UN BALÓN DE COLORES (para Almudena)

Mi esposa decidió por la mañana que a la tarde nos acercaríamos hasta la tienda del pakistaní. A comprar fruta suficiente para toda la semana. Es la más alejada de todas. Está como a cuatro o cinco  manzanas de casa. Más allá del supermercado y el kiosco de prensa. Pero  es la que ella prefiere. Por algún motivo, está convencida de que tiene la mejor mercancía de todo el barrio. Claro que, a estas alturas sigue sin poder cargar peso. Desde la operación, no debe. Así, que intento disuadirla. Le digo que hay otras fruterías en la vecindad, casi tan buenas como esa y algo más cercanas. Ahí están por ejemplo las que llevan los chinos, que son más económicas. O las de los árabes, generalmente muy bien surtidas. Pero responde que no, que iremos a la del paquistaní, porque está segura de que es la fruta más fresca con diferencia. Es la mejor, insiste. Entonces yo, como de pasada, añado que aún me cuesta caminar. Que persiste el dolor de rodilla. Que no sé si debería. Pero en vista de su determinación, me resigno y exagero un esfuerzo ostensible para levantarme del sofá sin forzar demasiado la articulación. Un cartílago no se recupera tan fácilmente. Resoplo un poco, por si siguiera mirando, y me dispongo a plegar un par de bolsas ecológicas, de aquellas que ofrecían los establecimientos comerciales cuando la campaña contra las de plástico.

Ya en el rellano, esperamos pacientemente al ascensor. Ella está convencida de que bajar escaleras es un ejercicio pésimo para mi rodilla. No así el subirlas que, al parecer, resulta algo excelente.

Nada más salir, notamos que la tarde de comienzos de verano es algo más fresca de lo que debiera ser; de lo habitual en esta ciudad y eso hace que su brillo resulte agradable. Hay mucha gente por la calle. Bullicio en las aceras y un sol tirando a blanco, extraño para la hora y para la estación. El viento agita las copas y trae un aire limpio. Tal vez de las pedrizas de la sierra, tal vez de un improbable océano ¡Quién sabe! Es la hora en que los rezagados del trabajo se cruzan con los que salen a hacer compras o a dar sólo una vuelta por ahí; a pasear. Me agrada. Entonces pliego las bolsitas ecológicas bajo el antebrazo, dejando el otro libre. Cuando caminamos juntos a ella le gusta pasar el suyo bajo el mío. Como se hacía en época de nuestros padres.

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Aún me molesta un poco aun la rodilla. Se ve que no ha soldado bien. Pero un trecho más y ahí está la gran avenida. Me gusta la avenida porque su anchura requiere dos semáforos. Dos breves periodos de reposo. Dos pausas casi al comenzar, para que la articulación vaya calentando y el cartílago inicie su misión lubrificante. Ella nota mi molestia. Dice que iremos despacio; sin forzar. Que daremos un agradable paseo a través de este viento fresco y soleado, tan agradable en los cabellos y en el rostro. Así lo hacemos.  Mientras tanto, durante el trayecto, solemos comentar todo aquello que se cruza en nuestro camino, sea entre la gente o en los escaparates. Manzana tras manzana, la molestia inicial va remitiendo.

Cuando llegamos a la tienda del pakistaní, ya me encuentro bien. No siento dolor. Por eso, después de elegir y surtirnos, le propongo que sigamos un par de manzanas más. Como hacíamos antes. Como acostumbrábamos antes. Ahora, ya casi nunca paseamos. Y así lo hacemos. Una bolsa de fruta en cada mano y la de mi mujer bajo el antebrazo derecho. Paso complaciente de quien no lleva prisa en la tarde nueva de comienzo de verano.

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Al cruzar una de las calles transversales, algo nos roza al caer. Es una rama seca. No muy grande. A ella casi le golpea en la cabeza. La acera se ha ensanchado y allí hay un grupo de niñas que saltan y gritan. Como cuatro o cinco. Dan brincos en torno a un árbol de sombra, seco a medias. Tienen piel morena, diez u once años y su leve vocerío resulta simpático, inocente. Miran nerviosas hacia arriba ¿Qué? Nosotros también miramos. Hay un balón de colores encajado entre una maraña de ramas muertas del árbol. Las niñas le lanzan la ramita seca para ver si logran hacerlo caer.

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Enseguida se excusan por el percance. Piden perdón a coro. Son consideradas y bien educadas. Mi mujer, sorprendida, encantada, niña de repente al contacto con la varita seca, les dice sonriendo que no tiene ninguna importancia. Y se suma a ellas. Como una más, comienza a ayudarles a lanzar la ramita un poco más alto. Sin ningún resultado. Entonces se acuerda de mí, que estoy parado, perplejo, con las bolsas de la compra en ambas manos, a sólo unos metros. Ella dice que yo les ayudaré, mirándome. Y mi primera reacción es dar una patada en el tronco de ese árbol medio seco para que suelte su presa. Pero me recuerdo mi rodilla y me detengo. Hago un leve gesto negativo con la cabeza y como toda explicación miro hacia la rodilla. Para que quede claro, me alejo hasta el banco que está a unas decenas de metros. Ella, sin embargo, continúa en el juego. Absolutamente implicada. Yo prefiero ser un simple espectador. El silencio es la única prerrogativa del diletante.

Todas, las niñas y mi mujer, gritan a coro cada vez que lanzan la rama seca. Es un lance más, sin resultados. Hacen corrillo. Hablan sobre qué hacer. A pesar de todo, las niñas parecen felices de contar con un adulto. La gente comienza a pararse, a mirar, a preguntar. Sobre todo desocupados, paseantes, jubilados. Hay un anciano bajito, muy pulcro, vestido de claro, que se acerca a mi esposa y pega la hebra. Ambos miran hacia arriba, hacia el balón. Él gesticula con los brazos, exponiendo una estrategia a seguir. Mi mujer atiende sonriente, pero no le cree; prefiere pedir ayuda a los demás transeúntes. Siempre ha sido así de  expansiva y sociable. La gente llega, escucha, curiosea en el corrillo y luego continúa su camino.

