.camisas blancas - ventanas abiertas

Cuando la muerte me llegue quiero que me encuentre loco para recibirla sonriendo. Me dijo aquel día en la lavandería, después se dio media vuelta, y continuó su camino, sin despedirse.

Ya estaba loco cuando huyó por las escaleras.

Aquella noche, todos escucharon sus pasos al mientras se alejaba corriendo, con el rostro oculto por el cabello negro. Doloroso y oscuro recuerdo. Sombrío como las noches de amor en el silencio de la habitación.

Nos amábamos en verano. En las sesiones del aseo matutino, con el afeitado. Juegos con el agua. Disfrutábamos como locos del agua que recorría nuestros cuerpos, aún sucios de amor nocturno. Locos que limpiaban el agrio sudor de la noche. El ritual finalizaba con el afeitado de nuestras inexistentes barbas. Dos niños jugando a ser mayores. Dos locos enamorados

A él le gustaba el verano.

Tenía un traje de lino que solo se ponía en Julio.  Un traje que mantenía la misma suavidad del rostro después del afeitado matutino. Solo el paso del tiempo había debilitado las costuras. A él le gustaba el verano, entonces usaba corbatas. Ejecutaba el nudo con la maestría de un cirujano. Una extraña seriedad se apoderaba de él cuando se contemplaba en el espejo. Serio y concentrado en hacer lo contrario a lo que se representaba en el espejo, atraído por su destreza, cerraba el nudo alrededor del cuello blanco de la camisa.

 

Camisas blancas por todas partes, siempre blancas. Recogidas cada jueves de la lavandería. Celebradas con alegría, un ramo de perchas metálicas adornado de camisas blancas libres al viento. Al mismo viento que las penetraba entre plásticos de protección. Nunca me daba las gracias. Pero yo me las cobraba en la cama.

camisas blancas - manos

Era tan buen amante como excéntrico con sus camisas. El loco de las noches de ventanas abiertas en Julio.

Él me tapaba la boca. Gritas demasiado y me haces perder la razón, decía. Pero él nunca perdía la razón, los locos no tienen razones. Yo reía, sabía que le molestaba que los vecinos fueran testigos de nuestros juegos de amor.

Nunca le confesé que la sordera de los inquilinos del piso de arriba les disuadía de disfrutar de mis gritos de amor, y que la ancianidad de los demás les alejaba de nuestros juegos. Nunca nadie sintió mis gritos. Gritos de amor ahogados con la dulzura de un nudo de corbata. Ahogados con sus manos. Manos suaves de cirujano, tímido y zurdo. Siempre limpias. Blancas, de tacto aterciopelado, manos que conseguían encenderme hasta hacer daño. Manos de toque certero, de amante maduro. También manos torpes del que adora la locura

Esa locura que le hizo desaparecer, llevándose sus camisas blancas.

Extraño ser, amado antaño y odiado ahora. Ahora que no lo tengo.

 .camisas blancas - vestidos

Relato breve escrito por Merche Postigo

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