.Berlin o el restaurante tiroles - win wendersLas grandes películas comienzan cuando salimos del cine”  (Win Wenders)

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Al salir  del aeropuerto, el viento helado me acuchilla la cara. Me subo el cuello de la chaqueta de plumas, me ajusto el gorro hasta aplastar el pelo  y me sumo a la larga cola del taxi.

Mañana empieza el festival. La Berlinale.

El hotel de cuatro estrellas que perdieron el brillo hace tiempo me recibe sombrío. El recepcionista con cara de dóberman casi me escupe a la cara al decir “Guten Nacht”. El cuarto es anodino, una mesa con un televisor pantalla mini, una silla, una papelera y una ventana que recibe una luz vacilante de un patio oscuro. Una semana aquí, sin salir, y te suicidas.

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“Siento lo de Fran”, me dijo el jefe hacia una semana. El despacho inundado en la nube de humo de su puro y una sonrisa hipócrita en sus ojos. “La faena que nos ha hecho a todos. Mi mujer se había comprado un vestido de Carolina Herrera, pero la vida sigue, Sara. Y ya es hora que te enfrentes a la realidad, han pasado tres meses. Te necesito en Berlín para el festival, eres la única que habla bien alemán.”

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 Me siento en el borde de la cama, descorazonada, la maleta a mis pies, intento llorar y no lo consigo.   Una burbuja en el estómago reclama mi atención, llevo un día y medio sin comer y va siendo hora de tomar algo.

El salón enmoquetado del pasillo atenúa el ruido de mis pasos. En el  comedor  lámparas de araña y paneles de madera con dos cuadros de caza, tipo tapices flamencos.

Una camarera, vestida al estilo tirolés, se acerca, me señala un asiento y me pregunta qué quiero beber. Encima de la mesa el menú, una banderita alemana y una vela. Le digo —“Bitte, only a white wine glass and eine Suppe”– mezclando inglés y alemán. Me pasa siempre el primer día.

Su cara impasible me hace dudar de si se ha enterado.

.Berlin o el comedor tiroles - Restaurenate

Miro a mí alrededor, un único comensal retiene mi interés, barba, pelo oscuro rizado, un jersey anticuado. Me hace una señal con la mano, bajo los ojos. De soslayo veo como se levanta y viene hacia mí.

 —Perdone mi atrevimiento, — habla un inglés muy fluido con un acento difícil de clasificar —me siento solo y me preguntaba si no le importaría compartir conmigo la cena. Ya ve, una sopa como la que usted ha pedido.

Una sonrisa tímida le ilumina la cara.

— Me llamo Birhan.

—Yo Sara. — no sé por qué le permito sentarse y encima noto alivio por no  cenar sola.

Me magnetiza su mirada, tiene los ojos líquidos de Omar Sharif.

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Hablamos de Berlín, del festival, de la incomodidad de la nieve, de la sopa caliente. Compartimos un “Strudel” de manzana buenísimo y nos despedimos con la sensación de que volveremos a  coincidir.

La mañana se  ha despertado gélida, me pongo un jersey gordo debajo del plumas y afronto con miedo los pequeños mosaicos helados entre el hotel y el edificio de la Berlinale.  Al salir una ráfaga de viento casi me tumba, me apoyo en la pared, alguien me coge del brazo y me sujeta. Me giro, es mi amigo Jerome, periodista del Times, al intentar abrazarnos casi resbalamos. Riendo llegamos a la recepción como dos patos mareados, hay que hacer cola para las acreditaciones.

Recogemos las carpetas, y la marea nos empuja hacia la primera sala.

Algo confundidos nos sentamos. La primera película es en blanco y negro, oscura como la noche en la que leí el correo cobarde de Fran, amarga como su silencio. No lloraré más, tengo a Jerome a mi lado roncando y no quiero despertarle. Seis películas y salimos zombis.

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Llega la noche y me quedo a cenar en el hotel. El chico iraní con el que estuve hablando no aparece, me hubiera gustado seguir nuestra conversación.

Como con ansiedad un puré de remolacha y un filete astilloso y subo a descansar.

Una vez en la habitación y, después de enviar una crónica aburrida, me tomo una pastilla para dormir. Desenchufo el teléfono sin mirar la pantalla.  Ni siquiera el pijama manta me quita el frio, frío interior como decía mi padre. Por la mañana saco fuera el brazo y lo vuelvo a meter enseguida dentro de las sábanas. Dios, abro los ojos con miedo, sigue nevando. ¿Y si me quedo en la cama? Estos pensamientos no me ayudan, me tiro de la cama y me doy prisa con una mini ducha.

