.Galletas de harina .. Abuela

Las crisis de tristeza se habían visto paulatinamente relegadas al olvido, saturadas ahora por espacios de contenida alegría. Su carácter agrio volvió a brotar, a igual velocidad a la que se alejaba la melancolía. Los meses de depresión, algo normal a su edad, dijo la doctora, las semanas de reclusión en la cama, los días de no querer comer, de detestar cada una de las sabrosas comidas que su hermana le preparaba, se habían quedado atrás y la abuela, a sus noventa años, volvía a hacer gala de su socarronería, para disgusto de algunos vecinos y goce de la familia.

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Sus noventa años le concedían potestades suficientes para eludir obligaciones que a otros, más jóvenes en edad que ella, les estaban vetadas.

A mitad del verano, el sonido del teléfono la sorprendió durmiendo la siesta. Respondió con desgana. Era su hermana, la pequeña, que con tono compungido procedía a informar de la muerte del marido de una prima. No una prima cualquiera, una más de las muchas que tenían, sino de la niña cómplice de sus aventuras juveniles, de su joven amiga. Un accidente muy desgraciado, le dijo la hermana, ha terminado con la vida del primo en la viña, el pobre fue sepultado por el tractor. El tractor en el que transportaba las uvas, mientras volvía al pueblo por el camino del arroyo, había volcado. Un camino muy malo para tractores. La abuela no lo dudó ni un segundo y respondió veloz “¡Pues yo no voy al funeral!, no tengo ganas de ver llorar a nadie y menos a la prima, que esa llora mucho. Yo, ahora, estoy para alegrías“. La hermana pequeña sonrió y colgó el teléfono divertida. Conocía muy bien a su hermana y no pretendía replicar sus argumentos. La nonagésima mujer, convencida de su razón, se tendió en la cama y continuó durmiendo la siesta.

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 Cuando hubieron pasado algunas semanas desde la muerte del primo, la abuela decidió que ya había llegado la hora de afrontar la muerte del familiar y de saludar a la viuda también. “Encarar la muerte de otro es siempre más fácil que imaginar la tuya propia” le decía burlona a la nieta. Levantó el teléfono de la base, marcó el número y esperó a la señal. Alguien contestó al otro lado de la línea telefónica. Era la voz de una mujer. La abuela mantuvo un corto silencio y después preguntó “Josefina, ¿eres tú?” no esperó respuesta.  “… ¡Cómo lo siento hija…! Si, lo sé cariño. Oye quería visitarte… ¿Cuándo te viene bien?” A otro lado del teléfono, la prima Josefina apenas si acertaba a hablar, los recuerdos de la muerte de su marido estaban demasiado frescos, y su mejor amiga por fin se había decidido a llamar. “Cuando tú quieras prima. Aquí voy a estar. Ahora no tengo nada que hacer ni a donde ir … “ Respondió Josefina con voz lánguida, algo apagada, mientras intentaba contener los accesos de llanto que ya comenzaban a aparecer. La abuela dio por terminada la conversación sin tiempo para más lamentaciones “Bueno ya me cuentas que ahora tengo cita en la peluquería”. Los ecos de las palabras de su prima se mantuvieron por unos segundos en la cabeza de Josefina antes de colgar el teléfono.

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A las cinco de la tarde del primer sábado de Noviembre, la abuela de noventa años dejó que su nieta, la única que tenía, la heredera de su hijo mayor, la acompañará a dar el pésame a la familia. La muchacha conducía despacio, complaciendo así a su abuela, que con divertida soberbia le indicaba el camino. Llegaron al número indicado de la calle donde vivía la viuda. La abuela dudaba sentada en el interior del coche. Notó como la puerta del coche se abría. La mano de la nieta se acercó hasta rozar la suya, no lo pensó más, rechazó con altanería senil la ayuda de la nieta y salió del coche decidida a aguantar el dolor y los llantos de la prima.

