.

Viento azul en su camisa blanca, su sonrisa estancada en la eternidad inmóvil de los que no están. Observo más de cerca su rostro, no hay ninguna modificación en sus rasgos, ni los producidos por el tiempo ni, tampoco, restos de los que se moldean con las erosiones de los sentimientos. Simplemente permanece igual, con la mirada perdida en los recuerdos que no llegaron y en las caricias que no me dio.

Contemplo una fotografía anclada en el tiempo, el color amarillo del papel envejecido me retrotrae a un pasado siempre cercano sin que los años transcurridos aniquilen el peso de su presencia. Miro alrededor para comprobar que estoy sola y que nadie me ve. Acerco con suavidad mis labios al papel arrugado y deposito mi beso con la intensidad de un momento robado al tiempo. Cierro los ojos y aprieto entre las manos el retrato de un ayer no zanjado. Por un instante breve, me emborracha una intensa punzada de felicidad añorada. Sin embargo, apenas transcurridos unos segundos, noto fuerte la tirantez de un trozo de papel adherido a mis labios. Intento quitármelo con la velocidad de un parpadeo, pero mi esfuerzo es inútil.

.

Voy al baño y veo mi cara en el espejo, el reflejo del otro lado me devuelve una imagen grotesca de mí misma con un trozo de papel colgante de la boca.  He olvidado la fotografía que pende, absurda y mutilada, de mi mano. Entonces la observo con atención y constato que se ha rasgado; el joven de la camisa blanca ha perdido parte de su ojo y su sonrisa se ha fragmentado. Al romperse el papel, la figura ha perdido la movilidad de la brisa y ahora parece tan solo un contorno fantasmal con una sábana vieja que se ajusta ridícula sobre aquella imagen inerte. Así me quedé yo, ajena a mí cuerpo y a mi mente, con la sensación cierta de que no había aire,  de que no podía respirar,  aquella tarde apacible que al salir del cine él me dijo, tajante y firme, que nuestra historia se había acabado. Los días siguientes a aquel momento sin brisa, los recuerdo vagamente, tan solo pervive en mí la sensación fuerte de la incertidumbre aplastante del que ha perdido toda referencia.

.

Me quedé suspendida en el abismo del abandono, perdida en un atardecer apacible que no me avisó con antelación para una despedida. Esperé cautelosa y sin convicción a que el paso lento del tiempo amainara el desconcierto y el dolor no fuera tan intenso. El proceso fue tedioso y pausado. Sin ser del todo consciente viví otras caricias y experimenté otros besos. También otros sueños.

Me miro ahora más atentamente en el espejo y descubro el reflejo de la sonrisa ingenua de mi hija que me espía intrigada, absorta, desde no sé cuánto tiempo, en mi extraño comportamiento. Me acerco a ella y, en un juego improvisado en ese momento, le pego en su boquita tierna con un poquito de saliva un pañuelo de papel de la caja que está sobre el lavabo. Ella, pequeña y traviesa, se ríe con la propuesta. Nos divertimos juntas pero, tras un ratito de risas, se cansa, me deja de pronto  y vuelve a su pequeño mundo de juguetes. Yo, sola de nuevo, permito que el pasado invada sin censuras mi presente.

.

Cierro un instante los ojos, vuelvo a oír con nitidez la música alegre que me hacía cosquillas en la cintura las tardes sofocantes de verano mientras me transformaba en otra, apenas un poco de colorete, algo de rímel, unos vaqueros y una camiseta planchada, guapa porque me iba a encontrar con él; distingo la voz dulce de mi madre recordándome los peligros inimaginables de salir a la calle con el pelo mojado los días que arreciaba el viento;  también, el temblor de nervios en el estómago antes de que el profesor repartiera el examen y la mirada risueña de él desde el otro lado del aula; percibo el desasosiego infinito ante la negativa de mi padre para permitirme volver una hora más tarde a casa restando, paternal y justiciero, una hora a mi dicha . Pero, sobre todo, me invade el olor penetrante a ropa recién planchada de la camisa blanca que él se ponía las tardes de domingo para ir al cine. Siento, aún más palpable, la atracción irresistible de su aliento rozando apenas mi cara y el rumor de sus susurros al oído cuando, entre confidencias quedas, me amaba. De pronto, la puerta del baño se abre estrepitosamente y veo en el espejo las caras risueñas de mi hija pequeña y de mi marido en la puerta. En un intento absurdo trato de justificar mi actitud extraña, sus risas contentas también me contagian.

.

Mi hija se agarra fuerte de mis piernas y mi marido me abraza, yo arrugo con determinación la foto maltrecha y la guardo con disimulo en el bolsillo de mi pantalón. Mi marido me va a besar pero se frena apenas un instante y, con delicadeza extrema, arranca el pequeño trozo de papel que aún pende de mi boca. Siento, de pronto, un pinchazo intenso y cómo emergen espontáneas unas gotitas de sangre. Chupo instintivamente mi labio, un sabor dulzón y pastoso anega toda mi boca.

.

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

Anuncios