.Berlin o el comedor tiroles - Berlin con lluvia

Una procesión de paraguas no me deja ver las caras de los compañeros que a la misma hora nos dirigimos hacia el centro de la Postdamer Platz. Vamos todos juntos a paso de tortuga para no resbalarnos, algunos ya se han caído al chocarse con la estatua del oso que está a la entrada. No encuentro a Jerome. En la sala de arte y ensayo, otra vez me embarga el mismo sentimiento de “dejà vu”. Dilato los ojos para no dormirme y, la butaca que al llegar parecía cómoda, se vuelve un suplicio. Me sobran días, llamaré al  jefe para que me libere, no podré resistirlo.

En el intermedio Jerome me invita a café y me pregunta por Fran, por lo que pasó, no puedo contestarle, el café se vuelve más amargo. Él lo entiende y me abraza.

Otra noche y vuelvo al comedor tirolés, como lo llamo ahora.  No veo a nadie, me invade una sensación de abatimiento. La camarera con la piel de mostaza y las caderas de años de patatas, me recuerda que aquí no se me ha perdido nada y que me muero por un plato de jamón. Le pido una cerveza y miro el teléfono, todos son  mensajes con la misma cantilena: lo sentimos mucho, Fran es un impresentable, no le volveremos a dirigir la palabra, cuídate mucho.

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No contesto a nadie, puedo ponerme a llorar en cualquier momento. Oigo una voz que me acaricia.

  — ¿Puedo sentarme contigo?— El salón se calienta como mi cara, le hago un gesto afirmativo con la cabeza. La camarera sonríe como una marmota que ha salido del letargo.

Se acomoda con cuidado, y una sonrisa cautivadora se perfila en los labios. El silencio austero del comedor ya no me intimida, me siento a gusto con él. Es distinto a los hombres que conozco, no me produce rechazo.

Esta vez me da su número de teléfono y me pide que lo llame para ver alguna peli juntos, a él tampoco le han gustado las que se han estrenado hasta ahora. Yo le doy mi número. A partir de hoy tendré que prestar más atención al teléfono.

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Subo a la habitación y llamo a mi madre para tranquilizarla. Menuda es ella, me reprocha por no haberla llamado antes, que está sola, que también ella sufre, quería a Fran como a un hijo, qué desilusión, con la boda preparada, las invitaciones hechas. No consigo calmarla, le cuelgo el teléfono con el socorrido “no me queda batería”. Abro el ordenador y suavizo mis críticas, al fin y al cabo hay que respetar el trabajo ajeno.

Me despierto, blanco, blanco, no veo sino agujas blancas. Cojo el teléfono de la mesilla, ninguna llamada.

Después de la ducha me arreglo como lo hacía antes.  Recupero el lápiz de ojos que tenía castigado en el fondo del neceser, colorete, rímel y un cepillado rápido de pelo. Me siento cómoda con mi imagen reflejada en el espejo. Nadie va a poder conmigo.

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En el Hall del Palacio del festival no encuentro a ningún conocido. Por primera vez, desde hace mucho, noto las miradas oblicuas de los hombres. Sigo gustando. La programación de hoy, películas chinas, coreanas, japonesas son ideales para elegir unas de las últimas butacas y echar una cabezadita. En el sueño irrumpe la máscara de Fran, su sonrisa irónica, sus palabras sin piedad. El dolor me despierta y veo a un japonés a mi lado que está mascando un chicle, luego con sus uñas largas y negras lo coloca en el respaldo de su asiento. ¡Qué asco! Vuelvo al vestíbulo a llamar a mi jefe.

—Tranquilízate Sara— me contesta entre irritado y cariñoso —en dos días estarás de vuelta, al final siempre se proyectan las películas mejores,  así el tribunal se acuerda de ellas para los premios, y tú estarás encantada de haberte quedado.

Voy al guardarropa, me pongo el jersey, el abrigo, la bufanda, el gorro con orejera estilo ruso y paro un taxi.

 —A la isla de los museos, le indico al taxista. Me esperan la puerta de Babilonia con su azul intenso, el altar de Pérgamo y la estatua de Nefertiti.

.Berlin o el restaurante tiroles - Altar de pergamo

Durante una hora dejo que la paz y la belleza del lugar me reconforten. Salgo a la calle, a pesar del frío que sensibiliza las encías y separa los dientes como un papel de lija, me  gusta esta ciudad siempre en reconstrucción, me estimula.  El tráfico, la nieve amarillenta, los paseantes apresurados, no me detienen. Entro en un bar y pido un cappuccino. Me caliento las manos con la taza.

De vuelta al Hotel, al ver el comedor vacío, subo a mi habitación decepcionada, me hubiera gustado comentar con él mi visita al museo.

Hace tanto frío que me duermo con los calcetines puestos, con lo bien que me calentaba los pies Fran. Mañana será mejor, llegan las películas americanas y europeas.

