AYEH

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Finalmente, cuando al fin otra vez se hace el silencio, Scherezade retoma su narración magnética, volviendo a la suspendida historia de marinos y náufragos:

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– Este cuento, mi amo y señor ¡Que celebren mil años las jácaras tu gloria! sucede muy, muy lejos de palacio, en los más remotos confines de tu imperio, allende el Gran Desierto, al otro extremo del mundo. La más alejada de tus provincias es un país de montañas constreñidas por dos océanos, uno de agua y el otro de arena. Y sus protagonistas no son insignes navegantes, ni nobles gentes nómadas. Ni tan siquiera sagaces malhechores. No, únicamente son dos infelices, dos pobres miserables, nada más que simples indigentes. Pero, audaz llaman a Ayeh y valiente a Zafire.

Ayeh nació en plena kasbah, lo más pobre de Tánger, el extremo peor reputado de la medina. Recuerda haber pasado toda su infancia sin salir del laberinto de empinados callejones y vericuetos que mueren a los pies del talud amurallado. No conoce a su padre y, excepto un par de años en que su madre consiguió que fuera a la escuela y mal aprendiera a leer y escribir, toda su vida ha transcurrido en la calle. 

También ha sido la calle la que le ha enseñado todo lo que sabe, todo lo que realmente necesita para buscarse la vida. Por eso, aunque Ayeh no sepa cocinar, ni limpiar, ni tenga ninguna ocupación estable, suele desenvolverse con soltura.

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Siempre se opuso a la madre; a seguir los pasos de su madre. A los quince, quiso que la acompañara a Europa, a la acomodada casa de un extranjero. Pero ella prefirió quedarse en aquel garito de dos habitaciones y aprender a vivir a salto de mata. Sola. Dormir sola en una casa vacía de aquel barrio, la volvió fuerte y valiente. Bien pronto intuyó un peligro en su piel clara y su pelo castaño. Recuerda cómo entonces solía recelar de los demás; de los que se decían amigos. Los años con su madre propiciaron que soportara mal cierta proximidad. Cuando se sentía débil o desprotegida se rapaba para parecer un chico. A los diecisiete consiguió un arma y dejó de preocuparle la longitud su pelo.

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Conoce a mucha gente en el centro y es capaz de un sinfín de cosas. Puede llevar  recados, hacer encargos o merodear por playas y descuideros. También es capaz de ratear, planear pequeños timos o leer la mano. Si no le queda más remedio, pide por las terrazas de los cafés y hoteles del paseo marítimo… lo que haga falta para ganar el sustento y juntar unos dírham. Su ocupación preferida es pasear a los turistas y enseñarles la medina. Resulta un trabajo sencillo y agradable, pues le parece fácil recordar palabras o expresiones de las dos o tres lenguas más frecuentes sin apenas mezclarlas.

De esa manera, durante todo el verano tiene asegurado el jornal.

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Suele comenzar la visita enseñando el barrio viejo, donde narra las leyendas y sucesos que aprendió de pequeña, porque se habían quedado pegados a alguna esquina o algún zaguán. Lego sube más alto y les muestra la panorámica de la ciudad que limpia se ofrece al mar. Por último, les acompaña a un café para que se refresquen -casi siempre la invitan- y a un par de comercios donde, finalmente, recibe dos propinas: una del dueño, previamente acordada y otra, generalmente más generosa, del visitante.

De esta manera, un día con otro, va tirando.

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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