.Baolones fuera - café con leche

Hace mucho tiempo que nadie sabe nada del joven moreno que vivía en el apartamento colindante al mío. Un chico de veintidós años del color del café con leche. Igual al de los caramelos de la Viuda de Solano que me comía a escondidas de pequeña, en casa de mi abuela. Quizás mi vecino era un poco más oscuro que los caramelos, como si la proporción de café hubiera superado a la de leche.

Recuerdo aquellos caramelos con nostalgia, con añoranza de la dulzura, de la suavidad que se notaba al tocarlos con la lengua, de cómo las glándulas salivares se excitaban con el primer lametazo. Ya nunca sabré si mi vecino era dulce, pero suave no me lo parecía. A mi vecino no le he lamido la cara nunca. Cuando nos encontrábamos, en las escaleras del apartamento, mis ganglios no se excitaban. La barba negra, mal distribuida por el mentón, me daba asco, era más oscura que el resto del rostro y escondía huequecitos, como pequeños volcanes negros. Varicela mal curada. Mi abuela qué también tuvo la varicela de joven, me dejaba comer caramelos. Los tenía en el aparador del comedor. Un día cogí uno a escondidas, lo desenvolví sin hacer ruido y le pasé la lengua por encima. El abuelo me miró condescendiente mientas yo lo volvía a encerrar en el papel crujiente.

 

Balones fuera - BalonesLa relación con mi vecino color café con leche empezó a ir mal un martes. Ese mismo día descubrí unos balones en la puerta de su apartamento. Uno redondo, de futbol, blanco y negro y otro de rugbi, azul esmeralda. A mí eso no me pareció normal, pero mi vecino era raro. Las llaves también estaban en la puerta, en la cerradura, abandonadas por fuera, como los balones.  

Los días siguientes a la aparición de los balones y las llaves, otros trastos fueron materializándose en el descansillo. Un martes encontré 20 euros. Un billete azul y estaba doblado. Ese día me alegré de tener un vecino extravagante. Un domingo encontré las zapatillas deportivas de mi vecino, azules con cintas amarillas en los costados, apoyadas encima de un desvencijado zapatero de madera de Ikea. Y así fueron llegando al rellano el resto. Los zapatos de cuero marrón, los de gamuza azules, siempre sucios, las chanclas de la playa y muchos otros. Eran de todos los colores.

Al final de la primavera llegó el verano. Un martes de Julio, unas chanclas de plástico azul se acomodaron en la alfombrilla de la entrada. El miércoles fueron unos calcetines doblados los que se reunieron con los zapatos en el descansillo. El mal olor se apoderó de la escalera, esperando al próximo invierno. Por fin llegaron el bote de betún marrón, el cepillo negro, las bolsas de plástico azules y mis vacaciones..

Balones Fuera - zapatero

En las vacaciones abandoné a mi vecino y a su peculiar zapatería del descansillo. Me marché a la playa. Disfruté del mar, de la soledad y de los caramelos de café con leche que compraban mis amigos. Ya no eran los de la Viuda de Solano, pero aún sabían a leche dulce.

Disfruté de días de calor, playa y bocadillos.

Con el corazón frio y desgana en el cuerpo, descendí las escalerillas del avión. El final del verano me había traído de vuelta a casa. Volví un martes. Las calles estaban sucias, oscuras y llenas de transeúntes que caminaban con prisa y serios. Mi autismo post vacacional se hizo más patente que nunca cuando entré en el portal de mi casa. El sensor de movimiento detectó mi presencia y encendió la luz de la escalera. Subí las escaleras sin ganas. Sin ganas de llegar al tercer piso . A la altura del segundo apartamento, me detuve para respirar. Miré hacia arriba. Buscando mi puerta. El corazón empezó a contraerse y dilatarse sin orden, la tensión se alteró y un extraño palpitar comenzó a repiquetear dentro de la cabeza. En el descansillo del tercero, había aparcada una bicicleta. Una bicicleta azul, colocada en el descansillo, junto con los balones, los zaparos, las zapatillas deportivas, los calcetines, los botes de betún y las bolsas de plástico. De un azul añil dañino.

. Balones fuera- Bicicleta

Apenas recuerdo que sucedió después. Desperté acostada en la cama de un hospital, arropada por vendas y enfermeras que no paraban de chismorrear.

“¿Cómo pudo desaparecer sin dejar ni rastro?” decía una bajita, “nadie desaparece sin dejar rastro” asentía la morena.

La televisión estaba encendida y hablaban de asteroides.

Los zapatos y la bicicleta se habían desintegrado en el incendio, pero el joven indio nunca apareció.

Yo sonreí al ver la pelota azul a los pies de mi cama. Balones fuera - rugbi

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Relato breve  escrito por Merche Postigo

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