.Galletas de Harina - rayadas

La prima Josefina no estaba en casa. Algunos asuntos derivados del seguro de vida del difunto, la habían obligado a salir de casa aquella noche. Llegará más tarde, les dijo Carmen. La hermana mayor de Josefina había salido a recibirlas al portal de la casa. Hacía frio y el viento comenzaba a estropear el peinado de la abuela. Las dos primas habían crecido juntas,  se saludaron con cariño.Que bien te veo prima” le dijo Carmen con sinceridad “¡Ay, hija, si supieras lo mal que lo he pasado este verano!” respondió la abuela colocándose el cabello “Lo sé chiquilla, me lo contó Josefina, pero ya estás bien, ¿verdad?”. Respondió Carmen. La abuela no contestó y con decisión cruzó el umbral de la puerta. En el saloncito hacía calor y el viento ya no despeinaba el cardado de la abuela. Presidiendo la sala había una gran mesa decorada con un mantel de hilo y un florero con flores secas. Dos bandejas repletas de una gran variedad de galletas, madalenas y dulces llamaron la atención de la nieta. Con amabilidad, Carmen las invitó a sentarse. Las lamentaciones y pésames se retrasaron hasta después del café con leche con galletas. Así fue como la espera de la joven prima viuda se volvió más dulce y sabrosa.

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Carmen fue la primera en iniciar la conversación. Siempre los mismo recuerdos de los años de la postguerra. Los años en los que vivieron en la casa de la cuesta del calvario. Saboreando los mantecados y las galletas de harina blanca que hacia su madre. Las dos primas añoraban el hambre que pasaron. Reían recordando las hazañas del tío con el estraperlo de la harina. “Las galletas son del trigo del tío” afirmó ufana la prima Carmen. “Estaban mejor aquellas que hacia tu madre” sentenció la abuela. Las dos primas rieron. La nieta permanecía pacientemente sentada entre las dos mujeres, dando buena cuenta de las madalenas, y siguiendo con atención divertida la conversación de las dos mujeres. “Fíjate qué pena, el pobre Luis, ahora que lo tenía todo” dijo Carmen “Qué forma más tonta de morirse” enfatizó la abuela. Los ojos de la nieta se sobresaltaron. “¡Un accidente! Al menos cuando te mueres a lo natural… , duele menos, vamos que es menos doloroso para los que se quedan” continuó diciendo la abuela entre risitas, morirse así, sin avisar ni nada, es duro de digerir”, la nieta dejó la madalena en la mesa y comenzó a removerse incomoda en la silla, “además ahora que había salido del cáncer, también es mala leche”. Apuntilló la abuela.

Galletas de harina -abuela.

Llegadas a este punto la prima Carmen empezó a debatirse entre el enfado y la sorpresa, pero conocía muy bien a su prima y decidió no sentirse ofendida por sus palabras. “¿Otro cafécito, prima?”. Dijo con benevolencia. La nieta asistía como embrujada al espectáculo de la vejez. Un baño de realidad. Observar como su querida abuela ironizaba con la muerte la sorprendía y divertía a igual proporción. Entre recuerdos y galletas se les iba la vida. Un viento frio en la cara de las mujeres dio por terminada la conversación. La puerta del salón se había abierto y la prima Josefina asomaba su tristeza. Tenía los ojos apenados, ojerosos, pero no lloraba. La abuela se levantó con dificultad. Ambas amigas se fundieron en un largo y sentido abrazo. Las lágrimas comenzaban a aflorar cuando la viuda ofreció más galletas a su prima y el segundo café con leche apareció por la puerta de la cocina de la  mano de Carmen. “Se fue por la mañana y ya no volvió, fíjate prima y yo sin saber nada” empezó Josefina, dando así por iniciado el duelo. ”Toda la tarde esperándolo y él que no venía” repetía la prima entre sollozos y restos de madalena…  “Qué sola me he quedado, prima” Insistía quejosa la viuda, y por enésima vez, la historia del accidente volvió a ser relatada, ahora acompañada de lágrimas. Las lágrimas de la prima Josefina afloraban con los recuerdos. La abuela no lloraba, solo acertaba a mirar con asombro a su prima y a escuchar con seriedad algo fingida las lamentaciones de su prima “Mujer ya han pasado dos meses, lo que tienes que hacer ahora es animarte” le dijo la abuela con evidentes signos de cansancio al verse obligada a escuchar de nuevo la historia del desafortunado tractor. Una llorosa Josefina buscaba las palabras adecuadas para responder, pero la abuela se adelantó sentenciando la conversación con un escueto “!búscate otro mujer!”.

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Atónitas por el espontaneo consejo de la abuela, Las tres mujeres alejaron la mirada de los dulces. La despedida de sus queridas primas fue corta, sin lloros. En la calle, el viento se había detenido. Abuela y nieta se miraron con complicidad y rieron juntas. En la radio del coche sonaba música romántica.

.galletas de harina- notas musicales

Relato breve escrito por Merche Postigo

 

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