que otro cereal que da su cosecha en veranos dispersos, aunque lo más habitual es que la tierra permanezca en barbecho durante largos meses, condenada a mantener un reposo severo si se quiere que en ella germine algo. Las nuevas generaciones y las mujeres, sobre todo las mujeres, no importa la edad que tengan, no sienten ese apego innato al terruño y, ella, desde luego, no experimenta por este secarral en el que le ha tocado en suerte nacer y vivir ni la más leve señal de apego.

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Hilaria camina por la estrecha vereda que separa el pueblo de la casa de labranza que tiene la familia en el campo. La pequeña propiedad se halla tan cerca de las últimas casas del municipio que en la próxima reestructuración urbanística el terreno quedará recalificado como edificable. Algo de todo esto le han comentado desde el Ayuntamiento, por eso cuando va sola se enfrasca en pensamientos sobre la parcela.

-Estaría bien si alguien quisiera comprar el trozo de tierra. No me vendría nada mal contar con la posibilidad de unos dineros considerables– se dice para sus adentros.

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Aunque Hilaria sabe que para conseguir esa venta sería imprescindible romper la promesa hecha a los padres antes de que murieran, de que jamás se desprenderían de ese trozo de tierra en el que sus antepasados se habían dejado la piel intentando extraer algún beneficio sin conseguirlo nunca del todo. Algo se remueve en el interior de la mujer cuando piensa que la avaricia la podría llevar a mentir a sus padres ya fallecidos. Pero, aun así, todavía existe otro obstáculo mayor, que ella sabe que es mucho más difícil de superar, conseguir la firma de las dos hermanas con las que no se habla desde que la traicionaron rompiendo el pacto hace ya bastantes años.

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Primero fue Casilda, a Hilaria la pilló completamente desprevenida, nunca se lo habría imaginado y tras ella, apenas tres o cuatro años después, precisamente cuando más unidas estaban Micaela y ella frente a la hermana díscola y desagradecida, y cuando ella había relajado la guardia convencida de que no había nada que temer porque su hermana pequeña no cometería el mismo error, Micaela  también la traicionó.

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La vida de las tres hermanas en aquel pueblo perdido en la soledad de la meseta castellana había transcurrido dentro de los parámetros de normalidad de cualquier familia. Su padre, hombre adusto y silencioso, se dedicaba a labrar la inhóspita tierra bajo las veleidades de las inclemencias del tiempo, rogando a Dios cada estación que la cosecha no se malograse. La madre gastó toda su existencia en una dedicación exclusiva al marido, a las faenas de la casa y a sacar adelante a las tres hijas que había traído a este mundo. Ella siempre quiso un hijo varón, y el marido también, pero las leyes de la genética fueron implacables y no les dieron tregua. Así que, cuando llegaron a la tercera niñita, el matrimonio decidió suspender de manera irrevocable y definitiva cualquier encuentro sexual entre ellos, no fuera que la liviandad les llevara sin remisión a engendrar una cuarta muchacha.

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HERMANAS

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Las niñas crecieron felices en los días de colegio, aunque la cosa se truncó para ellas al llegar a la adolescencia. Algo no iba bien pero no sabían a qué achacarlo. Las amigas dejaron de ir con ellas, se empezaron a divulgar por el pueblo comentarios maledicentes de que eran una familia extraña y que tenían la casa llena de animales muertos. Aunque en aquellas habladurías había algo de razón, el padre había aprendido el oficio de taxidermista de uno de los hermanos de su abuelo y no había animalillo que no cayera en sus manos que no disecase. Había llenado la casa de conejos, gorriones, alguna paloma pero, sobre todo, de mirlos, todos negros, todos con ojos de azabache que infundían temor y angustia en las miradas de las chiquillas que llegaban a la casa para jugar con las hijas. Así que sin saber muy bien la fecha ni la razón exacta, la casa se fue vaciando, primero las amigas de las pequeñas, después los vecinos y por último también la abandonaron los amigos del padre de la partida de dominó de los domingos. Hasta que llegó el día en que nadie que no fueran ellos mismos traspasaba el umbral de la casa.

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A Hilaria le irrita terriblemente al llegar a la casa de campo encontrar la verja abierta y los hierbajos secos invadiendo la entrada hasta cubrir casi la puerta.

