.verano en paris - narrador

Soy un narrador de cuentos. Solo soy la voz del autor disfrazada de palabras. Se me conoce por lo que digo, nunca me describen.

Ser el narrador de un cuento tiene más ventajas que inconvenientes. Soy invisible al lector y esta peculiaridad me permite irrumpir en las vidas de mis protagonistas, penetrar en sus habitaciones más secretas, encontrarlos en las noches de luna nueva, cuando se esconden en los hoteles. Verlos en los descampados oscuros a través de los cristales empañados del amor, y escuchar sus jadeosas respiraciones. Pero como narrador, lo que más me gusta es enredarme en los pensamientos de mis protagonistas.

En ocasiones desearía ser visible, que los protagonistas me descubrieran. Que me dejaran sentir sus miedos, convivir sus sorpresas, asustarme con sus sustos, disfrutar juntos de las alegrías. Lo cierto es que nosotros los narradores lo que realmente queremos es conocer los pensamientos de los protagonistas, nos gusta tanto eso que cuando no podemos penetrar en sus mentes, cuando los protagonistas nos bloquean, inventamos sus pensamientos.

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Hace unos días escogí a mi protagonista. Es una mujer que cada mañana encuentro en la parada del tren. La mujer de la gabardina azul. Ella creo que me ve, pero no me reconoce, no sabe que soy su narrador. Cada mañana yo se lo digo penetrando en sus pensamientos, pero no funciona.

Intentaré explicarme.

Lunes, el primero de agosto, y muy temprano. En el reloj de la estación de Issy val de Seine aún no han sonado las siete. Hace frio y la bruma que trae el Sena flota por entre las vías del tren. Estoy en Francia y en agosto hace frio. Los veranos aquí son cortos. Me siento en el banco del andén, a mi tren le quedan diez minutos para llegar. Pienso en lo afortunado que soy y doy comienzo la búsqueda de mi protagonista. Necesito uno para mi próximo cuento. Todos los que me rodean me parecen anodinos. Y entonces me fijo en la chica de la gabardina azul. Esta sola. Me inventó un nombre y la llamo Judit, o mejor Sara. Ella será mi próxima protagonista.

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Sara ha subido sofocada las escaleras y se acerca con prisa hacia mi asiento. Yo le sonrío, pero ella aún no me ve. Siempre se me olvida que solo soy el narrador. Su gabardina azul marino oscuro, de un azul marino tormentoso, me da la sensación de estar vieja, gastada, cansada como ella. Sara no sonríe, habla sola y desvía la mirada para asentir a su interlocutor invisible.

Desde aquel lunes, cada día busco a Sara por la mañana, en la estación del tren. No siempre la encuentro y mi historia no avanza. Comienzo a desesperar. Necesito un cuento y esta protagonista me está bloqueando la historia. Su vida parece tan inexistente como la mía.

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Hemos sobrepasado ya el 15 de agosto, y el verano comienza a claudicar. He salido temprano de mi pequeño apartamento, al cerrar la puerta he despertado al perro del primero que comenzó a ladrar. A Sara la imagino viviendo en una casa con jardín. Hoy tengo el alma dormida, me faltan ánimos y voy en silencio a la estación. Ayer no escribí nada, mi protagonista se resiste.

Veran en Paris - mujer judiaVeo su gabardina a lo lejos, ya está en la parada del tren. Corro y antes de que el tren nos abra sus puertas aprovecho para aproximarme a ella, con amabilidad me cede el paso, y entonces veo su peluca, le disimula el rostro. No lo había notado hasta ahora. Inicio mis pesquisas. ¿De qué color será su cabello? Lo imagino negro como la peluca. Y ¿si no tiene? Sonrío sin saber muy bien porqué. Me sorprendo. Presiento que nunca lo sabré. Lo vuelvo a imaginar negro y me siento al lado del chico que duerme.

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No es más alta que yo, lo cual no es decir mucho, puesto que siendo yo el narrador, no me han descrito. Diré que no es baja. Nunca lleva pantalones, siempre la encuentro con faldas y son largas, por debajo de las rodillas. Las faldas que Sara esconde bajo la gabardina no dejan adivinar su cuerpo. Tiene las piernas gordas. Hoy hacia calor y llevaba la gabardina abierta. He visto su blusa. Es blanca, sin adornos. También lleva medias blancas, que cubren sus rechonchos tobillos. Pero la gabardina lo tiñe todo de azul, de un azul marino oscuro, oscuro de tormenta. Solo un par de botones dorados, que adornan la parte de atrás de la gabardina, aportan el toque de color a la mujer.

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Mi historia no progresa. La protagonista no aporta movimiento al relato. Todo es rutinario y sin giros. Aun desconozco como idearé el nudo de la historia. Me pregunto quién es esa mujer, desconozco dónde vive, a dónde va, con quién habla cada mañana, porqué lleva peluca, y porqué la gabardina está vieja y es azul. La vuelvo a mirar, ahora con descaro. Estoy cansado de imaginar, sin disimulo intento descubrir más sobre ella. Ella también mira, pero no me ve.

Hoy el tren se ha parado en la estación de Versalles, sin motivo. Nos avisan por los altavoces que permaneceremos allí durante algunos minutos. Algo en las vías impide el normal transcurso del viaje, nos dicen. A los viajeros del vagón donde mi protagonista y yo nos encontramos, parece no importarles mucho el retraso. Continúan con sus lecturas, mantienen las cabezas agachadas, iluminadas por las pantallas de los teléfonos. Unos teléfonos deseosos de mensajes de amigos o de novias, mensajes que no parecen llegar, mensajes atascados, como el tren. Otros, los menos, leen libros de papel de verdad. Sonrío al verlos. Mi protagonista mantiene la mirada en la ventana y la gabardina puesta,  ya no habla y parece buscar algo, quizás a alguien. Yo sigo sin poder entrar en sus pensamientos.

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Todos hemos llegado tarde al trabajo. Las nubes han teñido el cielo del verano de un gris azulado, muy parecido al tono de la gabardina de mi protagonista. La humedad se me cuela por entre los pliegues de la ropa. Por unos segundos la pierdo de vista . La descubro flotando entre los ríos de jóvenes que intentan salir de la estación para poder entrar en sus oficinas y malgastar el día. La sigo con la vista. Me acerco mucho y huelo su ropa. No hay rastro de perfume. Se ha molestado y gira la cabeza, me mira inexpresiva, yo me disculpo servil y ella devuelve una sonrisa. El caudal de chicos y chicas nos arrastra hasta los tornos, y al girarlos nos volvemos a tocar. No he sentido nada. Esta vacía igual que los demás.

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Poco antes de terminar el verano, la encontré en el tranvía, llevaba una gabardina blanca. Con calma cerré mi cuento. No era mi protagonista. Seguiré buscando.

Verano en Paris-Tranvia

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Relato Breve Escrito por Merche Postigo

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