.Amanece Madrid .. Gran Via

Domingo por la tarde. Un avión aterriza en Madrid. El piloto da la bienvenida y desea una feliz estancia a todos los pasajeros. La temperatura es buena, treinta grados, estamos en la mitad de Agosto. La tripulación también da las gracias por volar con ellos. Los viajeros van abandonando el avión con prisa. En la terminal del aeropuerto hay mucha gente. Ella no tiene prisa. Compra un teléfono y camina por las cintas automáticas hasta encontrar la salida. Nadie la espera. Está de vacaciones.

La llamó por teléfono la noche anterior. Todo estaba listo. El vestido, los zapatos, el velo y el ramo blanco de lirios. Pero entonces, él no podía seguir adelante, se había equivocado. No era conveniente dar ese paso. Estaba decidido, lo había meditado mucho. Siento avisarte tan tarde. Le dijo. Mandaré a alguien a recoger mis cosas, espero que puedas perdonarme. Eres fuerte y sabrás superarlo. Ella no supo que responder. Se quedó paralizada, callada, sin palabras, con la boca pegada. Como siempre. Él, aprovecho el silencio para colgar. Se reveló, lloró, rompió el velo en pedazos, tomó algún tranquilizante con ginebra y entre hipidos y sollozos, llamó a sus padres para avisar de la cancelación de la boda. El teléfono no dejaba de sonar y lo apagó. Después miró el equipaje apilado en la entrada, listo para la luna de miel.

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En el aeropuerto le cambiaron los billetes. Salió esa misma noche. Primera parada Madrid. Volaba sola. Los tranquilizantes con ginebra la mantuvieron estable durante el vuelo. “¿La señora viene sola?”. Preguntó el recepcionista del hotel. Tanta insistencia con su soledad la irritó. Subió a su habitación y se dejó caer en la cama. Retomó los llantos y algunos reproches salieron de su boca. Duraron horas. Las pequeñas botellas de ron del frigorífico ayudaron a bajar la rabia. Agotada y sola se durmió y soñó.

.Amanece Madrid - equipaje

Los invitados a la boda hacían cola en la puerta de la pequeña capilla de Misti. Elegantes y asombrados, recibían las disculpas de los avergonzados padres de la novia. Los padres del novio no aparecieron por la iglesia, tampoco el novio. A todos se les indicaba dónde recoger los regalos que ya no se iban a usar. No podían entenderlo, tampoco explicarlo, estaban humillados y aturdidos por lo sucedido, “Pobre niña ¿Dónde está?”. Preguntaban algunos. Sus padres se lo preguntaban también. La ausencia de noticias desde la noche anterior, hacía más difícil la labor de cancelar el acto con dignidad. El sacerdote, ajeno al dolor, vestido de blanco y purpura, apostado frente a los padres, esperaba para despedir a los asistentes.

Condujeron en silencio de regreso a la casa. En el contestador no había mensajes.

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Al despertar decidió estrenar nuevo estatus y dolor de cabeza. Se enfundó unos pantalones vaqueros y la blusa blanca. Durante el desayuno practicó su oxidado español y salió a la calle con fuerzas renovadas. La ausencia de coches le sorprendió. Hacía mucho calor. Recordaba esta ciudad más viva. Contuvo un nuevo acceso de llanto escondida detrás de unas elegantes gafas de sol. No sabía adónde ir, sin destino decidido comenzó a callejear sin rumbo. Al medio día sintió la necesidad de protegerse del sol. Un local vacío en la soleada plaza de Santa Ana le llamó la atención. En verano no es habitual encontrar locales vacíos, pero era el 15 de Agosto y Madrid se había vaciado de ciudadanos, solo algunos turistas solitarios paseaban bajo el astro rey. En el bar, una pareja de viajeros reían y susurraban cogidos de la mano. Hacía fresco dentro del local, le gustó la sensación y se acomodó en el rincón más inadvertido.

 

Al camarero no le pasó desapercibida y se acercó rápido

–        ¡Hola, guapa! ¿perdida por Madrid en verano? – preguntó con atrevimiento.

A ella le disgustó el descaro del camarero, pero recordó que los madrileños eran así, cercanos y osados. Él, ufano, esperaba respuestas. Ella, encogida no acertaba qué elegir. Él le sugirió una cerveza de barril.

–        ¿Estás de vacaciones? ¿Esperas a alguien? – dijo con picardía.

Ella enseñó una escasa sonrisa y con la mirada fija en el mármol de la mesa, como buscando respuestas en el falso blanco veteado, le contestó..

–        Celebrando mi boda.

Él se rio y le trajo la cerveza.

La cerveza era suave y muy fresca. Se la bebió con rapidez, casi con ansia y comenzó a maldecir el día en que lo conoció. Nunca debí fiarme de él. Siempre sospeché algo. Qué estúpida he sido. Entre desprecio y reproche, el camarero la despertó de nuevo.