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Un hombre grande y fuerte se ha detenido unos minutos. Ha sopesado un segundo y ha tenido la misma iniciativa que yo. Ha dado un par de patadas al tronco del árbol sin mayores resultados y después se ha largado refunfuñando. Sin oír; sin escuchar a nadie. Casi al mismo tiempo, la dependienta del bazar chino que hay frente al árbol ha salido a ver qué pasaba. Es una chica joven, menuda, simpática. Habla unos minutos con mi mujer. Comprendido el problema vuelve al establecimiento y regresa con un escalón de mano y la pinza larga que utiliza para llegar a los estantes altos. Lo intenta varias veces, pero nada. No alcanza. Desde donde estoy, se aprecia claramente que al mástil de la pinza le falta, al menos otro tanto. El alboroto de las crías cuando creen que lo van a recuperar hace salir a la dueña, una mujer china de mediana edad con clase. Guapa y bien conservada. Le hace una seña a la otra y regresan con un tramo de escalera de varios peldaños y el manubrio de bajar la persiana metálica del escaparate. La dueña se ha transformado también en niña y ahora trepa y forcejea. Pero el balón está demasiado encajado; no es fácil soltarlo. Sin embargo, algo cae. Algo que desde mi puesto no podía ver. Es un objeto pequeño y oscuro. Un zapato, claro. Una de las niñas grita alborozada. Lo ha  recuperado y hay un jolgorio general de los presentes. Sin embargo, el balón de colores continúa en lo alto, como aprisionado por los dedos sarmentosos de una gran rama seca.

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4Realmente han debido pasar a mi lado, frente a mí, pero no me he dado cuenta. No he reparado en esos dos hombres de color azafrán oscuro hasta que no han irrumpido en el corrillo. Uno alto, con un petate; el otro más enjuto que pequeño. Se han parado un momento, como quien lleva prisa, pero han cruzado unas palabras y han avanzado hacia el árbol. Han acordado algo y el menor se ha descalzado las sandalias. A continuación ha comenzado a subir por el tronco con una habilidad pasmosa; brazos y manos coordinados, abrazando el tronco. Las plantas de los pies pegadas a la corteza, tal y como he visto en los reportajes de la tele hacer a los nativos de algunas islas para subir a las palmeras. Un movimiento simple y diestro. Enseguida ha alcanzado el follaje y la trama seca de la copa. Sin ningún esfuerzo aparente. Aún así ha costado desencajar el balón de la trampa de ramas que lo tenían aprisionado. Dos, tres golpes de puño desde abajo y por fin el balón se ha desprendido. Júbilo entre las niñas y el ooohh asombrado de la gente. El hombre menudo ha descendido con idéntica agilidad, se ha calzado rápidamente y, antes de que nadie saliera de su asombro, han recogido el petate y han seguido su camino con la misma prisa. Sólo una de las niñas ha reaccionado a tiempo y le ha dado las gracias. Han seguido gritando ¡Muchas gracias, muchas gracias! Mientras se alejaban. Ni siquiera han vuelto la cabeza. Las chinas del bazar se les han quedado mirando mientras se perdían a lo lejos. Como si repararan por primera vez en esos hombres canela. Y les han mirado como a hombres, no como a simples transeúntes. Luego han cruzado dos palabras, han recogido los trastos y han vuelto a su negocio.

El resto del grupo también se ha disuelto; cada cual ha seguido su camino. Vislumbro, entre los últimos, a mi mujer que sigue comentando la jugada con el anciano pulcro. Pienso que ella no sabe donde estoy y me levanto para que pueda verme. La rodilla se ha enfriado y vuelve a molestar un poco. Las niñas han regresado al alborozo de su juego. Me dispongo a cargar las bolsas mientras le hago una seña con la mano. Ella acaba de despedirse y viene derecha hacia mí. Contenta, eufórica.

  • Cuanta agilidad, le digo. Parece que ese hombre hubiera estado trepando a los árboles toda su vida.
  • Seguramente así es, me responde.

Sin embargo, percibo que sigue más interesada en el mundo ingenuo de las niñas. La del zapato le ha comentado angustiada que si regresara sin él, en su casa le impondrían un castigo.

  • Sus familias no son de aquí y andarán justas de dinero.
  • Niños que juegan en la calle. Como hacíamos nosotros cuando éramos pequeños- añado para darle la razón.
  • Eso me gusta -responde ella- Los padres actuales vigilan a sus hijos en el parque o les confinan a un jardín. Una idea tan obsesiva de protección que parece un encierro. Por el contrario, mira esas niñas felices de poder gritar y jugar en la calle. Sólo son niñas jugando en la hermosa edad de los juegos
  • ¿Y el anciano atildado? – pregunto.
  • El anciano sí era de aquí, me responde. De toda la vida.
  • Qué suerte tenemos de que el mundo entero haya venido a vernos a nuestra calle – añado para cambiar de tema.
  • Por cierto, me ha parecido muy cordial y sociable – dice ella, mientras da a entender que me he mantenido a distancia, observando desde el banco.
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No quiero entrar en ese tema, así que vuelvo al asunto de las niñas.

  • Míralas, han decidido cambiar de juego. Un corro de las patatas… Que felices parecen ahora de poder pasarse de nuevo el balón.

Pero entonces, responde:

  • Volvamos a casa; ellas ya no se acuerdan.

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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