-Cualquier día de estos, le prenden fuego los críos y nos quedamos sin nada -dijo en voz alta.

Cuando eran pequeñas, antes de estar estigmatizadas en el pueblo, los días calurosos de verano, parecidos al de hoy, las tres hermanas se bañaban felices en la alberca que estaba detrás de la casa. El padre había mantenido una lucha titánica para evitar que las algas y el musgo del fondo arruinaran el agua y el baño de las hijas. Ahora la alberca está llena de vegetación que ha roto por completo la estructura, ya no hay algas, ni juncos, está llena de ramojos secos y apilados estorbándose unos a otros en busca de un poco de riego que nunca llega. Hilaria sabe que algún día deberá dedicarlo a desbrozar todo aquello, pero nunca encuentra el momento oportuno para realizar dicha tarea.

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Antes de entrar, como en un rito, Hilaria siempre da una vuelta alrededor por la pequeña parcela para comprobar que todo está como debe.

-Demasiado trabajo para una persona sola –se lamenta.

En el interior las grietas decoran los muros prolijamente y el polvo deja una estela cenicienta sobre los muebles.

-¡Qué carajo! Si quieren la casa que se gasten el dinero en arreglarla como Dios manda. Y si no habrá que vender…refunfuña con ella misma mientras va desede la única habitación, atiborrada de aperos del campo, a la cocina. Después abre un par de minutos los grifos para que corra el agua en el fregadero, se sienta unos minutos en una silla, algo desvencijada, que está junto a la chimenea y mira todo sin emoción.

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Fue precisamente ahí, al calor de las brasas donde las tres hermanas sellaron su pacto. Con sangre y con saliva, como se hacían antes las promesas. Micaela no miró cuando Casilda le hundió el alfiler y la sangre brotó de su dedo en burbujas pequeñitas. El acuerdo era solemne, pero el ritual era básico. Las tres hermanas juntaron sus dedos con su correspondiente gotita de sangre que mezclaron con saliva de las tres. El juramento se produjo el mismo día que la madre las animó a ser aprendizas en la peluquería de la Otilia. La única peluquera del pueblo estaba mayor y, aunque se resistía a dejar el negocio, su falta de pericia con las tijeras y las quemaduras con las permanentes la obligaron a buscar ayudantes de reemplazo urgente. Las tres hermanas fueron aprendices hábiles, se dedicaron con determinación al oficio y se hicieron pronto con la clientela, renovaron el local y llevaron aires nuevos a los moños y cardados de siempre.

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Aunque a Hilaria no le gusta regodearse en los recuerdos y, menos aún, recordar a las hermanas pero los pensamientos sobre todo aquello la asaltan cada vez que llega a la casa abandonada del campo.

Los padres contemplaron con alivio como la peluquería de sus hijas era un negocio próspero. Con ello se evitaban preocupaciones sobre el engorroso asunto de la dote el día que ellas se decidieran a casarse. El padre había vivido siempre con el temor de tener que hacer frente a tres bodas sin ningún respiro entre ellas. El desasosiego de la madre no había sido menor, preocupada porque llevaran un buen ajuar. Aunque con el dinero que van ganando como peluqueras ya no es necesario que ellas mismas borden las sábanas y los manteles, los podrían encargar a las tiendas de la ciudad, auguraba la madre. Sin embargo, el tiempo transcurría sin que ninguna de ellas diese el más leve indicio de algún romance o de interés por cualquiera de los mozos del pueblo. Los padres podían tranquilizarse porque ninguna de las tres hijas daba muestras de pensar en el matrimonio.

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Cuando Hilaria se mueve la silla emite quejidos de madera a punto de desvencijarse, aunque tan solo son llamadas de atención porque a pesar de los años la silla sigue en pie. Hilaria también se queja hacia sus adentros y aún no comprende cómo se dejó engatusar por Casilda y menos aún aceptar su descabellada propuesta.

Qué otra cosa se podía hacer en aquellos días… nada, qué carajo. Los muchachos no nos querían. Las muchachas tampoco. Pero, madre se empeñaba en qué sin un hombre malograríamos la vida. Somos peluqueras, tenemos un oficio, ganamos un jornal, para qué un hombre –Hilaria argumenta en voz alta, siempre ha estado convencida de que es mucho más fácil encontrar repuestas si uno se pregunta a sí mismo en voz alta.

