.UN SUEÑO

Dos personas que viven del mismo modo y con idénticas malas artes en esa ciudad, tarde o temprano acaban por cruzarse. Sin embargo, su encuentro no será en absoluto fortuito. Es más, ya hace algún tiempo que se conocen, pues son parte de la caterva asidua de un destartalado café en Ville-Nouvelle, donde se reúne y organiza lo más selecto del hampa local. A ninguna de las dos le gusta, pero resulta necesario para sobrellevar la escasez de los meses invernales. Ellas forman el equipo elegido para controlar las inmediaciones del ensanche litoral con sus hoteles de lujo.

.zafirE y ayeh- UN SUEÑO

Deben aguardar la ocasión y no dejar escapar una sola oportunidad. Hay que estar al acecho y aprovechar el descuido. Vigilar el despiste del que vacila o del que ha perdido la orientación. Luego, una parte se pone en común, para quien no haya tenido suerte ese día. Ellas generalmente sí que la tienen. Se les ha asignado buen sector y saben aprovecharlo. Una es ágil y la otra fuerte: se complementan y ayudan. Poco hay que esperar para que de cómplices, pasen a ser amigas.

 

Al mismo tiempo, durante la tediosa inactividad a que obligan los días fríos o lluviosos, una tenaz idea va fraguando en la obstinada cabeza de Zafire. Es precisamente uno de esos nefastos días invernales, cuando tras repartir unas menguadas ganancias, lo deja caer como al desgaire:

  • En este sitio no hay nada para nosotras ¡Por qué no nos vamos de aquí! Deberíamos armarnos de valor y decidirnos a cruzar.
  • ¡Ay qué bien te conozco! Sabía que no estabas más cuerda que las cabras de tu padre. Pero si de verdad hablas en serio, lo que estás es loca de atar – dice Ayeh riendo, al tiempo que gira el dedo índice junto a la sien.

Más molesta por la burla que enfadada por la salida de su amiga, Zafire le agarra del antebrazo y sacudiéndola pregunta

  • ¡No seas ignorante! ¿Por qué dices eso?
  • ¿Por qué? Sabes de sobra lo que pasa; la suerte que corre la mayoría de los que quieren cruzar. Barcas que naufragan a vista de la costa; convoyes enteros que se hunden en mitad de la noche; el número de ahogados… ¿Ya no prestas atención a lo que cuentan los turistas? ¡Qué hay de los cadáveres vomitados a la playa, retirados por la policía a toda prisa, antes de amanecer! Todo el mundo lo sabe. Aunque no hablen de ello ni las autoridades ni los periódicos… claro que eso a ti te da igual ¡Como no sabes ni leer!
  • No es verdad. Eso sólo son patrañas de timoratos y de cobardes. Todo eso no es más que …
  • ¡Ah, y que no se te ocurra volverme a llamar ignorante! So pueblerina ¡Tú sí que eres ignorante y, además, analfabeta!

.ZAFIRE AYEH- UN SUEÑO 2

Al oír el insulto Zafire enrojece y aprieta los dientes. Se vuelve, sujeta con fuerza a su amiga y abre la otra mano a una cuarta de su cara. Pero cuando el tortazo parece inevitable, se paraliza en el amago. La mirada se ausenta y la respiración se ralentiza. Por fin suelta el brazo de Ayeh, cuya primera reacción había sido cubrirse la cabeza. Como el tortazo no llega, se descubre y ojea a Zafire. Le parece que no está enfadada ya. No. Ha debido recordar algo y se ha quedado absorta. Como pensando en otra cosa, Zafire le dice a la amiga:

  • Abandoné la vida de la sierra y sus hediondos rebaños -a los que a veces, hasta añoro- porque pensé que aquí, entre las prósperas ciudades de la costa, sería posible la vida que deseaba. Renuncié para siempre a mis familiares, a sabiendas de que jamás podría regresar, que nunca más podría volver a verlos. De esa forma me convertí en una proscrita. Lo hice porque quería vivir de otro modo, ser algo diferente. Imaginé que podría estudiar y llegar a ser ulema de la fe. Tú ya lo sabes. Soñé con un futuro mejor. También puedes ver en que han parado mis planes. No somos más que unas pobres rateras, unas miserables que a duras penas obtienen el sustento, sin más esperanza que la cárcel  ni más porvenir que el hampa.

Y como Ayeh continua en silencio, escuchando, Zafire añade

  • No puedes entenderlo, lo sé. No puedes. Jamás has salido de aquí y esta ha sido siempre tu vida. Pero antes, en el monte, aunque fuera tan pobre y miserable como ahora, quizá más, yo vivía de mi trabajo y no del delito. Es algo que tuve una vez y he perdido. Lo único que traje conmigo fue mi sueño. No quiero perderlo también.

Ayeh la mira airada, aún molesta or los empellones recibidos, y responde

  • Pero… tú, bonita; tú, princesa; tú, imbécil ¿Pero tú qué te crees? ¡Tú, a barrer, reina! Ulema de la fe, ulema de la fe ¡Anda que…! ¡Pues no te fastidia!

Enfurruñadas se alejan en la misma dirección. Muy dignas, cada una por su lado de la calle. Zafire carece de casa y hace algún tiempo ya que vive con Ayeh. Al llegar a la esquina desierta, esta última se para un minuto, reflexiona y se vuelve hacia su amiga. Le apunta con el dedo, como para que no haya duda que se refiere a ella, y le grita:

  • ¡Eh, tú, ulema de la fe! ¡Eh, tú, ilusa… princesa de todos los rebaños de cabras de la sierra! Ja, ja, ja, escucha… ¡Que ya lo he pensado! ¡Que sí! ¡Que vale, que de acuerdo, que cuentes conmigo!

Y sale corriendo.

Tanger

.VÍSPERAS –>

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Relato Breve Escrito por Alejandro Nanclares

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