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  El vestíbulo está abarrotado, hay un enjambre de cámaras, de luces rodeando a algún famoso, no consigo ver su cabeza. Intento sortear a un periodista y me resbalo, dos segundos de lucidez y la barbilla se aplasta contra el suelo.  La masa hace hueco y todo el mundo quiere ayudarme. Me incorporan en volandas y noto que sangro un poco.  Me siento mareada, a lo lejos creo ver la cara de Birhan.

Unas compañeras me llevan al cuarto de baño, me lavo la barbilla con agua y jabón, por suerte solo es un leve rasguño, les comento que estoy bien y que volvamos al vestíbulo, quiero encontrarle. No está. ¿Estaré volviéndome paranoica? No me apetece ver más películas, mi vida podría ser una de ellas. Vuelvo al hotel, cuatro pasos en la oscuridad total y luego el confort del comedor tirolés. Estoy sola, no me importa, necesito comer algo, otra vez pido sopa.  Percibo la presencia de la Fraulein detrás de mí, no consigue intimidarme, como lo más lentamente posible, ya llegará Birhan. Estoy segura.

El contacto de su mano sobre mi brazo me sorprende a pesar de lo mucho que lo deseaba.

—Hola Sara, ¿qué tal estás?  ¿Puedo sentarme contigo?— lo hace mirándome la barbilla con interés.  La sopa huele mejor.

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Le pregunto a él por su vida,  su país, su familia. Elude las respuestas.  

  En cambio me habla del festival, mientras percibo melancolía en sus ojos.

 El  pide a la fraulein   una botella de vino blanco  esquivando mi mirada.  Con las copas llenas quiere brindar por nuestro encuentro. Me sonrojo, pero en el fondo me hace ilusión. Me pregunta si podemos salir mañana del hotel los dos juntos para acudir a la entrega de premios, él tiene dos asientos numerados. Qué suerte. Le contesto que me toca estar antes para las entrevistas, a él no le importa amoldarse a mi horario.

El vino libera nuestros labios, nos reímos, nos acariciamos y lentamente, zigzagueando y entre besos ansiosos subimos a mi dormitorio. Me despierto feliz.

 El calor de mi lado ya no tiene dueño. Le llamo, no está. Otra vez desaparecido. Como todos los hombres, solo era una estratagema para llevarme a la cama.

Voy al cuarto de baño decepcionada, tendré que acostumbrarme o espabilarme.

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Descubro una tarjeta pegada al espejo. “Sara, ponte guapa, te recojo a las seis de la tarde”. ¡Bien! Me dedicaré a enviar los últimos artículos, y luego a arreglarme con el único vestido que he traído.  Me lavo el pelo, me pongo los rulos y aunque afuera sigua nevando me gusta, los ruidos llegan amortiguados y la paz se apodera de mí.

A las cinco y media estoy en la puerta del hotel, casi más intranquila que en mi primera cita. Birhan me espera, me alegro que nos parezcamos en esto, está guapo con traje y corbata.

Nos damos la mano y cruzamos inciertos a través de la nieve.

Al entrar en el Palacio me da una invitación y desaparece.

.Berlin o el restaurante tiroles - Berlinale

No me da tiempo ni a preguntar. ¿No será un terrorista? Tendría que averiguar si alguien lo conoce.

Entro en el salón principal justo antes de que se apaguen las luces, veo la cabeza rizada de Birhan en la fila diez, los levanto a todos, “lo siento, lo siento”,  y me acomodo satisfecha a su lado. Le sonrío con una duda en mis ojos que él no percibe. Nuestras manos se rozan, se acarician, no hay nadie más alrededor. Me estrecha los dedos con fuerza como si quisiera abrazarme, me olvido del frío.

Qué pena que el festival se esté acabando.

La presentadora llama al escenario a Wim Wenders que lee una parrafada tan deprisa que no entiendo nada.

Birhan suelta mi mano, veo que se levanta y se acerca al escenario, ¡qué demonios pasa! Estoy tan aturdida que solo ahora escucho las palabras de la presentadora.

—Aquí llega el director Birhan Shirazi, joven realizador iraní para recibir el premio Alfred Bauer de la mano del gran director Wim Wenders. —

Se dan un abrazo, y al entregarle el trofeo lee las motivaciones.

—Enhorabuena al talento inmenso de este joven realizador. A su valentía en combatir la dictadura de su país a pesar de las amenazas recibidas, a su mirada innovadora, a su estilo particular que sugiere sin presionar.

No quiero perder ni un detalle de la expresión de su cara.

Lo  noto emocionado aunque muy seguro de sí mismo, parece otra persona. Él agarra el micrófono.

 — Dedico este premio a mi amado y torturado país, a mi madre, a mis hermanos que luchan por una vida mejor—. Aplausos. — Y a una sorpresa que ha llegado a mi vida— Me mira enviándome un beso con la mano.

Todos los flashes se disparan y mis ojos se humedecen.

.Berlin o el restaurante tiroles - el oso de oro

Relato Breve escrito por Matilde Tricarico

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