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Los días de juventud pasaron tan rápido que no se dieron ni cuenta. Las muchachas  de su edad se enamoriscaban pero las hermanas no se detenían en esas frivolidades dedicaban todo su tiempo a la peluquería; después cuando las demás se prometían y se casaban tan felices, ellas estaban ahí como profesionales ejemplares para peinarlas.

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Una noche mientras recogían la peluquería Casilda lo confesó todo de golpe ante las hermanas. Jamás un mozo le había lanzado un requiebro, ni tan siquiera un piropo. Micaela reconoció que le ocurría lo mismo. Hilaria calló, sabía que a ella tampoco. Las tres eran mujeres de buen ver, algo desgarbadas y quizás un poco reservadas. Pero la peluquería las había ayudado, les había soltado la lengua y eran menos ariscas. No eran guapas, tampoco feas. Los tintes de pelo en colores claros dulcificaron sus facciones. Sin embargo, nadie se fijaba en ellas. Por eso, surgió el pacto.

.TRES HERMANAS

Un pacto secreto entre las tres: permanecerían siempre unidas, siempre solas. Hilaria dudó antes de juntar su sangre con la de las hermanas, era consciente de la trascendencia de su renuncia: al marido, a la maternidad, a los nietos cuando ya fuera vieja. Pero, la fuerza y el arranque de Micaela, la menor de las tres, la convenció. Además no iba a ocurrir un milagro a sus edades, se cuidarían entre ellas, las hermanas estaban para eso.

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Hilaria sentada en la silla se sonroja cuando piensa en Mateo, el viudo de las viñas colindantes, y en el sofoco que le dio el día que él se paró a hablarle, primero de las vides, luego de los riegos compartidos y, por fin, de la necesidad de casarse con una mujer de bien. Hilaria se apartó de él como de una enfermedad contagiosa, guardó su secreto y no les habló a sus hermanas de la petición de matrimonio que había recibido junto a la alberca en la parcela del campo. Ella había sellado con sangre y saliva un pacto que cumpliría hasta la tumba.

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-Lo mejor es venderdice mientras se incorpora de la silla y aparta de su mente sus pensamientos- Ya no hay apego a nada ¡qué carajo!

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Hilaria sale de la casa y cierra de nuevo la verja. No mira hacia atrás, tampoco hacia adelante, fija su mirada en el suelo y camina resuelta hacia su casa. El calor continúa sofocante, acelera el paso pero sabe que no podrá evitar pasar por delante de la casa de Micaela, la que se hizo en el Camino Nuevo justo al lado del corralón de los padres. Se mudó allí cuando la casa aún no estaba terminada, tenía prisa por celebrar la boda.

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-Hilaria, el Jacobo me ha pedido que me case con él y le he dicho que sí –le espetó la hermana pequeña una mañana cuando abrían la peluquería-. Ahórrate el decirme que es más viejo que yo. Lo sé y no me importa. Pero, sobre todo, ahórrate el decirme que traiciono el pacto. Eso fue una estupidez. Casilda lo sabía, por eso se fue.

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Casilda se marchó la noche en que Mateo se acercó solemne a pedir su mano a la casa de las hermanas, como correspondía en ausencia de los padres muertos. Él era hombre de ley y hacía bien las cosas. Hilaria le cerró la puerta de golpe, sin darle oportunidad para explicarse. A Casilda le faltó tiempo para salir corriendo tras el novio ofendido no fuese a arrepentirse.

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Hilaria llega empapada de sudor a la peluquería, desde que está sola con el negocio pocas clientas la requieren, menos aún en la hora de la siesta cuando la tierra arde y la gente permanece recluida en las casas. Todo el pueblo cae bajo el sopor estival y solo se puede esperar a que el sol se oculte y las temperaturas den tregua.

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Hilaria coge un vaso y lo llena del grifo del lavabo donde lava las cabezas. El agua está caliente pero la bebe de golpe y comienza a sudar aún más. Con el vaso aún en la mano se mira de soslayo en el espejo y no entiende porqué sus ojos oscuros le inspiran el mismo temor que la mirada de azabache de los mirlos disecados de su padre.

mirlo

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Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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