chica-chicLa tarde de la fiesta de su vigésimo cumpleaños Mimi ocultaba sus ojos azul mar infinito tras unas gafas enormes de Gucci. En cambio, lucía sin ningún recato sus preciosas piernas embutida en una minifalda de Chanel y, con una camisa transparente de Lacoste, dejaba imaginar, sugerente y atrevida, el resto de su figura.

Sí, prefiero lo francés -argumentaba en tono confidencial a las amigas que la rodeaban mientras brindaban con copas de cristal finísimo por su feliz aniversario.

Formaban un animado corro junto a la piscina en el jardín de su casa residencial.

Pero las gafas, italianas, no en vano provienen del país del sol –sentenció cuando vació su copa de burbujas doradas.

Alberto la miraba desde la lejanía del otro lado de la piscina. Claro que el resplandor del agua y la oscuridad de los cristales Gucci para evitar los dañinos rayos ultravioletas no permitían que Mimi advirtiese su presencia.

Vamos, Mimi, pues no pensabas eso anoche cuando te quedaste en el coche con Patrick –la interrumpió Vera.

-Bueno, chicas, no hay que confundir. Una cosa es la ropa y otra los hombres, claro… He de decir que la cerveza, el whisky y los hombres irlandeses tienen cuerpo, desde luego. –dijo al tiempo que su risa de cascabel contagió a su grupito de amigas.

Desde su ángulo Alberto no podía oír sobre qué conversaban, ni de qué se reían, tan solo veía la llegada de los numerosos invitados a la fiesta de Mimi. Todos con chaquetas, todos con polos y vaqueros, todos con un look informal, todos presumiendo con las mismas firmas, todas de prestigio, todas del gusto de Mimi.

Alberto casi vestía igual que los invitados de Mimi, él también llevaba un polo y unos vaqueros de buena calidad pero sin logotipos de marcas para avalar su prestigio, el de él, no el de su ropa, claro.

Mimi esta tarde estás espectacular– le susurró Diego al oído al pasar cerca de ella al tiempo que le rozaba imperceptiblemente la mano.

¿Qué? ¿Qué te ha dicho…? ¡Ufff!!! ¡Diego!! Me muero, por Dios ¡¡dímelo!! – le suplicaba Vera al tiempo que le pellizcaba el brazo hasta que la piel de Mimi enrojeció al tiempo que se le escapaba un agudo gritito de dolor.

-¡Vera! qué bruta, nada… Además, ya sabes, lo nacional no me interesa en absoluto – concluyó Mimi con una sonrisa de satisfacción.

A medida que la tarde caía en el jardín de Mimi se llenaba de más jóvenes y de más marcas, de más bandejas vacías de comida y más cubierto el suelo de botellas y vasos abandonados. Mimi iba alegre y risueña de un lado para otro, se paraba en todos los grupos y permitía, altiva y distante, que la adularan todos un poco.

.

Alberto observaba desde la distancia los besos que Mimi regalaba y las sonrisas que repartía.  Pero, sobre todo, pudo ver con total nitidez desde el abismo del otro lado de la piscina el momento preciso en el que ella, considerando ya la hora del atardecer y la poca luz que regalaba el sol a esas horas, se quitó las gafas de sol, con un gesto de coquetería y sensualidad absoluto. Sus gafas Gucci, por supuesto. Entonces, de pronto, todo se confundió para Alberto en su pensamiento y en su realidad. Imaginó los ojos azul noche de la chica y las pestañas rubias que los protegían y notó una punzada en el corazón tan intensa que apenas podía respirar pero, más aguda aún, cuando comprobó, a pesar de la distancia que los separaba, que al colgarse las gafas en la blusa, el escote de la chica se abría sutilmente en una clara provocación.

.

Aquel escote, desde luego, no solo lo confundió a él, fue la llamada para todo los tipos de la fiesta que, convocados por los redondos senos de la chica, rodearon en tropel a Mimi. Todos menos él, claro. Aunque, fruto del nerviosismo que en esos instantes experimentaba, se enredó inexplicable e irreparablemente en la manguera del jardín cayendo de bruces sobre sí mismo, al tiempo que golpeaba la llave del riego, que se hallaba justo debajo y que,  para desgracia suya y sorpresa del resto de invitados a la fiesta,  se abrió de golpe y puso en funcionamiento todos los aspersores al unísono, que comenzaron a  lanzar miles de gotas de agua cristalina y fresquita en todas direcciones con la intensidad de un chaparrón de tormenta. Los invitados con sus ropas de marcas carísimas y las invitadas con sus peinados de peluquerías de élite quedaron completamente empapados en apenas unos segundos hasta que Alberto como pudo consiguió cerrar de nuevo la llave, aunque ya era demasiado tarde. El diluvio artificial había pasado por agua a todos los participantes de la fiesta.

.

¡Oh!, ¡oh! – gimoteaba Vera- Te juro Mimi que como tu padre no despida al inútil del jardinero no vuelvo a tu casa, ¡¡¡no vuelvo!!!

Pero será… idiota, -gritó Diego mientras intentaba sin éxito que el agua no disolviese la gomina de su pelo y todos sus rizos se declarasen en rebeldía, al tiempo que apresuraba el paso y corría en dirección a la casa para resguardarse del aguacero provocado y secarse.

A Mimi le bastaron apenas unos segundos para llegar, hecha una auténtica furia, hasta donde se encontraba Alberto en la distancia remota del al otro lado de la piscina.

– A ver, ¿estás tonto o qué? Se puede saber en qué estabas pensando… cuándo se entere mi padre… ¡¡verás!! -le espetó con toda la ira de la que fue capaz y con la misma velocidad que había llegado se dio media vuelta para marcharse.

– Espera, Mimi, lo siento, espera…

La chica se detuvo y lo miró de frente, llevaba el pelo mojado y las gotas le caían por la camisa transparente de Lacoste que, también mojada, se adherían a su silueta formando una segunda piel. Alberto sonrió extasiado y pensó, sólo por un segundo infinito y eterno, que sí merecía la pena la vida, el agua y la jardinería.

-¿Qué? ¿Qué? – se impacientó Mimi

Nada. Sólo, solo…yo.. bueno, yo solo pretendía regalarte un poco de lluvia

-¿Cómo? Pero…  ¿te has vuelto completamente majara o qué? ¡Qué te den!! Has arruinado mi fiesta de cumpleaños. ¡Jamás te lo perdonaré! – le gritó una Mimi que echaba chispas de odio por sus ojos de noche y le fulminaba con una miraba chorreante de rimel mientras se alejaba en dirección a la casa gimoteando y a todo correr.

  Vaya… solo un poquito de lluvia… ufff!!!  Pero se me olvidó el paraguas…, el paraguas Guess, por supuesto– murmuró bajito Alberto mientras sentía que la tierra, convertida en charco, cedía bajo sus pies.

Gucci  bajo la lluvia.

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

Anuncios