enamoradosSe acerca lento con la seguridad cierta del que llega a la meta. Bordea táctico el espacio que la aisla formando un cerco protector de la gente anónima que la rodea. Ella sonríe y habla ajena al hombre que la sueña, esparce palabras de las que a él solo le llegan sílabas entrecortadas. Él la observa de más cerca y percibe el halo mágico de su presencia.

No hace viento pero sí sol,  los rayos se filtran a través de su pelo incendiando de tonalidades ocres su melena castaña. Ella coquetea con un mechón que, cuando mueve la cabeza, se vuelca rebelde sobre su cara y oculta parcialmente sus ojos. Su mano, pequeña y de juguete, se esfuerza por retirarlo, aunque el pelo obstinado y travieso vuelve a ocultar su mirada durante unos segundos, el tiempo breve que ella le concede a esa incómoda anomalía.

Permanece de pie, sujetando un bolso pequeño que cuelga de su hombro y que, cuando ella se gira levemente, se balancea como un péndulo de reloj atrasado. Él la observa con la atención del que mira por primera vez un cuadro que ha visto impreso antes en muchas ocasiones. No es que él supiera de ella, ni que fuera famosa y las revistas estamparan con su rostro sus portadas, no, no era eso. Simplemente que él la había imaginado ya muchas veces sin saberlo. En ella todo le resulta familiar y nuevo.

Se acerca lento al grupo con la determinación de alcanzar su sueño. Quiere apresar de un vistazo la profundidad de sus ojos esquivos, pero ella ignora su llegada concentrada en una conversación demasiado trivial. Pero él no se siente incómodo y busca la complicidad de la suerte para un encuentro planeado mucho tiempo atrás, antes de que él estuviera en esa plaza, incluso antes de que él hubiese pensado remotamente en ella.

No hay silencio, pero las palabras de todos se quedan suspendidas en el aire, cuando se fijan en su presencia. Un desconocido en mitad de un grupo de amigos que comparten la intensidad de una reunión intrascendente, un momento de esos que forman los eslabones de lo cotidiano y que va encadenando existencias. El milagro que transforma lo ajeno en propio. Él la mira de frente seguro de su encuentro. Pero ella no cede y se parapeta detrás de las risas alegres de sus amigos.

Ella de pie, distante y bella, reconociéndose en el reflejo de la mirada de un extraño. Él, inmóvil, extasiado ante la proximidad de un abrazo cálido, imagina la tersura de una piel suave como una cereza y el sabor de miel de su saliva. La felicidad le cosquillea en los labios y se concentra en la punta de sus dedos.

Se acerca hasta ella con la delicadeza del que abre un regalo frágil, su seguridad se aturulla y sólo acierta a tenderle una mano. Ella la sujeta con firmeza apenas unos segundos y esboza una sonrisa de cumplido. Entonces su móvil suena y produce el efecto devastador de una tormenta. Los dedos se liberan de la mano de él y caen al vacío como pétalos de una flor marchita. Ella se aleja, abre con precipitación su bolso y con el teléfono en la mano se marcha dejando olvidada para siempre en el aire una caricia de nube.

Él siente una punzada de ausencia en su mano y un hueco grande en el alma. Se queda solo rodeado de desconocidos que, poco a poco, se marchan sin despedirse.

rosa..

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero.

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