ZAFIRE

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Por el contrario Zafire, Zafire el-Khattabi, viene de lejos. Viene de las montañas. Suelen decir que lo alto procede de la altura. Su piel  brilla con el matiz de los beduinos y en la voz guarda el quejido de un antiguo eco aspirado. Su porte es sereno y su caminar decidido. Abandonó la cabila y las peladas sierras del Rif porque no quería vivir entre rebaños de cabras ni seguir la tradición familiar del pastoreo.

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No quería llevar la existencia solitaria y amarga de su madre. La vida entera apacentando ganado. Ni tampoco malvivir entre pagos inhóspitos. Sola. Todo el tiempo sola. Sin poder hablar con nadie durante tantos días que las palabras casi se olvidan y al decirlas no quieren salir.

No le dejaron ir a la escuela. Las niñas de las tribus de la sierra no van. No. Sólo por ese motivo no sabe leer ni escribir. Pero el almuecín, tras la hora sagrada de la oración, reunía a los pequeños bajo un toldo y les enseñaba el Alcorán cantando a grito pelado. Una y otra vez, hasta que se lo sabían de cabo a rabo. Y Zafire resultó un prodigio de memoria, pues fue capaz de retener en poco más de año y medio todos los suras con sus correspondientes preces, loas y responsos. Después de tantos años todavía puede recordarlos casi todos, así como todos los cuentos y leyendas de los caminos de la montaña y todas las fábulas del Hadit y la cabila. También todo lo que aprendió por tradición oral de boca de sus abuelos y ellos, a su vez, habían oído cuando niños a sus mayores. Incluida la historia de una mujer que había comprado con cuentos mil días de su vida.

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Zafire recuerda que de pequeña prefería quedarse escuchando las hermosas palabras que decía el imán a irse a jugar con sus primos. Recuerda que entonces soñaba con llegar a ser eso, un alfaquí o doctor de la ley. Un sabio que se ocupara solamente de las historias cantadas de viva voz y de las palabras que resuenan, pues en las oquedades de los montes son las únicas que todo el mundo entiende. Pero al parecer, su padre no tenía las mismas ideas. Y en vez de enviarla a un maestro, como a sus dos hermanos mayores, un buen día se le ocurre juntar un hato de diez o doce cabras y, con las mismas, echarla a gritos al monte.

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Y allá arriba, sola entre los riscos, como un animal más, durante días y días, ve cómo va pasando su vida. En silencio, sin nadie con quien hablar. Por eso mismo, cada tarde, en la alta peña de la hora sagrada, rememora todas las aleyas y sentencias de la Sunna y también, en voz baja, repite todas las oraciones y jaculatorias que aprendió de pequeña. Después, se yergue para recitar uno a uno todos los zéjeres y todas las loas, todas las coplas y todos los adagios. Por último, alza la voz para cantarle al aire todas las jarchas, todas las endechas y todas las jácaras y romanzas que oyó durante su infancia. Todo, absolutamente todo lo que sabe o recuerda. Y, como cada tarde, considera que no es suficiente.

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Así que una mañana cualquiera baja al mercado, malvende las cabras y se pone en camino, sendero abajo, hacia el calor asfixiante del wad y las llanuras. Camina toda la tarde y toda la noche y al amanecer llega a un pueblo grande y sucio. De parte a parte lo atraviesa una vía férrea sembrada de basuras. Aunque nunca lo haya visto tan cerca, sabe bien de que se trata y se sienta en el suelo a esperar. Poco después divisa los cargados vagones de un tren minero que, para no sobresaltar la dormida población reduce velocidad. Sin pensarlo dos veces Zafire trepa al último vagón, se tumba sobre la carga de polvo mineral y se cubre el rostro con el antebrazo. Cuando despierta el tren está parado, la luz brilla distinta y el aire tiene un gusto nuevo. Grato. Ella aún no lo sabe, pero está probando la atmósfera del mar.

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.UN SUEÑO –>

Relato breve escrito por Alejandro Nanclares

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