–        No eres española – asintió orgulloso de su descubrimiento – Te lo he notado antes.

Era evidente que el camarero no desistiría de su intento de hablar con ella. No había más clientes en el local que la pareja de novios, que no paraban de besarse, así que aceptó su destino y permitió lo inevitable.

–        No, no lo soy – respondió ella con cierta vergüenza.

–        ¿De dónde vienes, guapa?.

–        De Misti.

–        Y, ¿eso dónde está, chiquilla? – preguntó divertido el camarero

–        En la costa oeste de Estados Unidos, en el estado de Oregón – Respondió ella con cierta satisfacción patriótica por el interés del camarero.

–        ¡Caray, pues sí que vienes de lejos!

Ella sonrió complacida, y pidió algo para comer que decidió acompañar con otra cerveza fresca.

–        Tenemos unos calamares a la romana que te vas a chupar los dedos – Le recomendó él camarero.

No entendió bien el significado de sus palabras, pero aceptó la oferta. Después siguieron otras cervezas y más conversación. El tiempo pasó rápido. Nuevos clientes fueron llenando el local y lo iban impregnando de ruidos y risas. A las cuatro de la tarde, había alcanzado un estado de felicidad etílica muy alto y antes de perder la dignidad solicitó la cuenta. Él le extendió el ticket por el reverso. Ella pudo leer “Termino a las nueve. Llámame. Te enseñare lo mejor de Madrid” y un número de teléfono escrito al final de la frase. El camarero levantó el pulgar de la mano derecha muy sonriente y ella, aturdida por la cerveza y los halagos, pagó la cuenta, guardó el ticket en el bolsillo del pantalón y antes de abandonar el local levantó los dos pulgares.

.Amanece Madrid- Plaza santa Ana

Una vez de vuelta en la plaza notó el calor. No sin cierta dificultad, consiguió llegar al hotel. Cuando las puertas del ascensor se cerraban vio como el recepcionista le sonreía. Se sonrojo y riendo se cubrió la cara con las dos manos. Una vergüenza fingida, mezcla de alcohol y desvergüenza. ¿Cómo había podido? No habían pasado ni dos días de su abandono, de la boda fallida, de la gran crisis, de los reproches, del llanto y ya empezaba a flirtear con otros hombres. La siesta fue larga, la cerveza y los calamares hicieron de la digestión una tarea pesada.

Anochecía en Madrid cuando despertó. Le dolía la cabeza y la soledad. Lo maldijo de nuevo, un par de veces, antes de entrar en la ducha. Bajo el agua fresca respiró con calma y comenzó a organizar en su mente todo lo ocurrido en los últimos días. La boda había sido idea de él. Ella no quería casarse. Confundes la confianza con el amor. Qué insolente. Había esperado a la víspera de la boda para sincerarse.

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Ahora se sentía mejor. Saldría a la noche de Madrid, sola pero decidida a olvidar que un día habían decidido visitarla juntos. Él eligió no viajar con ella. Recogió el pantalón vaquero del respaldo del sillón y un papel resbaló hasta la moqueta. Enseguida reconoció el ticket del bar. Lo cogió y una sonrisa le dilató los ojos. Su nuevo teléfono funcionaba. Marcó el número y esperó respuesta. Se arrepintió enseguida y pensó en colgar, pero la voz del camarero al otro lado la hizo desistir.

–        ¡Hola, guapa! – Contestó con alegría él.

Parecía estar esperando su llamada.

Quedaron de acuerdo para verse a las nueve, en la plaza mayor, justo debajo del caballo de Carlos III. Entonces colgó el teléfono nerviosa y con cierta emoción siguió sonriendo mientras terminaba de vestirse..

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Amanece en Madrid. Despierta entre sábanas revueltas, almohadas por el suelo y sus piernas entrecruzadas con las de él. Ella sonríe y contempla feliz a su acompañante. Él camarero duerme con placidez, acostado a su lado. Tiene un bonito cuerpo, está moreno y sus brazos son fuertes. A ella le cuesta desenredar las piernas, va con cuidado, no quiere despertarlo. Se sienta en la cama, apoyando la espalda en el cabecero y se recrea en la escena. Ella también está desnuda, los pechos altivos, la piel tersa resalta su blancura. Sonríe al recordar la noche. No se culpa de nada. Acaricia con su mano la espalda del camarero hasta alcanza su nalga. La siente dulce. Él se despierta. Sonríe y vuelve la complicidad. Se entrelazan de nuevo y todo comienza de nuevo. En la puerta de la habitación el cartel “No molesten” cuelga complacido.

.Amanece Madrid - No molestar

Relato Breve escrito por Merche Postigo

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