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Me despertó el vibrato del teléfono móvil, cautamente dejado sobre la mesilla de noche, muy cerca del despertador. Eran casi las tres de la mañana.  No me extrañó; no me sobresalté.

 Alguien dijo que los médicos querían hablar con nosotros. Lo antes posible. Nada más. No dio detalles.  Ante mi silencio, la voz  dudó; mencionó el apellido… – Sí, sí, respondí, el número es correcto, No hay ningún error. Llegaremos enseguida.

No tardamos mucho realmente. El tiempo justo de  buscarnos y  reunirnos para atravesar la ciudad desierta en un solo auto. Sin  presentimientos. Sin dramas.  Sin nada más que ese vacío que trae. Qué otra cosa se podía esperar. Nada. Nadie.  La tranquilidad del sueño. La anchura de las calles.  Ni siquiera un frío cortante. Solamente el aire destemplado  de la noche y su silencio.  Una calma común, nada melodramática, en la cotidiana noche de lo esperable.

En cuanto llegamos nos permitieron pasar. Nos apremiaron a pasar. Esta vez no nos hicieron preguntas, ni vestir las batas y cubre zapatos de papel para entrar en la UCI. Ni siquiera nos dividieron en dos grupos. Pero no había ningún médico ya. El doctor acababa de terminar su turno y se había marchado. No  importaba; nos lo había explicado todo por la tarde.  Si no había ninguna reacción, el asunto se dejaría solventado antes de que terminara su turno.  Lo había dicho con amabilidad. Había demostrado sinceridad y tacto.

time out

La persona que guiaba nos hizo atravesar a toda prisa la sala atestada de camillas y celadores. Un sillón-tumbona de celador por cada dos enfermos. Una buena atención. La mayoría de enfermeros leía con pequeñas linternas o miraba la pantalla tenuemente iluminada del móvil o la tablet. Algunos hablaban en voz muy baja.  Ninguno se inmutó. No hicieron mucho caso. Debían estar acostumbrados.

Cuando llegamos junto a nuestra camilla, un diestro movimiento diligente y silencioso nos aisló  del  resto.  Varias mamparas y biombos blancos conformaron una burbuja de intimidad en todo aquel espacio tan poblado.  Una voz resonaba molesta  al otro extremo de la sala. Prefirieron quedarse a los pies del lecho, yo me adelante hacia la cabecera. Los rasgos se le habían afilado, como le sucedió a mi mujer. Me recordó mucho a ella. Puse mi mano sobre su  frente, como un día hice con mi padre. Como la de él, no estaba  fría aún. La voz molesta  volvió a insistir, ahora un poco más elevada, un poco más discordante en aquel ámbito aletargado. Esta vez pude entender lo que decía. Decía ¡Inútiles!

Permanecimos allí un rato más, mirando en silencio aquel rostro sin color. No sabíamos  muy bien que hacer;  qué era lo que debíamos hacer. La voz volvió a sonar un par más de veces.  No sabría decir desde dónde.  Ni desde qué distancia  ¡Inútiles!

Regresó la celadora y dijo que debíamos irnos  ya. Que tenían que bajarlo y también que dejar todo preparado. Nos miramos y obedecimos. Salimos de aquella burbuja de luz delimitada por las mamparas a la enorme penumbra de la  sala en silencio. Creíamos conocer el regreso, pero nos confundimos. Nos desorientamos entre  toda aquella semioscuridad poblada de obstáculos. Dudamos y rectificamos.  Dimos un pequeño rodeo antes de hallar el pasillo de salida. Mientras tanto, la voz volvió a reprochar, ahora con más fuerza,  ¡Inútiles, inútiles!  Sonó  más cerca y creo que eso me sobresaltó. Pero lo cierto es que nadie se inmutó. De todos los que allí había, enfermeros o pacientes, nadie se movió; nadie hizo ni el menor  caso.

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Bajamos al aparcamiento y salimos por la rampa hacia el exterior. De nuevo las luces vacías de la noche y el ruido sedante de las llantas. Me limité a circular con calma. Ninguno de nosotros dijo nada.  No amanecía aún y la avenida continuaba igual de desierta que antes. Quizás más frío ahora. Quizás, aunque no sabría decir si venía  de fuera o del interior.  Mientras conducía, mientras iba atendiendo a las señales de circulación o esperaba  el cambio de los semáforos, pensaba que en la noche ya no había más silencio. No había sino una voz que repetía ¡Inútiles, inútiles!

.Time out - madrid noche

Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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