LA TRAVESIA

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Por fin, cuando llega la hora acordada, salen del escondite y se dirigen al embarcadero. La primera sorpresa es que entre tanta gente no hay nadie conocido, ni siquiera los que se hacinaron en el camión cubierto. La segunda, la gran cantidad de personas que pretenden subir a un exiguo bote neumático.

.ZAFIRE y yadih LA TRAVESIA

No sin un poco de aprensión, perciben que son las únicas adultas del grupo junto con el guía El pasaje está compuesto prácticamente por adolescentes, algunos muy jóvenes, casi niños. Hay varias chicas que huyen de las guerras subsaharianas; una visiblemente embarazada. Protestan. Pero les responden que no se apuren, que la mar no es la misma que al otro lado del estrecho y además, hoy está en completa calma. También dicen que el trayecto es algo más largo, pero mucho más seguro

 -¡Cuanto más lejos del peñón se cruce, mejor! Acaso no lo sabíais. Hoy nadie, nadie se va a enterar de que llegamos ¡Podéis subir tranquilos!

Ansiosos como están por cruzar, se dejan convencer, y poco a poco se van ajustando como pueden. Hasta veinte personas en un bote neumático para diez, con el agua casi por la línea de borda. Agachados, acurrucados, asustados, callados sueltan cabos y se alejan de la tierra.

Se suben a ese pez monstruoso de escamas salobres. Lentamente la lancha se va adentrando en la noche, en el oscuro y brillante silencio de la noche del mar.

.ZAFIRE AYEH - LA TRAVESIA 2

Hay un fuera borda que les acompaña “por si hubiera problemas”. Zafire no quiere ni preguntarse de qué podría servir el pequeño fuera borda si se presentara algún problema. Lleva dos tripulantes y, a lo sumo, podría llevar otros dos o tres más. Es toda la seguridad que puede garantizarles. Ojalá no surjan inconvenientes ¡Que no suceda nada! Y levanta la cabeza al tiempo que recita una jaculatoria mecánica, mientras percibe que se encuentran flotando en lo alto de un abismo. Suspendidos sobre una sima insondable. Atravesando un foso enorme sin más fondo que la profunda negrura del mar, tan sólo duplicada por la inmensa negrura del cielo. Y ambas se han mezclado para confabularse con la hondura de la noche, donde no hay más raya que las separare que la leve estela blanca que deja su patera. Una huella que se deshace. Por suerte el viaje, sigiloso y tenso, va transcurriendo como se esperaba.

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Tanto tiempo de inmovilidad en posturas incómodas, de permanecer acurrucados, casi en posición fetal, les va entumeciendo los miembros. A la molesta sensación de cosquilleo le sucede luego la otra, la de dolor y por último, la más completa insensibilidad. Comienzan a sentirse ateridos por la humedad fría de mar adentro y por el agua que va entrando en la embarcación. Las primeras arcadas proceden de la mujer embarazada pero, poco después, el olor ácido de los vómitos se extiende a todo el pasaje. Zafire nota sobre la espalda una bocanada húmeda y caliente que rápidamente se enfría, dejando un hedor penetrante y acre. Ni tan siquiera es capaz de volverse a mirar.

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Durante un breve instante, un lejano destello luminoso les indica que están cruzando frente a la isla de Alborán y aún faltan varias horas para avistar tierra firme. Después, enseguida, otra vez el abismo de la oscuridad rodeándolo todo. El mundo ha desaparecido. Pero es mejor así. Es mejor que no haya ninguna luna que delate y poder continuar sumergidos, disueltos en esa oscuridad ominosa que condena y protege.

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La primera luz no es tal luz, sino esa extraña fosforescencia mesmérica de la costa. En un momento dado, los pilotos avistan, a lo lejos, el foco del barco guardacostas. Los vigilantes no les han visto, no les han podido ver, diluidos como vienen en la sombra. Empapados en la tiniebla de la noche. Pero aún así el guía salta rápidamente al fuera borda mientras, les señala la tierra con el índice: ¡Adelante, adelante, ya habéis llegado!

-¡Remad, remad malditos! sólo tenéis que remar unos cientos de metros y luego dejaros arrastrar por la retranca de la marejada.

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Al ver cómo se alejan, el pasaje protesta y clama pidiendo ayuda a quien les abandona. Aterrados, lloran o gritan, levantan los brazos y se ponen de pie. Al elevarse el ge de gravedad, la lancha zozobra y vuelca. Los que pueden, los que son capaces de recuperar la movilidad o si quiera de estirarse, se aferran al bote neumático dado la vuelta. Los otros… No se sabe. Acurrucados como estaban se hunden, desaparecen en un mar negro como tinta.

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 Ayeh no sabe nadar, nunca llegó a aprender. Con desesperación se agarra a Zafire y al bote con la fuerza de quien sabe que va la vida en ello. Entre todos, jadeando, pataleando, logran que la pátera se vaya acercando a la incierta línea de tierra. Parece que lo van a conseguir, pero a medida que se aproximan a la costa las olas cobran fuerza y altura. Una gran resaca los zarandea como a guiñapos. El oleaje aumenta y amenaza con empujarlos contra los cantiles. Agarrándose como pueden resisten los vaivenes más violentos. Han atenazado tanto las manos que les corre sangre por la comisura de las uñas. Al poco se levanta una gran ola que les eleva y les empuja contra las rocas. El embate no ha sido demasiado fuerte pero Ayeh, que se había quedado paralizada junto a la proa, lo ha parado con su cuerpo.

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El resto sale más o menos bien parado y asiéndose a las rocas va escapando, poniéndose a salvo. Bengalas desde los buques de salvamento y gritos por el altavoz de los vigilantes costeros. Desorden, llantos, pánico y desbandada. Únicamente Ayeh ha quedado allí, inmóvil, tendida sobre los primeros riscos, casi en el agua. Zafire será detenida por una patrulla de policía poco después de amanecer, empapada, tiritando y abrazada al cadáver de su amiga.

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Son quince días de cuidados intensivos y dieta equilibrada. Quince días después, tras numerosos reconocimientos médicos y análisis clínicos, perfectamente diagnosticado su estado de salud, perfectamente sana, Zafire va a ser repatriada por las autoridades españolas. Devuelta a su país de origen. De vuelta.

Ayeh & Zafire -rescae

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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