Sentado en el sillón Ramón mira sonriente a su mujer por encima de las gafas. La presbicia le endulza la mirada. Ella está sentada en el extremo opuesto de la habitación, leyendo. Él, en el sillón, viendo el partido de futbol en la televisión. Al fin había llegado a conocerla. Una mujer difícil, complicada de satisfacer. Una mujer de carácter tranquilo, con ocasionales accesos de rabia caprichosa, solo cuando la provocaban. Ramón contempla a su mujer con ternura. Aún se ve joven, tiene la apariencia aniñada, con el carácter de un adulto gruñón. Esconde su edad entre cabellos canos, agraciados por un pequeño mechón negro que le cubre la zona superior de la frente. Ramón piensa que el mechón le ensombrece los ojos. Unos ojos grandes, como almendras Marconas, dos faros recelosos difíciles de mirar. Aurora tiene hoy entre las manos la última novela de amor de Angeles Mastretta “Mujeres de ojos grandes”, feminismo romántico, antagónico, su género preferido. Ella también observa a escondidas a su marido, enfrascado en ver la retrasmisión del eterno partido de futbol de los sábados. Ambos parecen ausentes a sus cruces de miradas. A veces ella estira las piernas y se ajusta la espalda al respaldo del sillón, le duelen los riñones, se hace mayor y la lumbalgia ataca fuerte con el frio del invierno. Traga saliva, tose con apuro, se ajusta el pañuelo a la garganta y vuelve a la lectura. Él la observa. Ella se sobresalta cuando su marido celebra con un aparatoso silencio el gol del equipo favorito. Sonríe divertida y vuelve al libro.

 

Pretérito

El tiempo de lectura de Aurora empieza los sábados a las ocho de la tarde, los partidos de futbol de Ramón también. Ya llevan veinticinco años de matrimonio y siguen unidos, sentados en el salón, sin hablar. Se quieren en silencio. Pero antes de continuar tengo que decir algo acerca de esta pareja. Ramón no tiene padres pero Aurora conserva y cuida de los suyos desde hace algún tiempo. Demasiado, le confiesa en ocasiones a Ramón. La madre de Aurora es una vieja amargada y resulta antipática a todo el mundo. El padre habla poco, tiene un carácter dominante y hace valer su condición de hombre con la hija. Aurora y sus hermanos costean los gastos de enfermeros y cuidadores para sus padres. Durante la semana ellos se ocupan de todo. Pero el fin de semana, los sábados y domingos, esos son para Aurora, así lo impuso su padre.

Tardes de fútbol ' Mujeres de ojoes grandes Angeles Mastreta
Angeles Mastretta

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Pasado

Aquel sábado de invierno de hace dos años unió al matrimonio. Aurora por fin había terminado la visita a sus padres. Salió de casa de los ancianos poco antes de las siete de la tarde. Cansada y disgustada. Arrancó el coche con ansia de disfrutar de un baño de agua caliente, para después anclarse en el sillón, y perderse en la realidad de sus novelas de amor feminista. Aún no eran las siete y media cuando Aurora frenó frente a la puerta del garaje. Despegó la mano del volante y en la oscuridad palpó el mando a distancia de la puerta. Presionó el botón gris de apertura, pero la puerta no se movió. Volvió a presionar el botón, ahora con más fuerza, quizás la batería empezaba a fallar, pensó. Alargó el brazo hacia el cristal delantero del coche, como dirigiendo la señal invisible del mando hacia la puerta. Pero tampoco hubo respuesta. Lo intentó un par de vedes más antes de recordar con disgusto que la puerta llevaba rota una semana.  Los sábados aparcar el coche en la calle era misión imposible. Aún así, sin muchas esperanzas, Aurora intentó localizar un aparcamiento. Después de la primera vuelta a la manzana, pretendió una segunda, que resultó tan infructuosa como la primera, Al final volvió al punto de partida y paró el coche frente a la puerta inerte del garaje. Solo quería darse un baño antes de comenzar con la lectura. Su resistencia al fracaso se agotó, decidió resignarse y llamó a su marido..

    -La puerta del garaje no se abre – dijo alterada

    -Lo sé – respondió él con calma.

    -Puedes bajar a abrirme la puerta – repitió alzando la voz.

    -No funciona – respondió el con ironía.

    ¿Dónde has dejado tú coche?

    En la calle.

Aurora comprobó con resignación que su marido no estaba dispuesto a prestarle ayuda sin antes llevarla a un ataque de nervios.

    ¡Estoy harta! – le gritó – nada nos funciona.

    No lo creo – sentenció Ramón

    Hablo de la puñetera puerta – insistió ella con ironía – Hace más de una semana que no funciona, y nadie ha hecho nada para repararla.

    ¿Por qué no lo haces tú? – la retó el marido.

    Yo no soy la presidenta de la comunidad.

    Pues habla con el presidente,. Es el de la primera planta, la puerta de la derecha. – Le sugirió el marido con calma.

    No me gusta ese hombre – gritó ella-

    A ti no te gusta ninguno – sentenció el.

    Bueno, déjalo ya. – cortó Aurora, comprobando que su discusión estaba tomando un cariz indeseado.

– Está visto que en esta ocasión no tienes ni interés ni deseos de en bajar a ayudarme.

    Tanto como en otras ocasiones – respondió él y colgó el teléfono.

Ella se quedó inmóvil en el asiento del coche, agarrada con rabia al volante, contrariada. No la iba a ayudar. Levantó la mirada hacia la puerta del garaje. Y gritó, asustando a un viandante que cambió de acera. Aurora lanzó el teléfono al asiento del copiloto, se retiró el mechón negro de la frente con decisión y respiró. El teléfono rebotó en el elástico del asiento y fue a terminar al suelo, lejos del alcance de su mano. Sintió deseos de abofetearse por estúpida, pero mantuvo las manos agarradas, con más fuerza si cabe el volante. Cerró los ojos con fuerza, arrugó la frente y volvió a gritar con fuerzas. Algunos peatones la contemplaban desde la acera de enfrente. Aurora, ajena a todo y a todos no lo pensó más y presionó el pedal del acelerador hasta el fondo. El morro de su bonito coche terminó empotrado en la puerta del garaje. Entonces abrió los ojos con satisfacción, esperando ver un agujero en la puerta, pero esta no se había movido un ápice. Lo volvió a intentar un par de veces más mientras Ramón la contemplaba atónito desde el portal de la casa.

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Tardes de futbol ... Marido
Allende Bodega

Relato Breve Escrito por Merche Postigo

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